El árbol partido, 12

fubol
por Claudio Sífilis.

Pana

Aquel sábado en el bar de Alberto el protagonista fue el Pana, todos hablaban de él, que estaba sentado en su mesa con Enrique bebiendo whisky y poniendo rayas de cocaína como si nada, las explicaciones sobre su ingreso en el hospital la semana anterior y que fueron muy escuetas. Alberto y los demás comentaban que en apariencia estaba bien, todo lo bien que te puede parecer alguien con obesidad mórbida. Sus amigos nunca le preguntaban su peso, más de 150 kilos para 1,80 de estatura. En la mesa, Enrique le hablaba de su obsesión:

– Los vertidos ilegales han aumentado un 40% este año en la Cañada Real. Hay estudios basados en denuncias a la Guardia Civil e imágenes tomadas con helicóptero que así lo demuestran. Veo mierdas nuevas cada día, he descubierto una montaña de cables de cobre pelados en el poblado de El Gallinero.

A Pana eso por un oído le entraba y por otro le salía. Pana era uno de esos autónomos que se compran un camión, recogen escombros en obras y los vierten ilegalmente en la Cañada Real. Ya saben los lectores que, para hacer obras, es necesario pagar una tasa municipal y presentar la documentación de que los residuos los ha recibido un gestor autorizado. Muchos particulares no hacen esto, y algunas constructoras tampoco, si los lectores hacen una reforma en su casa y no quieren pagar la tasa municipal, pueden tirar ilegalmente la basura o si no, Pana puede encargarse. El vertido se puede hacer en cuestión de minutos y, si no se pilla al infractor in fraganti, no es posible sancionarle y mucho menos obligarle a recoger lo vertido.

– Muchas veces me encuentro una lavadora o el frigorífico antiguo que se tira en medio de un camino. No lo entiendo, hay un punto limpio y se puede llevar allí– se quejaba Enrique.
– Porque es muy lento, se pierde mucho tiempo. Tiempo es dinero. Escucha, pagar los 60 euros que me cobran en la escombrera municipal no me resulta rentable. Yo cobro 100 por contenedor y pago 20 en un vertedero ilegal, no puedo pagar 60. Entre el gasóleo, las licencias, autónomos y todos los gastos que tenemos, no me sale a cuenta trabajar. Si quieren que lo hagamos bien, que bajen los precios. Sabes que los procedimientos administrativos son muy lentos y, cuando vienen las denuncias, ya es demasiado tarde y hay muchos más vertidos encima, así que me da igual que me denuncien a la Guardia Civil – respondió Pana.
– Pero ahora la Guardia Civil controla la acumulación de escombros en helicóptero.
– La policía no tiene cojones de entrar en la Cañada Real.
– Pero entre todo hay materiales tóxicos, muchos plásticos.

Por Valdemingómez hay una amalgama de todo lo malo. Se juntan ladrones de coches, aluniceros, traficantes, yonkis y gente violenta en general. Es una zona indomable y la de mayor conflictividad en Madrid. La detención de familias enteras de delincuentes y la demolición de chabolas por parte de las Fuerzas del Orden no sirven de mucho, esta gente no sabe vivir de otra forma y vuelven a organizarse rápidamente. Unos días atrás una decena de individuos apedreaban a dos agentes de Policía Nacional que intentaban llevarse detenidos a los tres autores de un robo a la fuerza. Incluso para la policía este lugar puede ser una ratonera. Los dos agentes consiguieron escapar algo magullados y con desperfectos en su vehículo, no realizaron ninguna detección.

Pana conocía bien esta zona, su familia tenía aquí una finca que antiguamente fue industria relacionada con el ganado. Ya quedó cerrada, sin embargo, su tío seguía viviendo allí, tuvo un taller de soldadura que también cerró y la finca se había convertido últimamente en un vertedero ilegal. La semana pasada, cuando Pana acabó en el hospital, Pana no fue allí para ver a su tío, fue a comprar perico. Iba casi semanalmente, y el ambiente ya no le impresionaba. En la lista de espera se encontró un viejo conocido suyo ejerciendo de machaca, el Huevo, llamado así desde que perdió una oreja de un tiro, no es una leyenda urbana. El tema de los machacas, el trato que les dan los camellos es particularmente humillante, los niños les pegan y les tiran la comida al suelo antes que dársela. Todos desprecian los machacas, por haberse rebajado a trabajar como esclavos de los camellos. Y el trabajo de machaca no es fácil, organizar y contener a 200 drogodependientes diariamente, algunos desesperados por la necesidad de consumir.

