Algunos libros curiosos, 1. A hombros de gigantes

capitolio
por Álvaro Quintana.

Nos decía un profesor en el instituto [1] que es necesario concertar correctamente los apuntes in folio para que luego se dispongan de forma similar in capitolio [2] (y aquí se daba golpecitos en la cabeza con el dedo). El consejo me pareció atinado en extremo y lo aproveché de la mejor manera que sé: dejándolo pasar. La variación de la postura en que leo tumbado— para tomar una nota se ha revelado como una tarea contraria a mi naturaleza, por lo que he abandonado a la volátil suerte de la memoria citas que en unas líneas concentraban volúmenes enteros, sentencias que en un relampagueo iluminaban todo un sector de la existencia o recados que luego tuve que pedir que me repitiesen, para molestia general. Hace tiempo adquirí un cuaderno [3] en el que apuntar todo aquello que llamara mi atención en la lectura; pues bien, su primer y único registro sigue siendo esta frase de George Perkins Marsh [4]:

No se debe confiar nada a la memoria.

Ojalá la recordase más a menudo.

Huelga aclarar que esta actitud indolente es de todo punto contraria a la que debe regir el comportamiento del honesto compilador del conocimiento tildado vulgarmente de erudito. Hace falta una pasta especial para enfrentarse con discernimiento a la recopilación de documentos, el compulsado de versiones, el rastreo de influencias y, tan bello y tan desusado como la estrella de plata en lo alto de la montaña [5], el hallazgo de la fuente original, no menos dudosa y debatida que el nacimiento del Danubio [6]. Es una lástima que el celo funcionarial de coleccionistas que posee a estos sabios se vea oscurecido en ocasiones por debilidades demasiado humanas, algunas de las cuales son enumeradas por Robert K. Merton al comienzo de su tan erudito como divertido A hombros de gigantes:

adivinacionismo denigratorio (o la costumbre de encontrar en épocas remotas presuntas anticipaciones de ideas o hallazgos recién descubiertos en el presente); el correlativo síndrome anatópico o palimpséstico (encubrir las versiones más antiguas de una idea por el método consistente en adjudicárselas a un autor relativamente reciente en cuya obra se encontró esa idea por vez primera); la criptomnesia honesta («recuerdo sumergido o subliminal de acontecimientos olvidados por el yo supraliminal», como cuando se olvida la fuente de una idea que uno toma por nueva y propia); el idiolectismo [grimgribber] oscurantista (el arte de la invención de jergas especializadas); insanabile scribendi cacoethes (la tormentosa comezón de publicar, afección que sólo se remedia garabateando palabras en una hoja de papel); el humillado complejo de Parvus, o enanismo (disminuir los méritos eruditos de la propia obra contrastándola ambiciosamente con la enorme obra realizada por los gigantes de la ciencia y del saber); la peregrinosis provinciana (temor subliminal a la erudición extranjera); y, por no extender más esta lista preliminar, el tu quoque (tú también) defensivo, identificado por primera vez en el siglo XVII, que aquí se relaciona específicamente con la costumbre de hacer frente a una acusación de plagio replicando que también el acusador ha cometido plagios [7].

La obra de Merton se subtitula Postdata shandiana en honor al método que la conduce, similar al que guía el conocimiento científico y que reproduce el que teorizó y llevó a la práctica Sterne en su Tristram Shandy: un avance lleno de retrocesos, desvíos, salidas en falso, callejones sin salida, vueltas en círculo, tropezones, cambios de sentido, marchas atrás, paradas por necesidad o sin ella y encuentros inesperados. Algo parecido a una bachata bailada por un cojo. El autor lleva a cabo una zigzagueante pesquisa en busca del origen de un aforismo célebre (el Aforismo con mayúscula a lo largo de todo el libro) de Newton en carta a Hooke:

Si he llegado a ver más lejos, fue encaramándome a hombros de Gigantes.

La maniática minuciosidad de Merton no deja cabo sin atar y despliega con gusto y humor una vibrante erudición, buceando en clásicos de la talla de Vives o Bacon al tiempo que repasa a un oscuro gacetillero de tiempos de Cromwell, siempre a la caza de las diversas metamorfosis del Aforismo. Y al shandiano modo, las digresiones son tan importantes como el camino principal, si no más: las horas entre libros olvidados [8], los vicios (intelectuales) de los plumíferos de toda condición, la mecánica del conocimiento científico, la relación entre los antiguos y los modernos o la lucha en el barro de las ideas. Todo ello sin perder de vista el objetivo inicial que conduce hasta un misterioso Didacus Stella, hasta Bernard de Chartres e incluso más atrás, hasta Prisciano, autor de una gramática latina que gozó de un notable éxito, no exento de reparos [9], en la Edad Media.

Y es que, a juzgar por lo que disfruta Merton y lo que nos divierte a nosotros mientras pasa páginas no poco envejecidas, cabe pensar que a veces no hay que tomar en serio todo lo que dice, como este aforismo propio que tira en la p. 182:

Ojalá la verdadera erudición no fuese lo que es, una serie de momentos anticulminantes.

