Mi tío Jacinto

madrid1930
por Fernando García.

En los años 50 llegaron a España dos famosos húngaros huyendo del comunismo:  Puskas y Kubala. También llegó por la misma época otro menos conocido, el cineasta Ladislao Vajda, que hizo fortuna de la mano del niño Pablito Calvo con  Marcelino, pan y vino.  Vajda hizo muchas películas, pero la que realmente le consagró como un maestro fue Mi tío Jacinto, una obra de tan acendrada españolidad que resulta difícil entender que fuera concebida por alguien nacido en Hungría. Lo cierto es que otras grandes películas del neorrealismo español, como El cochecito o El pisito fueron obra del italiano Marco Ferreri, aunque los dos grandes iconos (Plácido y El verdugo)  fueran dirigidos por Luis García Berlanga.  Estas cinco películas son la columna vertebral del cine español de la época.

Los protagonistas de Mi tío Jacinto son una pareja insuperable, Antonio Vico y de nuevo el niño Pablito Calvo, que hacen las veces de una suerte de don Quijote y Sancho Panza. Vico (Jacinto), antiguo novillero, se gana la vida como «colillero» junto a su sobrinillo de seis años. Recibe por equivocación una oferta de 1.500 pesetas por  torear en una charlotada; rechaza tal oferta por ofensiva, ya que él se considera un torero serio, aunque al final, forzado por la necesidad, decide aceptarla. La película está ambientada en el Rastro madrileño donde ambos pícaros deciden operar en busca de las 300 pesetas que necesitan para alquilar el traje de torero. Una excelente fotografía en blanco y negro depara escenas inolvidables incluida la trágica charlotada final que alcanza una épica que recuerda al Rigoletto verdiano.

La presencia de actores como Gila o los primigenios «Tip y Top» (luego fueron Tip y Coll) procura momentos desternillantes, así como la obligada colaboración de Pepe Isbert. Los timos que pergeñan son muy ingeniosos, destacando el de la «Guía telefónica»  el cual me  era desconocido  a pesar de ser un gran admirador de los oficios ( peristas, sablistas y timadores)  propios de la gente de  la gallofa. Modificando en la Guía el número de teléfono del Museo del Prado consiguen colocarle un Murillo falso a un «primo» que comprueba la legitimidad de la compra creyendo hablar con el director del Museo.

El Madrid miserable y castizo de los años 50, con sus desmontes y  chabolas  a orillas de la Ribera de Curtidores,  es el paisaje de mi niñez. El lenguaje que utilizan en la película  es el que siempre escuché a  mi padre y mi abuela y luego he visto recreado por Galdós, Baroja y Solana. Visionalizando por enésima vez en la benemérita «2» la película de Vajda, me pareció estar sentado al lado de mi padre.

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