El asesinato de Baroja, 5. Los Baroja

borraja
por José Martínez Ferreira.

La mañana del 23 de julio de 1936 Pío Baroja es enterrado por sus hermanos en el cementerio de San Martín de Vera de Bidasoa. A lo lejos se escucha algún disparo proveniente de los montes cercanos, quizá algún carabinero leal a la República que cae a manos de los requetés tras ser descubierto en su escondite. A pesar de haber ido al cementerio en un coche enviado por las nuevas autoridades militares de la zona, al acabar la breve ceremonia los Baroja deciden volver caminando a Itzea. Atraviesan el pueblo y nadie se para a hablar con ellos, a darles el pésame. Desde ese momento y hasta que acabe la Guerra saldrán en contadas ocasiones de su casa.

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Carmen Baroja. Nada más terminar la Guerra, el marido de Carmen, el editor Rafael Caro Raggio, tras tres años atrapado en el cerco de Madrid, consigue un permiso para reunirse con su familia y viaja en tren hasta Irún, donde le esperan su esposa y sus dos hijos. En Itzea el matrimonio se cuenta el uno al otro sus años de separación forzosa, él le cuenta la incautación de la imprenta por parte de un comité obrero y el bombardeo de su casa por parte de la aviación franquista y ella hace lo propio con su vida en el pueblo. Pío Caro describe muy bien en sus memorias, “Itinerario sentimental” (Pamiela, Pamplona, 1995), esos años de su madre, “fueron años difíciles, de penuria económica, que afrontó con enorme entereza, trabajando la huerta y los prados como una campesina. Sus manos ágiles y finas, acostumbradas al encaje y a las sonatas de Mozart, se le endurecieron y agrietaron, pero sacó a la familia adelante”.

A pesar de todo ese trabajo físico la fundadora en 1926 del Lyceum Club junto a importantes intelectuales como Clara Campoamor, Zenobia Camprubí, María de Maeztu o su cuñada Carmen Monné logra continuar durante la Guerra con su obra literaria, iniciada en 1933 con “El encaje en España”, gracias a unas colaboraciones en el periódico argentino La Nación que le había conseguido su hermano Pío a comienzos de 1936. La mayor curiosidad de esos artículos de Carmen, que representaron para la familia una importante ayuda económica durante la contienda, está en que a partir del asesinato de su hermano éste desaparece de los textos, no se sabe si por miedo, sabiendo que era un personaje muy incómodo en aquellos días, o para intentar esquivar el dolor de recordarlo. Son artículos de actualidad pero llenos de referencias al mundo antiguo, algunos de ellos magníficos, en la línea de su libro sobre el encaje, pero con un lógico tono pesimista y desesperanzado.

Tras unos días en Itzea la familia vuelve a Madrid, donde Caro Raggio, debido a los problemas económicos, tiene que reincorporarse a su anterior puesto de trabajo en Correos. Carmen, tal vez buscando un cambio de registro, publica en 1942 un divertimento infantil escrito para su hijo Pío titulado “Martinito, el de la casa grande”. Un año más tarde fallece en Madrid su marido, quedándose sola con sus dos hijos, aunque su hermano Ricardo, que se había quedado en Vera tras la Guerra, vuelve a la capital a comienzos de 1944. El retorno del pintor a Madrid coincide con el nombramiento de Julio, a punto de cumplir treinta años, como director del Museo del Pueblo Español y desde entonces Carmen, que como etnógrafa era vocal de su patronato desde 1932 cuando todavía se llamaba Museo del traje Regional e Histórico, escribe al alimón con su hijo varios de los catálogos de las colecciones del centro. Además, según cuenta Amparo Hurtado en el texto “Los museos de Carmen Baroja” del catálogo de “Los Baroja en Madrid” (Museo Municipal, Madrid, 1997), el poeta Juan Eduardo Cirlot le encarga para la Librería Editorial Argos una monografía sobre amuletos y joyas, obra que Carmen entrega en 1949 y que todavía permanece inédita. Hurtado es también autora del revelador prólogo al libro de memorias de Carmen, “Recuerdos de una mujer de la generación del 98”, donde la investigadora enlaza con el anterior capítulo de este relato y nos descubre que a mediados de los años cuarenta la etnógrafa escribió dos guiones sobre novelas de su hermano Pío, “Las noches del Buen Retiro” y “La feria de los discretos”, novela esta última que había provocado la insólita visita de Errol Flynn a Caro Raggio durante el sitio de Madrid, al querer el actor llevarla al cine. Al igual que sucede con el libro encargado por Cirlot, los manuscritos de ambos guiones están desaparecidos.

