La madre que lo parió

ROLLO
Por Tipotrueno.

Era una habitación espaciosa. La cama, un enorme montón de ropa tirada encima y dos armarios, uno más destrozado que el otro, quedaban en el lado derecho. En el izquierdo, cinco televisores, siete teclados y dos sillas, todo custodiado por un peluche del Pato Donald. En el centro, frente a un teléfono móvil apoyado en la ventana, se había formado un pasillo.
Allí estaba Juan.

Noventa y dos kilos, gramo arriba, gramo abajo, de cuarenta y tres años, día arriba, meses abajo, postrado, lanzando un rollo de papel higiénico que golpeaba la pared, lo recogía, lo enrollaba con parsimonia y lo volvía a lanzar. Llevaba así toda la mañana, sin decir palabra, repitiendo ese movimiento en el más absoluto silencio. Su madre, panadera de oficio, seguía cuidando de él. Era su único hijo, que ya era bastante, y se encargaba de alimentarlo; a veces cebarlo a veces educarlo.

El rollo de papel no terminaba de desenrollarse del todo, quedaba a media asta, cosa que a Juan no parecía importarle. Muy tranquilo repetía el proceso y, después de varías horas así, parecía haber encontrado la simetría perfecta y la distancia entre ambos montones laterales de objetos armonizando la habitación.

La puerta que quedaba justo detrás de él se abrió y apareció su madre acompañada del vecino que oteó la situación unos segundos y se arrodilló junto a él.

—¿Y dices que lleva así desde…
—…esta mañana, ¡míralo, se ha quedado subnormal!
—Mujer, ya verás que no es nada…

Le pasó la mano por delante de la cara, no con la esperanza de que reaccionara, él no era médico, pero lo había visto en varias películas y repitió el gesto. Visitaba la panadería muy a menudo. Era un amigo de la familia que, digamos, se “ocupó de ellos” cuando el marido, y mejor padre, “se ausentó”.

—A ver si se ha quedado catatónico…
—¡Ay, mi hijo! ¡Mira qué le dije que los porros esos que se mete por la nariz lo iban a dejar subnormal!
—¿Lo has intentado mover?
—¡No!, ¿y si le da un muere? ¿No se dice eso de que se pueden morir del susto?
—Eso es para los sonámbulos, pero esto es otra…

No había terminado la frase y su madre empezó a darle empujones en la cabeza.

—¡Juan, qué te tenía dicho! ¿Eh? ¿¡Ahora qué!? ¡Muévete, sarnacho!
—¡Loca, qué le vas a partir el cuello!
—¡Eso, le voy a partir el cuello!

Se puso a llorar, pero sin una sola gota. Juan, después de unos segundos de espera, reanudó su mecánico movimiento. El vecino, se levantó y se puso la mano izquierda sobre la barbilla. Miró por la habitación en busca de alguna pista que le desvelara por qué se encontraba en ese estado. Vio al Pato Donald y descartó instantáneamente la idea de la catatonia.

—¿Has pensado que puede ser una de sus… “cosas”? Ya sabes que el niño es algo especial.
—¿El niño? ¿Especial? Un perro, eso es lo que es. ¡Por dios qué tiene más de cuarenta años! Ya no sé que hacer con él. Y ahora se me queda catanámbulo. ¡Lo mato!

Hizo un gesto con las manos a modo de ahogarlo pero solo consiguió asfixiar el aire de la habitación. Juan siguió a lo suyo, lanzando y recogiendo. No era tan ajeno a la situación como le hubiera gustado, pero guardaba la compostura.

—Juan, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

El silencio siguió acompañado al sonido del papel desplazándose por el suelo y golpeando la pared. Juan pareció titubear ante la voz de suplica de su vecino. Era su figura paterna y, sin pecar en el trauma sobre la ausencia de su padre, ejercía cierto control sobre él.

—¿Juan…?
—… es una alegoría…

Habló, pero tan bajo que no se pudo oír en una primera instancia. Siguió con su repetición.

—¿Qué has dicho…? No te he oído…

Se giró y los miró con lagrimas en los ojos.

—¡Es una alegoría!

La madre que lo parió empezó a golpearle la cabeza y tirarle del pelo. Juan, ante una más que conocida respuesta y con una agilidad impropia de un hombre de su tamaño, se cubrió la cara.

—¿¡Qué dices!? ¡El susto que me has dado! ¿¡Y puedes hablar!?
—Mama, es una alegoría a la injusta elección de Donald Trump en América.

El vecino, que trataba agarrar a su madre mientras ésta se aferraba a los pelos de su hijo, empezaba a entender que era otra de las “gilipolleces del niño” de cuarenta y tres años.

—Mujer, deja que se explique… ¿Qué alegoría? ¿Qué es eso?
—Alegoría es algo que se quiere representar sobre una queja… ¡es qué es muy injusto y estamos todos muy enfadados!

Señaló a su teléfono móvil que había pasado desapercibido en la ventana y estaba emitiendo un vídeo en directo que se podía ver desde su perfil de Facebook. Su explicación respecto a su situación no estaba muy clara. En la habitación nadie entendía que sucedía, ni siquiera el propio Juan.

—¡Perro! ¿Qué más te da a ti América? ¡Que eres de Murcia!
—Mamá, tú no lo entiendes. A la izquierda tengo el poder supremo; mira a Donald cómo controla la tecnología y los medios. ¡Mira! Y a la derecha está el pueblo oprimido y desastrado. Yo estoy en medio dándoles el papel que a cada cual le corresponde. ¡Es una performance! ¡La gente me está viendo!

El vecino que, mientras Juan recitaba su sarta de disparates, había tomado conciencia de la situación, se dispuso a poner fin a semejante historia.

—A ver, Juan, bonico, está muy bien esto que haces, lo de quejarte y eso, pero, ¿no crees que deberías de dejar de darle disgustos a tu madre?
—¡Mi madre nunca me entiende, no entiende mi arte!
—Hombre, no es muy fácil de entender. Ya sabes que tu madre de su trabajo no ha hecho mundo, que darte de comer a ti ya es un trabajo. Podrías ayudarle un poco…
—¡Dejadme en paz! ¡Iros!

Ya no quedaba mucha coherencia en la habitación. Las tres personas allí presentes se habían topado con un gran muro. Cada cual, con sus capacidades y limitaciones, no conseguían entenderse. El hastío sin sentido de la expresión. Su vecino cogió a su madre del brazo y salió por la puerta.

—Déjalo. Cuando le entre hambre ya saldrá a comer.
—¡Va a comer hostias!

Fue la sutil forma que con la que optó por despedirse su madre. Era verdad que tenía hambre, pero la justicia por un mundo mejor era más importante, y la expresión de su arte también, y su público. Allí se quedaría, su protesta seguiría y después… Después se comería un buen bocadillo de chorizo, hecho con ese pan de kilo que hacía su madre tan rico. Y una buena Coca Cola.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