Vivir con Chlamydia. El relato impreciso de unos hechos inciertos

Por Alfreddo del’Ombra.

Capítulo Número G. Nisi caste, saltem caute.

teixetaAdemás de los cuatro semifinalistas abarrotaban la sala unos cuatrocientos guardaespaldas, cien o doscientas azafatas en bikini y un tal Alistair McColl de la Teixeta, quien resultó haberse equivocado de planta. Mr. MacColl, compositor de reels, jigas y, los días más tristes, algún strathspey, tenía escrita desde los años sesenta una jiga muy alegre y juguetona, al tiempo que marcial y solemne, para conmemorar lo que en su día le pareció inminente: la conquista de la Luna por el Imperio de Su Graciosa Majestad. Fueron los sesenta años locos y los programas espaciales parecían imparables y, por supuesto, el de la Gran Bretaña, que no había ni empezado, habría de ser el vencedor. Así lo previó y de consecuencia compuso una melodía especial y espacial para el día en el que los Astronautas de su Majestad desembarcasen en la Luna y pudieran por fin tomar, en su nombre y el del Imperio, posesión de ella al modo antico, con parlamento, placa, Union Jack y gaitero paseándose por las arenas del satélite. Tristemente aquello no fructificó y aquí había venido buscando la embajada de la República de Democrática de Nueva Cataluña, que al parecer estuvo realquilada en el piso 121 hasta que encontraron lugar más adecuado, a intentar venderles de saldo la susodicha melodía para himno del inminente nuevo estado. La embajada estaba ahora en uno de esos edificios modernos, todo acero y cristal, espacio acorde con los valores del nuevo país wannabe, transparente, luminoso, impersonal, frío y sin encanto, lo que viene siendo un concesionario de automóviles. MacColl de la Teixeta, una vez aquí, como buen escocés, renunció a su misión comercial y se quedó por el whisky.

A la vista de tanta y tan variada fauna, y dado el estado de excitación de ambos, Lady Chlamydia me susurró al oído con adorable acento de las highlands “nisi caste, saltem caute”, sutil insinuación que acompañó de fuertes tirones de la manga de mi chaqueta, llevándome hacia un extremo de la sala. Si no somos castos, al menos seamos cautos fue consejo que dio Adalberto di Brema a sus compañeros obispos en el Sínodo de Reims y que gustó tanto a la clerecía golfa que poblaba el Siglo XI que Adamo di Brema, su compinche, también obispo y un poco imprudente, acabó dando a conocer a nobles, seglares y demás ralea en su Gesta Hammaburguensis Ecclessia Pontificium. Tamaña indiscreción puso patas arriba al estamento clerical, la doctrina eclesial y a miles de mozas por todo el orbe cristiano, eso sí, con la reserva y cautela recomendadas. Dirigimos así nuestros pasos, yo el Jesús Cautivo y ella el Cristo de la Pequeña Muerte, hacia un extremo del salón para ocultarnos de miradas curiosas. Acampamos a la vera de un regato que discurría, manso y cantarín, como un castrato cualquiera, entre el órgano que fue de la Parroquial de Santa Eufemia de Ribasdesil y el que adornó en su día el salón del pueblo de la República Popular Soviética de Bujará, delicioso y ameno rincón poblado de zorzales, herrerillos, petirrojos y pinzones, que resultaron ser todos marineros, y por un tal Pedro Angulo al que todos daban por muerto y resultó estar gozando y con buena salud, salvo algunas escoceduras.

En aquel locus amoenus, en el que el tiempo parecía no pasar, como en los discursos de Fidel Castro, comenzamos a ponernos al día de todos los sucedidos durante la temporada que habíamos permanecido separados, uséase toda la vida de Dios desde que a una y otro nos parieron nuestros respectivos progenitores A. Ciertas cosas, como los chismes que los enamorados se cuentan al inicio del romance, han de hacerse con la debida demora, con la adecuada dilación, con el justo tempo, retrasando la satisfacción de esa curiosidad desbocada, no vaya a ser que a uno le ocurra lo que a Walter Barreto, el criollo que pudo triunfar en el mundo del espectáculo nocturno de los clubes de Copacabana porque sabía y contaba con gracia el chiste más divertido del mundo. Walter Barreto se dejó llevar del nerviosismo y el día de su debut contó el chiste tan rápido que nadie lo entendió y así pasó a la historia como el tipo fracasado del universo de las varietés. Walter Barreto ahora pide limosna hablando muy despacio y arrastrando las sílabas en el atrio de la catedral de Florianópolis. La Monty Python, tiempo atrás, rodó un gag planteando qué podría haber ocurrido si Walter no se hubiera puesto nervioso y daba mucha risa jaja. Visto que conocer adecuadamente al amor de tu vida en el modo correcto lleva tiempo, incluso más que un discurso de Fidel, y dado de que estábamos alargándonos, de consuno aplazamos tal tarea y nos aplicamos al fornicio.

Tras componer, quizás por cuarta vez, el tableau vivant de “Lady Godiva entrando en Belén a lomos de un borrico”, que nos salía, la verdad sea dicha, de puta madre, la bella se levantó para acudir al riachuelo por las cosas de la higiene, sin quitarse el vestido de Eva en el Paraíso. Como uno tiene una edad a esas alturas ya se me había reblandecido el corazón, amen de otras cosas, y cayendo en la cursilada le grité las inmortales palabras de Joseph de Maistre: “Cuantas veces pienses en mí, nuestros dos pensamientos se encontrarán a mitad de camino”, momento en el que se giró para sonreírme zalamera dejando brillar el gualdo diente áureo mientras a lo lejos empezaron a sonar lo que en un primer instante pensé fuegos artificiales, de esos que atruenan en las novelas de D.H. Lawrence y Corín Tellado en los momentos álgidos de la pasión.

Nada más lejos de la realidad, en la sala principal se había desatado una ensalada de tiros.

 

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