Ya enferma, en sus últimos meses de vida, Carmen consigue una nueva colaboración en Argentina, esta vez en la sección “El psicoanálisis le ayudará” de la revista Idilio, donde solamente llega a publicar dos artículos sobre amuletos y su simbología, quizá extractos de su obra para Argos. Ambos textos son ilustrados por la fotógrafa Grete Stern con dos de sus famosos sueños, el Sueño nº8 “Hemisferios” y el Sueño nº6, fotomontaje este último en el que una mujer recoge fresas silvestres de entre los estantes de una librería donde curiosamente está “El árbol de la ciencia” de Baroja entre “El gran dinero” de Dos Passos y “Los siete pilares de la sabiduría” de T. E. Lawrence, por lo que, a pesar de que este sueño no lleva título, en la exposición de Stern celebrada en el IVAM en 1995 se le llamó “Sueño Baroja” y el texto de Carmen se mostraba al lado de la obra. Carmen Baroja fallece en Madrid el 4 de junio de 1950, una provocadora frase de sus memorias le sirve de epitafio en su tumba en la Sacramental de San Lorenzo y San José madrileña, “Tengo el arte y la ciencia como auténticas religiones”.

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Ricardo Baroja. Dos días antes de la muerte de su hermano Pío, tal y como se cuenta en el primer episodio de este relato, Ricardo y su sobrino Julio se acercan curiosos a ver una columna de milicianos llegados a Vera desde Irún y el pintor le regala a uno de ellos una pistola vieja que tenía en Itzea diciéndole un lacónico “Toma, para la Revolución”. Horas después su hermano es asesinado por el disparo de un arma similar y Ricardo se obsesiona con el hecho poniéndose a pintar sin descanso durante la Guerra cuadros de temática bélica llenos pistolas y revólveres. Tras varios años sin tocar los pinceles debido a un accidente por el que había perdido un ojo, Ricardo retorna a la pintura.

Este accidente del mayor de los Baroja ha sido relatado innumerables veces en libros de arte e incluso en novelas como “Sobre héroes y tumbas” (Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1961), de Ernesto Sabato, quien fue testigo del suceso durante su estancia en París becado como investigador por el Institut Curie. La historia sería así, en 1931 Ricardo pinta un extraño “Autorretrato con un ojo arrancado” con el que gana la Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1932 y que tras su clausura regala a su amigo Wilfredo Lam, pintor cubano residente en España. En febrero de 1933 se crea en Madrid la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, de la que Ricardo es fundador junto a su esposa Carmen y el propio Pío Baroja. El pintor asiste dos meses más tarde a una presentación de la asociación que se celebra en París; una vez finalizado el evento varios de los asistentes parten hacia una reunión del grupo surrealista y Lam, que llevaba varios meses viviendo en París para intentar abrirse paso como pintor y había asistido a la presentación para saludar, entre otros amigos, a Ricardo, convence a éste para que le acompañe. Ya con los surrealistas se produce una violenta discusión entre los pintores Óscar Domínguez y Esteban Francés, el canario le lanza un vaso a la cara al catalán, que se agacha y lo esquiva, con la mala suerte de que le da en el ojo a Ricardo, que a consecuencia de las heridas producidas queda tuerto. Lam se queda con él durante toda su convalecencia en París e incluso le acompaña en su regreso a España, donde el cubano se queda de nuevo a vivir hasta 1938, fecha en la que retorna a la capital francesa tras pelear dos años en el frente en favor de la República. En la siempre aparente frivolidad surrealista el cuadro pintado por Ricardo en 1931 se convierte en un icono del movimiento por su componente adivinatorio y de predestinación, siendo reproducido en decenas de efímeras revistas vanguardistas, como por ejemplo en la portada del tercer número del Bulletin international du surréalisme (Bruselas, 20 de agosto de 1935). En otro extraño paralelismo surrealista, el involuntario agresor de Ricardo, Óscar Domínguez, seguro conocedor de los cuadros de Ricardo y quizá movido por el remordimiento, pinta también durante los años cuarenta gran cantidad de bodegones con pistolas antes de cortarse las venas el 1 de enero de 1957 en el baño de su apartamento en Montparnasse.

