No a las fajas, sí a las bragas

libro
Por Satur.

«Cómo mola». San Francisco Chronicle.

«Chana mazo». La Voz de las Alpujarras.

«Trasuda una belleza inmarcesible». Julio Llamazares (¡¡Nicolás Segundooo!!)

«Lo peta». Penthouse.

«No había leído algo tan bueno desde la última vez que leí algo tan bueno». Bremaneur.

Todos, y a lo mejor todas, hemos leído alguna vez este tipo de frases. Y no lo hemos hecho en una revista especializada o en la prensa cultural, sino en unos papelitos que abrazan la portada del libro que se alaba. Los libros retractilados (esos que están herméticamente encerrados en un plástico, como los pollos en el súper) son muy molestos, porque el plástico impide abrir el libro y hojearlo. Lo mismo ocurre con los libros intonsos, esos que tienen las páginas «pegadas» arriba o a los lados porque no se ha cortado el cuadernillo plegado. Pero si hay algo molesto de verdad son las fajas, esos papelitos que pretenden avisar al potencial comprador del libro sobre la calidad del mismo. Las fajas son molestas porque una vez comprado el ejemplar tienes que tirar el dichoso papelito. No sirve ni como punto de libro. Para colmo, las frases elegidas son absurdas, porque no dicen nada acerca del contenido y tratan al lector como si fuese imbécil. Aprovecho el favor que se me hace al ofrecerme la tribuna de este magazine, que es guía y faro de la cultura mundial, para utilizarlo como minarete desde el cual lanzar mi oración/petición a los editores: olvídense de la faja. Si quieren captar lectores, abracen el libro con bragas, y en las bragas impriman las consignas que les dé la santísima gana. Todos, e incluso es posible que todas, saldremos ganando.

 

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