Me llamo Ace Bullet… (Serenata de plomo. Capítulo I)

Serenata de Plomo
Por Martin Holmes.

Me llamo Ace Bullet, palabra, y soy tan duro que puedo rallar queso con las pestañas. Si coinciden las dos afortunadas circunstancias de que ustedes sepan leer y observen cierta consideración por las letras de imprenta concluirán por mi tarjeta que soy detective privado, lo que no me convierte en el tío más listo de mi escalera pero me obliga a aparentarlo. Por cincuenta pavos al día más gastos les diré la razón por la que no les calza el sombrero y después me dará exactamente igual lo que hagan con su mujer y un soplete. Llevo una vida de aventuras sin fin, las balas me rizan los pelos que me salen de las orejas. Una vez rescaté a un gato de una acequia. Boxeé una temporada en los circuitos del Loop, acá en Chicago, puede que me recuerden: yo era el tipo que sangraba. Salí en el Sporting News de San Luis, ya saben, el 14 de julio de 1919, la foto no me hace justicia. Llevo el recorte al lado de mi corazón, en la billetera, con mis cincuenta pavos de emergencia y la foto de mi madre cuando se afeitó el bigote. Ring Lardner escribió de mí que tendría futuro si el boxeo se pareciese en algo a una riña de borrachos. Me pareció un chiste mediocre. Digamos que me fue regular. Me fallaba el baile de piernas. Bailar es de coristas, yo creía que el box era zurrarse como dos tíos con toda la barba. Si llego a saber que había que bailar hubiese ido a la fiesta de la mazorca de Panhandle Creek, en las Hillbillies, donde tocan canciones camperas con una cuchara y un balde. Ring Lardner, el Shakespeare de las revistas con anuncios de crecepelo. Un pulsateclas de cuarta, si quieren mi opinión. Cuando se me pasó el ataque de risa colgué los guantes y conseguí una licencia de detective. Por el camino perdí una de las tres dimensiones de mi nariz pero obtuve una sólida idiosincrasia monacal que me inclina al sacrificio y a cultivar la virtud de la paciencia. Me ducho con agua helada y digiero cualquier cosa que lleve un par de horas muerta. Puedo dormir de pie, vestido y con un ojo abierto. Observo mi oficio como una misión divina, no suelto la presa por prurito profesional y le saco brillo a mi conciencia en la tertulia de Lola la del Lunar, en el North West Side, al lado del Hotel Congreso, a cincuenta pavos la siesta en sábanas limpias y jabón de jazmín en el retrete, que tiene una pileta sobre la que un querubín de bronce mea agua caliente y otro fría. No soy perfecto, ya ven, pero si quieren virtud mírense en los ojos de su pobre madre viuda, que conservó la granja a pesar de los zopilotes, y dejen que yo me rasque las pulgas. Para este oficio hay que estar de vuelta de tres o cuatro cosas y tener un detector de gilipolleces. Por lo demás, cualquier ganapán que sepa contar hasta siete puede dedicarse al negocio, si tiene cierto talento para poner cara de estar enterándose de la mitad de la misa cuando no tiene ni la menor idea de lo que le están diciendo. Un tipo corriente acude a un detective principalmente para que le diga lo que quiere oír, con lo que un profesional decente tiene que estar a medio camino entre una gitana que dice la buenaventura y una furcia de dos gordas. En segundo lugar, tiene que hacer chistes mientras le pegan y en tercero, y es lo más complicado, tiene que conseguir que alguien toque el Nocturno de Harlem al saxo mientras se supone que está llegando a una conclusión. El resto viene rodado, como una moneda de níquel en una gramola, no sé si me entienden. Pero a veces los casos se complican como la lógica de un orate y llueven billetes de veinte el día que llevas un traje sin bolsillos. Dejen que les diga que uno no sabe cómo acaba la ópera hasta que no canta la gorda y yo estaba a punto de meterme en el medio de una ecuación de matones irlandeses y macarrones con tomate que solo podía despejarse a tiros.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