Terminada la Guerra, Ricardo expone en San Sebastián a principios de octubre de 1940 sesenta de los más de setenta cuadros de motivos bélicos que ha pintado durante los tres años de duración del conflicto. Con las obras ya colgadas, diez de ellas son retiradas de la muestra por ser demasiado ofensivas con el bando vencedor. La orden de retirada de estas pinturas proviene del Gobernador Civil de Guipúzcoa, Gerardo Caballero, quien, con la muestra de Ricardo todavía abierta, días después ejerce de anfitrión del líder nazi Heinrich Himmler en su visita a la capital guipuzcoana para supervisar la seguridad ante la inminente reunión en Hendaya entre Franco y Hitler, aunque no haya constancia de que Caballero y Himmler visitaran la exposición de Ricardo. El mayor de los Baroja continúa su carrera literaria y publica varias novelas, entre las que destaca “Los dos hermanos piratas (cuento del mar Mediterráneo)” (Juventud, Barcelona, 1944) por ser una biografía enmascarada de Pío y suya, al contar el libro con varios diálogos entre los protagonistas llenos de claves sobre la relación entre ambos hermanos. Mientras su hermana Carmen adapta para el cine a Pío, él adapta su propia novela “La Nao Capitana” (Florián Rey, 1946), aunque esta vez sin actuar, como sí había hecho años atrás en la adaptación de la novela de Pío “Zalacaín el aventurero” (Francisco Camacho, 1929). Ricardo sigue pintando y escribiendo hasta su fallecimiento en Vera el 19 de diciembre de 1953. En sus últimos días le pide a su sobrino Julio que le lea el libro V de Lucrecio y algunos fragmentos dedicados al cristianismo de Edward Gibbon. A su muerte, su viuda Carmen, también pintora pero cuya obra parece haber desaparecido sin dejar rastro, deja Itzea y se va a vivir a Logroño, muriendo en San Sebastián cinco años después mientras preparaba una exposición antológica de Ricardo.

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Julio y Pío Caro Baroja. Cuando su tío muere asesinado, Julio tiene veintidós años por los ocho de su hermano Pío. En los primeros años de la Posguerra no hay casi rastro en las obras de ambos de su tío, Julio está concentrado en su carrera profesional y Pío es demasiado joven todavía. Tras fallecer su madre y al poco su tío Ricardo comienzan las estancias laborales de Julio en Reino Unido y Estados Unidos, liberado de todo de compromiso familiar toda vez que su hermano Pío se ha ido en 1953 a vivir a México, aunque mantiene su casa de Madrid como centro de operaciones e Itzea como lugar de recogimiento.

Pero la importancia de la obra de su tío es tan enorme que al poco, tras esos primeros años en los que pocos hablan del novelista, Julio tiene que erigirse en portavoz de los Baroja y saltar al ruedo en defensa de su tío, papel que ya no dejará de representar en ningún momento de su vida. A unos meses de cumplirse los veinte años del asesinato de su tío se publica en El Pensamiento Navarro (Pamplona, 14 de febrero de 1956) un texto firmado por la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz, organización fundada en 1939 con el objetivo, según su acta fundacional, de “mantener íntegramente y con agresividad, si fuera preciso, el espíritu que llevó a Navarra a la Cruzada por Dios y por España, haciendo que no se desvirtúen estos ideales”, solicitando al recién creado Arzobispado de Pamplona la exhumación del cuerpo de Baroja del cementerio de Vera de Bidasoa por ser, entre otras cosas, “impío, clerófobo y deshonesto”, en palabras del jesuita Pablo Ladrón de Guevara en “Novelistas malos y buenos” (Imprenta Eléctrica, Bogotá, 1910), y que sus restos sean trasladados a un cementerio civil. Al tratarse de una publicación minoritaria el hecho no hubiera pasado de lo anecdótico si a los dos días no se hubieran hecho eco de la petición Nicolás González Ruiz en su “Comentario leve” diario en Ya (Madrid, 16 de febrero de 1956), calificando en él a Baroja como “anticlerical -mejor dicho, anticatólico-, un poco darwinista y otras muchas cosas”, y el Arzobispo de Pamplona, Enrique Delgado Gómez -quien todavía en 1962 firmaría una circular ordenando el expurgo de los libros de Ortega y Gasset de los seminarios españoles-, que se refiere a ella en su homilía del domingo siguiente como una excelente idea. Julio, que no había dicho nada dos años antes sobre el secuestro por parte de las autoridades del número dedicado a su tío de la revista Índice, sí que entra en esta nueva polémica que le rodea al considerarla un ataque personal, a la familia, tal y como cuenta en “Los Baroja”, y responde en las páginas de Arriba (Madrid, 22 de febrero de 1956) con un pequeño recuadro en el que expone la verdad, que a su tío le hubiera gustado ser enterrado en el cementerio civil de Madrid pero que, llevando ya veinte años sepultado en Vera, pensaba que lo mejor era dejar a su tío donde estaba, y más cuando hacía poco que a su lado reposaba su hermano Ricardo. El diario Ya vuelve al ataque con un editorial que dice que con su respuesta Julio le está dando la razón a la petición de la Hermandad. A esto Caro Baroja ya no responde y lo hace en su lugar el Ministro de Educación, Jesús Rubio, zanjando la cuestión al decir que en todo caso se hará lo que decida la familia.