Era un día de encontrarse con conocidos, y eso a Pana le daba muy mal rollo, significaba que algo malo iba a pasar. Al incorporarse a la carretera, un coche que venía a velocidad excesiva, hizo por evitarle, salió de la carretera y se dio una buena hostia contra una chabola. Al pasar al lado vio que era el Balú con sus colegas y el Balú le devolvió la mirada. El BMW que llevaban estaba destrozado, pero Balú parecía estar bien, mala hierba nunca muere. Pana siguió conduciendo.

– Dame o te meto – es la histórica frase que utilizó en el colegio su amigo Balú para amedrentar a los chavales y quitarles el bocadillo.

A los demás niños ver acercarse al Pana y al Balú les dejaba la sangre fría. Había un chaval que siempre llevaba manzana y cuando le pedían y la enseñaba, el gordo respondía “joder, otra vez”, porque no le gustaban. Una semana todos los chavales llevaron manzanas, y cómo le jodió la gracia a Pana.

Balú se metió en una panda de heroinómanos que se dedicaban a mangar al personal para comprar las dosis. Cuando no se pinchaban, mangaban pegamento y se lo metían detrás del colegio. Pana en aquellos tiempos probó la heroína, pero no le interesó, a él le iba más la cocaína, la coca le hacía sentirse invencible, la heroína era como una huida del campo de batalla, y se distanció de Balú que se había enganchado a la primera. Pana recordaba al Balú haciendo como que se afeitaba con un contundente machete para amedrentar al personal. También una vez golpeando con un ladrillo en la cabeza a una vieja para quitarle el bolso. Muchos de aquellos yonkis que iban con él al colegio están muertos, alguno se ha rehabilitado, pero los menos. ¿Cómo se llamaba aquel? ¿Ese que ahora es picoleto? Vaya panda, cada uno tenía su sistema. El Cabezapico era conocido por entrar en las casas, una vez se coló en el taller de su tío, intentó abrir la caja registradora y no lo consiguió, en vez de darse por vencido siguió intentándolo hasta que se quedó sin fuerzas. Cuando su tío abrió al día siguiente se lo encontró tirado en el suelo. El Cabezapico empezó a quejarse que el sol le molestaba en los ojos y siguió con su pedigüeñear.

– ¿Qué haces tronco? Baja la puerta… ¡Eehh! ¡Oyess! Puedes daarme una ayuda, que estoy muy maaal. Si puedo hacer algo por ti a cambio, hoy por mí mañana por ti. Ya sabes, estoy maaal, tronco.

El tío de Pana cogió una herramienta de un metro de larga y sacudiéndola en el aire le dijo.

– Me has pillado de buen humor y te voy a dejar que te largues. Si no te largas me voy a poner de mal humor y voy a empezar a trabajar contigo. Te voy a desmontar por piezas, porque sé hacerlo, sé dónde tienes cada una de las ligaduras de tus huesos. No soy médico ni he estudiado anatomía, pero te aseguro que puedo desmontarte y que te voy a dejar apilado en un rincón. Luego voy a descansar, irme a comer y cuando vuelva y tenga ganas, voy a soldar las piezas de nuevo, voy a hacer una obra de arte contigo.

El Cabezapico pensó unos minutos, balbuceó algo sobre la incomprensión del mundo y se marchó. El Cabezapico ya murió. Para el Pana aquellos fueron sus colegas, se engancharon, eran personas que le importaron, no los yonkis de la fila de antes, joder, estaban el Caralimpia y el Caracaballo, uno de ellos se murió hace unos años de sobredosis, Pana no recuerda cuál de los dos. El “dos duros” era un gitano muy plasta, que siempre te iba pidiendo pues eso, dos duros. El Cien Duros, ufffff. Hostia, el Cien Duros era rayando en la subnormalidad, está en la cárcel, complicado con la movida de La Fortaleza. El Cien Duros llegó a integrarse y tener trabajo durante una época, incluso. Luego se le volvió a saltar el resorte, joder, ya hace años.

Rayista hasta la muerte, Pana fue al partido del sábado, disfrutando de algunas ventajas de segunda B, depende en que estadios se vende cerveza, en tercera en muchísimos.

