Breve relación de vidas extraordinarias · y 30

BRVE30
Por Martín Olmos

Míster James Aitken, que también le decían John Aitkin y también le decían Juan el Pintor, fue muerto doctrinante muy a su pesar, empero, porque en su fuero interno hubiese preferido no interrumpir su vida para ponerse a dar catecismo, ustedes verán. Míster James Aitken, que le decían Juan el Pintor por los gajes de su oficio, no fue siempre muerto, sin embargo, y de vivo fue ladrón, violador, escocés, incendiario y partidario de los whigs, que son razones que observadas en abstracción no soportan consideración de fundamento pero vistas en retahíla fueron el motivo por el que el rey Jorge III le mandó colgar por el cuello del mástil de mesana de la fragata HMS Arethusa el día 10 de marzo de 1777. Míster James Aitken, que le decían Juan el Pintor, era el octavo hijo de un hojalatero y de joven recorrió el país entregándose al robo y en un prado en el camino de Winchester a Basingstoke violó a una niña a la vista de un rebaño de ovejas. Solo Dios sabe lo que se le pasó por la cabeza. Más tarde les pegó fuego a los astilleros de Porthsmouth dejándolos en el esqueleto y frente a sus ruinas fue colgado del palo de mesana de la fragata HMS Arethusa que se arrancó de la cubierta y se volvió a erigir, para la ocasión, en la mera entrada del desastre. Barnizaron su cuerpo para que no lo pudriese la intemperie y le dejaron colgandero para advertencia de los bribones durante catorce años en los que míster James Aitken ofició de muerto docente y, por lo tanto, de muerto de utilidad. Dejó escrito Miguel Hernández:

“El hombre no reposa: quien reposa es su traje
cuando, colgado, mece su soledad con viento,
más una vida incógnita como un vago tatuaje
mueve bajo las ropas dejadas un aliento”

