Mamadou Benguela Dudu

zulu
Por Mortimer Gaussage.

Mamadou Benguela Dudu es negro chamizo de los que llevan sayón de colorines, un ros sin visera por chapeu y portan en la diestra un palitroque que remata en penacho de pelo de cojón de cebra con el que espanta las moscas imaginarias que le rondan. Todos sabemos que esto es un símbolo de estatus que a las claras muestra, a quien quiera entender, que la mano derecha no la usa para trabajar, sino para apartar las molestias del mundo terrenal. Mamadou Benguela, negro chamizo, brilla como los zapatos nuevos en los escaparates de El Corte Inglés si le da el sol y, de contrario, se nos pone ceniciento y como sobado con las penas de la vida y la tristura de los meses de invierno, esos en los que la radiación decrece con la tumbada que se mete el eje terrestre. Mamadou B. Dudu, negro ceniciento por la baja insolación, tiene un master en literatura inglesa por la UCLAN, lo que viene siendo la University of Central Lancashire, cosa que oculta celosamente desde que se dedica a la magia negra. Mamadou Benguela Dudu en realidad se llama Carlos Longueira Senande, es de Pobra do Caramiñal y jugaba de carrilero zurdo en el Puebla triangulando con mucha visión, que allí aún siguen usando el 4-2-2-2. A Carlos lo adoptaron Juan Ignacio Longueira, ebanista, y María Rosa Senande, fija discontinua para la campaña del bonito en La Onza de Oro. Juan Ignacio y María Rosa follaban con aplicación por simple vicio de recién casados, más o menos como todos, y por el prurito de tener un hijo según iba pasando el tiempo, pero como se ve que no estaba de Dios que fuera suyo acabaron claudicando y pidiendo de encargo lo que podían pagar y finalmente, cuando ya perdida la esperanza, apareció Carlitos a alegrarles la vida. Las cosas buenas se hacen esperar. Don Carlos Longueira Senande, carrilero chamizo, bachelor of arts, no encontraba trabajo de lo suyo, quizá por la falta de brillo, así que luego de muchas vueltas, un poco como sus padres, acabó ejerciendo la magia negra en Madrid, cosa que no saben en casa donde están en que enseña inglés. Carlos Longueira, cuando ejerce de Mamadou Benguela Dudu, poderoso brujo africano, hace amarres, asienta amores de por vida, evita rupturas, busca pareja, quita el mal de ojo, aprueba exámenes y encuentra trabajo, convierte contratos temporales en indefinidos y los fijos discontinuos en tiempo completo; también cura hernias, juanetes, almorranas y alergias, la erisipela y la sarna y asegura el parto sin dolor. Tiene especialidad en sacar los papeles de la residencia, el permiso de trabajo, la nacionalidad y asegurar el éxito en los negocios, pero eso cuesta doble. Carlitos convive en concubinato con Remedios, una asturiana que conoció trabajando en un teppanyaki en el barrio de Letras y con la que tiene un rapaz que les salió flojo de salud y por el que todos piden al Señor haciendo novenas, poniendo velas y dejando gruesas limosnas en los cepillos. Los abuelos a la Virgen de Moldes, al pie de la Curota, y Remedios, claro, al Santo Niño de los Remedios en la Calle de los Donados. Carlos, para financiar el tratamiento y las limosnas ha ampliado el negocio y ahora por la tarifa básica incluye liberar el móvil, limpiar de virus el ordenador y reparar el disco duro, format C:\, todo ello a distancia y en menos de siete días. La brujería africana tiene una vertiente práctica que, adecuadamente explotada, compensa disfraces y desvelos. Mamadou Benguela Dudu, con terno de tweet y zapato semibrogue, él más ceniciento que nunca, estos más brillantes que nunca, espera resignado en una terraza de Arenal a que vuelva Remedios de su visita al Santo Niño de pedir por el suyo, consulta los pagos de los fieles en una app del móvil y echa números de si le llegará para llevar al rapaz a Houston, que es una pasta. Mamadou Benguela Dudu, carrilero zurdo y anglófilo, suspira y relee a John Donne en su viejo ejemplar subrayado y piensa en la muerte y lo poco que en su día entendió al poeta, cuando la juventud, entre el mar de Arousa y Lancashire.

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