Pero la historia se cierra en falso ya que unas semanas más tarde Camilo José Cela y el viejo amigo de Pío Baroja, Miguel Pérez Ferrero, desvelan que están organizando un homenaje a Baroja que incluye una visita al cementerio de Vera el día del aniversario de la muerte del novelista, viaje que es inmediatamente prohibido por las autoridades. Ese 22 de julio de 1956 la Guardia Civil, al igual que los carabineros habían hecho el día del entierro de Baroja veinte años antes, rodea el cementerio de Vera de Bidasoa e impide el acceso a toda persona que se acerque, ya que también se había anunciado una concentración de protesta organizada por varias asociaciones carlistas para insistir en la petición de traslado de los restos del novelista a un cementerio civil. El final de esta absurda historia es que Cela no se rinde y sin hacer publicidad organiza de nuevo el frustrado viaje a Vera y el 30 de octubre de 1956, ante la tumba de Baroja, lee junto a Juan Benet y Ernest Hemingway, quienes habían ido con él, unos fragmentos de obras de Baroja junto con un texto suyo que publicará como editorial meses más tarde en el número especial dedicado a Baroja de su revista Papeles de Son Armadans (Madrid-Palma de Mallorca, Año I, Tomo III, Número VIII, 1956). También les acompaña Carlos Saura, que graba unas imágenes del acto que pasados los años incluirá Pío Caro en el documental “La última vuelta del camino (Pío Baroja)” (1965). Este viaje a Vera de Cela no fue del agrado de Julio, que lo calificó de “romería sin sentido”, tal y como contó Benet mucho después en “Otoño en Madrid hacia 1950” (Alianza, Madrid, 1987).

Tras esta polémica Pío Caro vuelve a España e inicia su carrera cinematográfica, entre la que se cuentan varios documentales realizados junto a su hermano sobre folclore español. En 1962 César González-Ruano entrevista para ABC a uno de los asesinos de su tío, tal y como relataba el segundo episodio de esta serie, y con esto las vidas de los hermanos Caro terminan de dividirse en dos, por un lado sus propios trabajos, entre los que se cuenta la recuperación de la editorial familiar, y por el otro la defensa del nombre de la familia o, para ser más exactos, de su tío Pío. De este modo Julio escribe su famoso “Los Baroja” y Pío dirige los documentales “La última vuelta del camino (Pío Baroja)” y “El País Vasco de Pío Baroja” (1967) y años después la serie de ficción “El mayorazgo de Labraz” (1985). En 1971 los hermanos Caro Baroja consiguen que las autoridades secuestren el ejemplar de la revista Triunfo que iba a publicar unas fotografías del cadáver de Pío Baroja aparecidas en Venezuela, historia que ocupará un capítulo posterior en este relato. Tras una larga carrera repleta de libros y reconocimientos Julio, ya enfermo, se retira sus últimos años a Itzea, donde su hermano Pío cuida de él hasta su fallecimiento en 1995. Tras morir su hermano, Pío continúa trabajando sin descanso, viviendo entre Itzea, Madrid y Málaga, ciudad esta última en la que fallece en 2015.

Ese día de 2015 desaparece el último miembro de la familia que había estado en Itzea los días del asesinato de Pío Baroja. A Pío Caro le sobreviven su viuda y sus dos hijos, a quienes les toca ahora seguir luchando por la inmensa herencia intelectual de la familia.

 

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