De muerto didáctico fue míster James Aitken individuo apenas oneroso que requirió solo una mano de brea de mantenimiento cada verano y cumplió próvidamente su ministerio durante tres lustros sin escuchar queja de su menester, no señor, nadie tuvo motivo para pronunciarla, hasta que se puso apenas jirón y le tuvieron que despingar y darle a una fosa común con el resto de los muertos sin oficio. A la costumbre de enseñar ahorcados en las encrucijadas para promover la reflexión del popular le vio Víctor Hugo la economía porque al untarlos de alquitrán se tenían que renovar con menos frecuencia y aún pudo ver en 1822 tres colgados barnizados delante del castillo de Douvres. Al muerto hay que aprovecharlo recién mulé si se le quiere sacar el rendimiento porque al tercer día apesta, como el pescado y las visitas, y que de su alma se ocupe Dios. Dejó dicho Jesucristo “dimitte mortuos sepelire mortuos suos”, que los muertos entierren a sus muertos (Mateo 8, 22), y tenía escrito don Carlos Bukowski: “los muertos son tan viejos y los vivos tan prácticos…” Un muerto puede votar y sementar la planta de la mandrágora y facilita el aparcamiento de bicicletas si se entierra sin profundidad y en posición decúbito ventral en los baldíos rurales que están sin asfaltar. Un muerto es comestible, como bien saben los negros de las islas Andamán, y dado a buscarse el porvenir en la pantomima para darse en el póstumo una segunda ventura si echó su vida terrenal a perder y así hicieron los muertitos de la morgue de París, el muerto Elmer McCurdy, antiguo ladrón de trenes que pagó con su mondadura el robo de cuarenta y seis dólares, dos garrafas de whisky, un reloj, un revólver y un abrigo, y el muerto negro de Bañolas, muerto bosquimanito. El muerto hace histrión inmoble que no ha terminado de asimilar a Stanislavski, como Víctor Mature, y hace bien de muerto, de aparecido, de pariente lejano y de convidado de piedra pero está limitado por sus circunstancias y no hace bien de galán ni de espadachín, si bien se le puede dar versatilidad por medio de la electricidad como demostró el señor Giovanni Aldini, sobrino a la sazón de don Luis Galvani, descubridor de la bioelectrogénesis, que consiguió sacarles muecas a los guillotinados aplicándoles descargas con una batería. De la renta del muerto bien supo míster William Burke, irlandés y zapatero que sin embargo fue benefactor de la Universidad de Edimburgo y al decir de Schwob “ascendió de la condición más baja a una celebridad eterna” otorgando cadáveres de borrachos a las mesas de disección y él mismo, después de ser colgado en el Mercado del Césped, se convirtió en mercadería al ser curtida su piel, cortada en andrajos y vendida en forma de petacas de rapé. El muerto, por muerto mero, no siempre sirve para oficio, sin embargo, y entonces es bulto como lo fue el pobre Joe Howard, inútil en vida e inútil en seco, que fue asesinado en Chicago, en el bodegón de Heinie Jacobs durante la que se llamó la Guerra de la Cerveza, dejando un par de gemelos y diecisiete machacantes en efectivo y provocando una encuesta que duró sesenta y un días cuyo costo total para los contribuyentes fue de 4.000 dólares calculados por la prensa de la época como “una cantidad considerablemente superior al valor de Joe como activo social”. Esto es que hay muertos que no sirven para nada como hay vivos que no valen ni de bardajes, que es repertorio castellano que quiere decir del que recibe por las antípodas por el puro viciar. No fue el caso, no señor, de míster James Aitken, que le decían Juan el Pintor, que hizo muerto pedagógico durante catorce años colgadito en su ateneo de mesana y cáñamo y vestido de brea. Al muerto Juan el Pintor, muerto mentor, le pudo ver el abate Francisco Gabriel Coyer, antiguo cura jesuita y autor de “La carta sobre los gigantes patagones” (1767) y le escribió blasón, pero ya no le puede ver nadie más porque cuando andrajó y no sirvió para su oficio le dieron sepultura en el común y ya no se conserva, es pena, como no se conserva el negro disecado de Bañolas, muerto bosquimanito, porque le enterraron en el parque de Tsholofelo, donde quiera que Dios pusiese ese lugar, ni se conserva al muerto Elmer McCurdy, muerto de feria, ni se conserva a la madre Sacramento Lizárraga, superiora de las Carmelitas de la Caridad de Barcelona, porque se la comieron los cuarenta y dos cerdos de la cárcel del San Elías. No se conserva la picha imperita de San Onofre con la que giraba un aro de tonel para entretener al demonio Belcebú, la picha de San Onofre igual se la comieron los alacranes, ni se conserva el culo filarmónico de monsieur Joseph Pujol, que le decían Le Pétomane y era culo melodista, ni se conservan los cojones equinoideos de don Alberto Fish, asesino de niños. Se conserva, en cambio, el brazo de Santa Teresa, brazo refrendario de los joderes del general Franco con su mujer doña Carmen que fueron joderes de pascuas a ramos, y se conserva a la niña Rosalía, niña muerta y puta que guiña a los paseantes por si le sale un príncipe necrófilo y menorero, y se conserva el esqueleto de míster William Burke en una vitrina de la Universidad de Edimburgo y se conservan jirones de su monda hechos petacas de rapé. Se conserva, acaso, el cráneo blanqueado de Cayetano Santos Godino, asesino de gatos y niño quiróptero, quizá lemuriforme, pero no se guardan sus orejas de comerciante ni se guardan las dos pichas equidistantes del gitano Juan Baptista Dos Santos ni sus cuatro cojones ni se guarda el coño motilón de la puta Blanca la Salvaje que le costó una pierna al dios Neptuno. Hoy nada se guarda, hoy todo se da al albañal porque se nos olvidó el hambre. Hoy se queman los despojos, hoy se queman los muertos como usted quemó a su abuelo difunto, usted, tacaño cabrón, por no pagar un panteón al que vayan los locos a dar de comer a los gatos, al que vayan los pichones a coronarlo con sus jiñas de blanco guano, al que vaya usted con la mujer y los niños y los gitanos el primero de noviembre a plañir con desespero. Se guardó, en cambio, el prepucio de Jesucristo en la Basílica de San Juan de Letrán y se guardó la polla de San Malaquías, la del bandido Dillinger y la polla del monje Rasputín, que era polla grande, negra y misteriosa, presoviética y mujik. La polla del monje Rasputín la compró un urólogo. Dicen, que vete a saber, que la polla del monje Rasputín que compró el urólogo no es polla sino una holoturia seca, que la dicen carajo de la mar, y es un equinodermo de agua salada que también le dicen espardeña y se come con acompañamiento de salsa romesco.

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