– Y digo yo, ¿el alcohol solo afecta si estás en categorías inferiores?
– Si se trata de una medida para controlar al público supongo que es más fácil controlar a 500 borrachos en 3ª División que a 30.000 borrachos en 1ª.
– De todas formas, me parece una medida muy hipócrita, porque si el alcohol es una sustancia legal ¿Por qué me prohíben consumir algo legal según qué sitios? Que prohíban el alcohol de una vez y ya está y se dejen de tonterías, pero si no es una sustancia ilegalizada que no me impidan consumirlo.
– Supongo que habrá gente que se pondrá demasiado violenta, gente que estará de cachondeo, gente vomitando, etc., pero no creo que dé tiempo a consumir tanto alcohol dentro de un estadio como para ponerse tan mal, y si ya viene la gente mal antes de entrar pues para eso está el derecho de admisión.

El partido empezaba con esperanzas.

– Mucho Rayo. Mucho Pepe Mel. Volveremos donde nos pertenece guste o no con estos jugadores y con Pepe como entrenador
– ¡El equipo convence y somos el “Coco” del grupo y de toda la segunda B!

Sin embargo, empezó a nevar y el partido se torció.

– No va a por los balones aéreos.
– inseguridad en defensa, mejor de extremo.
– De extremo horrible, no sube, ni acompaña a Collantes nunca y cuando pone alguna normalmente mal.
– Le falta ritmo.
– Coke, ¿qué le pasa?
– Muy batallador, lucha solo, pero o le sobra o le falta un regate, siempre no obstante, de los mejores.
– En ataque nada de nada, otra primera parte a la basura
– ¿Por qué le ha colocado de extremo y no de enganche? Mal
– ¿Por qué de enganche y no de extremo? Mal
– Mal colocado siempre (a lo mejor no por su culpa)
– Más alegría pa jugar joder, señor Mel. En fin, el peor partido, así no serán en los play offs.

El partido acabó 0-0. A la salida, todo tranquilo, sin peleas. De pronto, enfrente de él, el Balú. El Balú le fue a dar un abrazo, Pana no quería, pero el Balú se le tiró a la chepa. Era un viejo truco del Balú que Pana conocía, Pana había visto con sus propios ojos al Balú matar a un tío a navajazos mientras simulaba apartarlo de una pelea, sin que Pana ni ninguno de los presentes se diera cuenta. Pana recibió dos navajazos en el abdomen, reaccionó rápido con un cabezazo y aprovechó el abrazo para volcar sobre el Balú, doscientos kilos de peso sobre el bulldozer jonkie que no pudo volver a clavar la navaja. Pana le agarró la cabeza con una mano y la golpeó un montón de veces contra el suelo. Le costó mucho levantarse, dejó a su amigo tirado en el suelo.

– Ojalá te mueras de una sobredosis – fueron las palabras de despedida de Pana.

Comenzó a caminar, paró en un soportal, donde con una llave sacó un poco de coca y se la metió en la nariz.

– No voy a pasar la noche de sábado en el hospital – dijo en voz alta.

Ir a un hospital no era una opción, no quería que le cortaran el rollo. En un hospital lo primero es dar explicaciones, lo segundo neutralizar la droga que se tiene en el cuerpo. Ni hablar. Más coca, pasó junto a un puticlub y no le dejaron entrar:

– No se encuentra usted en condiciones.
– Me encuentro perfectamente, voy a entrar.
– Usted no va a entrar.

Dos gorilas le dieron varios sopapos, los sacaron de allí a empujones en zigzag, algunos guantazos más hasta tirarlo al suelo.

– No vuelva usted por aquí.

Perra vida, injusta. Pana solo quería tomarse unas rayas e invitar a las chicas. Él es buena persona. Nevaba, Pana se levantó, pero apenas caminó unas manzanas se sintió mareado y se sentó en un banco, luego decidió tumbarse y perdió el conocimiento.

Por fortuna para Pana pasó por allí un tipo raro, que lo vio cubierto de nieve y sangre y decidió llamar a la policía.

– ¿Qué tiene usted en contra de esa persona?
– Yo nada.
– ¿entonces por qué nos llama?
– Porque está en un banco dormido, cubierto de nieve y va a morir congelado
– ¿pero qué tiene usted en contra de él? ¿Le va a denunciar?
– No le voy a denunciar. ¿Es que no quieren venir?
– No, ya vamos.

En unos minutos llegaron los picoletos. En fin, a partir de aquí todo fue un marrón para Pana que sobrellevó como pudo, aunque lo que más recordaría de aquella noche fue el último abrazo con su amigo de la infancia. Balú murió de sobredosis unas semanas después.

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