Riz (Lemánicas IV)

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Por Pirata Jenny.

En aquellos días en que la bise negra se había enseñoreado de la ciudad acudieron a refugiarse a La Limite numerosas aves de paso, de las que sólo una, el joven Mamoru, siguió frecuentando el local cuando el viento, enloquecido al verse preso en el desfiladero que forman el Jura y los Alpes, halló al fin su salida hacia el sur en busca de reposo.

Las nubes, aquellos días, pendían tan bajas que si alguien, en un experimento hipotético, hubiese despertado a una hora cualquiera del día a uno de los habitantes de la ciudad, éste no habría podido asegurar si estaba amaneciendo o atardeciendo, si los destellos mortecinos de aquella masa lóbrega que sobrevolaba la ciudad se debían a que el sol aún no había acabado de levantarse o a que ya empezaba a retirarse. Adivinábamos el lago por el tamborileo seco que hacían los cascos de las embarcaciones amarradas al chocar entre sí, por el estruendo metálico de los obenques zarandeados por el viento, desde la ventanilla del autobús o de reojo en el apresurado trayecto a pie hacia una cita. Era en esos días el lago como si el glaciar del Ródano lo hubiera vomitado allí la misma noche anterior, un páramo de agua aún sin vida ni márgenes definidos respirando violentamente sobre su nuevo lecho, desbordando las orillas como si no se conformase con reinar absolutamente en él, como si también aspirase a conquistar la ciudad. Fue en uno de esos días cuando Mamoru entró en La Limite, se sentó en la mesa más cercana a la puerta, la que solía ocupar los viernes Guy Cancino, y requerido por Isis, respondió en su francés rudimentario y nasal que se contentaría con un sencha, a lo que Isis, ajena a todo matiz que no se refiriese al punto de la carne, reaccionó trayéndole una infusión ordinaria, lo que también pareció contentar a Mamoru.

Que se llamaba Mamoru. Que aborrecía los aviones, hasta tal punto de que evitaba los aeropuertos y hasta sus inmediaciones por no verlos maniobrar ni en aire ni en tierra, y que por ese motivo, cuando supo que tendría que viajar a Ginebra y que el viaje sería largo y posiblemente pródigo en incidentes, como en efecto lo fue, decidió no cargar más que con una mochila en la que dobló a la manera japonesa, en forma de rulos, una muda, una gabardina y un traje cruzado color basalto, a los que añadió un par de mocasines negros, un ejemplar de La disparition y un diccionario de bolsillo francés-japonés. Que así y con una cantidad no muy tranquilizadora de yenes había salido de Hikari, al oriente de la isla, hacia Sakaiminato, donde hizo tiempo en una destilería del puerto bebiendo té y subrayando en el libro de Perec las palabras que no conocía con el ánimo de buscarlas, cuando ya hubieran zarpado, en el diccionario, pero que una vez en el ferry, dijo, se había sentido atraído por el estrépito que llegaba del club de karaoke de la planta -1, donde un grupo de italianos, ya ostensiblemente ebrios, y un grupo de coreanos, todavía elegantemente sobrios, disputaba un campeonato en que cada equipo debía interpretar la pieza con que el otro le retaba, lo que explica que los italianos ganasen a esas alturas por goleada, pues mientras ellos proponían invariablemente, con evidente mala fe, oscuros temas de Gino Paoli o de Peppino di Capri perfectamente desconocidos más allá de Sicilia, los coreanos, sin perder un ápice de dignidad y fair play, les cedían éxitos de fama mundial, como el Billie Jean que los italianos estaban coreando a voz en cuello cuando Mamoru pidió el primer sake.

En el momento en que el Eastern Dream hizo escala en Donghae para desembarcar a un par de hombres de negocios y sustituirlos por una hueste de jubilosos ancianos americanos que celebraban algo, acaso su propia supervivencia, Mamoru no podía distinguir qué parte de su malestar se debía al bamboleo del transbordador a su entrada en puerto y cuál a su falta de verdadera familiaridad con el alcohol. Había decidido ya regresar a su asiento en la segunda planta cuando le distrajo la llegada del grupo de ancianos. Bajaban con melindre las escaleras que conducían al club, arrastrando tras de sí abultados petates, máscaras coreanas y sombreros de inspiración vagamente oriental y pastoreados en su reconocimiento del barco por un joven bronceado y musculado, también americano, que a base de consignas que Mamoru describió como “bélicas” les animaba a exteriorizar su renovada adolescencia. El grupo formó una cola bovina frente a la barra, ante la pétrea indiferencia de un camarero hindú que debía haber cubierto el trayecto varias docenas de veces en el último mes, en el instante preciso en que los coreanos, con estólida paciencia, proponían a un napolitano un tema de Modugno. A partir de este fotograma Mamoru decía sólo recordar cómo una octogenaria americana, envuelta en tantas capas de maquillaje que parecía que la hubieran estado embalsamando justo antes de embarcar, se había adueñado del escenario y, con su perfecto dominio de la música ligera italiana de los últimos sesenta años, había empatado el partido para los coreanos. A pesar de que las horas de travesía que aún quedaban hasta Vladivostok hubieran bastado para que un convaleciente se restableciera por completo de un trasplante multiorgánico, y por culpa de la mencionada falta de verdadera familiaridad con el alcohol, Mamoru no recuperó cabalmente sus facultades mentales hasta que ya fue demasiado tarde. Pero la peripecia rusa de Mamoru no la conocimos hasta más adelante.

Cuando Isis consideró sobradamente pasada la hora del té regresó a ocuparse de Mamoru, tanto en aquel momento de todas nuestras miradas. Commeplatdujournousavonssteakaupoivreavecgarnisondefritesmais-onlégumesourizàvotrechoix. Mamoru, después de lo que pareció un intento por identificar dentro de aquella guturalidad continua algún sentido estanco, sacó el diccionario y, tras deambular por sus páginas un minuto eterno, dijo: Riz.

Esto es lo que supimos aquella primera noche de Mamoru gracias al interrogatorio al que lo sometió Dominique, que se había invitado a acompañarle mientras el japonés daba cuenta del plato de arroz blanco huérfano de toda guarnición. Porque Mamoru, de natural observador y pausado, también era dado a ciertos delirios víricos, como lo demuestra el hecho de que escuchase sin perder un instante de concentración el minucioso inventario que Dominique le estaba haciendo de las tumbas del cementerio de los Reyes, y muy en particular de las características de la sepultura de Grisélidis Réal, sin olvidar sus medidas exactas, su orientación, su vecindad con Calvino, las especies de flores que la adornaban y su epitafio:

“Escritora. Pintora. Prostituta”.

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