NOTAS

[1] Cito de memoria.

[2] El sabor a latinajo del dicho me ha llevado, vía un rápido googleo, al libro de Noé Bustamante Bustamante Locuciones latinas en materia jurídica, de donde copio lo que sigue:

Non in folio sed in capitolio.- No en el folio sino en la mente. Se refiere a pactos o contratos y que debe interpretarse como “no por escrito, sino ante los dioses”, puesto que “capitolio” hace referencia al lugar donde se elevaba el templo.

[3] Prefiero no hablar de las agendas que me compro con optimismo año tras año y que acaban en un olvido amarillento, tan ayunas de contacto como esa tía solterona, fea desde la cuna, que rechazó de malos modos a su único pretendiente porque venía borracho (de ahí que la pretendiese; en ese estado uno come de todo) y ahora levanta la nariz mientras se le caen cada vez más los bordes de la boca en permanente gesto de dignidad (dignitas) ofendida.

[4] La encontré en La invención de la naturaleza, de Andrea Wulf, y ya no recuerdo quién era el tal Marsh a pesar de que leí el libro hace pocos meses. Creo que le dedica un capítulo.

[5] Como habrán adivinado de inmediato, es una referencia a Astérix en Helvecia, uno de los mejores álbumes de Goscinny y Uderzo, a quienes debo incontables horas de risa y casi todo el latín que sé.

[6] Remito al lector interesado al famoso libro de Magris El Danubio, donde me pareció entender que la disputa por el lugar de nacimiento del río se asemejaba no poco a nuestras justas para dilucidar la pureza de sangre del chacolí, el sutilísimo debate acerca de las diferencias entre el catalán y el valenciano u otras sabrosas controversias provinciales. No obstante, me es imposible precisar el dato, ya que, como dijo Umbral (véase nota [1]), no me voy a levantar a mirarlo, y eso por dos razones: porque no tengo el libro en casa, con lo que ir a buscarlo (y mucho menos levantarme) no me iba a servir de nada, y porque véase nota [1].

[7] La manía del reconocimiento y el prurito de tener razón no son ajenos a los en apariencia templados eruditos, en quienes aflora un acusado temperamento agonal. Esto me ha traído a la cabeza las excelentes memorias de Carlos Barral, que no he leído sino brevemente extractadas por Carme Riera en su antología del grupo de poetas catalanes de los 50, Partidarios de la felicidad, y a pesar de ello me permito recomendarlas y calificarlas de excelentes a tenor de esos escasos fragmentos que incluso tejen en mí la certeza de haberlas leído completas. He aquí el retrato de un pendenciero Gil de Biedma:

Jaime era una persona incómoda en sociedad. Ante un auditorio de más de dos interlocutores se sentía irreprimiblemente impelido a avasallar con su inteligencia. Como un animal acorralado, hacía un uso desesperado de todas sus fuerzas, definiendo para reducir, obligando a sus contraopinantes a entrar en zonas de la cultura en las que se sentía particular y casualmente fuerte, rehusando los terrenos neutrales. Y como era notablemente tenaz, conseguía casi siempre quedar por encima sin haber llegado a convencer. Sobre todo si se tiene en cuenta que estábamos en la etapa que se prefiere el ingenio a la inteligencia. El contraste de personalidad entre el vis-à-vis y la perorata de tertulia, que en todos existía en aquella época, era en él muy considerable. Era en público desusadamente agresivo, como si estuviese continuamente necesitado de justificación. Y no solía tropezarse con rivales a la altura de sus fuerzas y de su entrenamiento. Hasta que topó con el sparring perfecto: Gabriel Ferrater. Pero eso fue algún tiempo después, cuando las tardes del Ateneo doblaban las mañanas de la universidad.

[8] La lectura y la reflexión gozan de un raro prestigio teniendo en cuenta que casi cualquier disparate, del comunismo al Estado Islámico, tiene detrás una energuménica labor de pensamiento. En vez de dar público escarmiento de cantamañanas con incontinencia grafológica mediante el socorrido método de alquitrán y pluma, sorprende que se rescaten y publiciten aun las obras más oscuras. En palabras de Norman Cohn:

Existe un mundo subterráneo en el que los sinvergüenzas y los fanáticos semicultos elaboran fantasías patológicas disfrazadas de ideas, que destinan a los ignorantes y los supersticiosos. Hay momentos en que este submundo surge de las profundidades y fascina, captura y domina repentinamente a multitudes de gentes normalmente cuerdas y responsables, que a partir de ese momento pierden toda cordura y toda responsabilidad. Y ocurre a veces que ese submundo se transforma en una fuerza política y cambia el rumbo de la historia.

[9] Escribe Merton:

Esta popularidad pudo resistir incluso las críticas lanzadas por la censura en contra de Prisciano por el hecho de haber omitido en su libro el nombre de Dios: «¡Una omisión —dice el profesor Haskins— de la cual también han sido acusadas la Constitución de los Estados Unidos y la tabla de multiplicar!».

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