Ni ostras ni caviar

Acrilico

Por Manuela della Fontana.

Si no estuviera tan seguro, no lo diría: busco una mujer que sepa hacer tortillas. No es un capricho, me gustan las tortillas igual que a otras personas les gustan las ostras o el caviar. Mi mujer me las hacía para cenar, tal vez no fueran las mejores tortillas del mundo, pero a mí me lo parecían. Su delantal blanco impecable, el gesto serio, todavía creo estar viéndola. Se tomaba tan en serio su papel, que parecía una cocinera de postín cuando las preparaba.

Solía presumir que el secreto estaba en su buena mano y en los huevos. Por unos buenos huevos, era capaz de olvidar su mal carácter de siempre y coger el autobús para trasladarse hasta la tienda de la Sra. María que vendía los mejores huevos de corral de la ciudad. Batía los huevos lo preciso, ni mucho ni poco, insistía mucho en eso, y los dejaba cuajar en la sartén. Sabía encontrar el punto justo. Otra cosa no sabría hacer, pero encontrar el punto justo cuando preparaba las tortillas, eso lo hacía mejor que nadie.

Después se marchó de casa y se acabaron las tortillas. Estaba cansada de aguantar a un viejo cascarrabias que solo piensa en las tortillas y en comer, eso me dijo. Nos vimos un par de veces: el día que vino a por sus cosas y la vez que vino a verme al hospital. Ese día, agradecí su visita, postrado en la cama, inmóvil, su presencia me pareció un bonito detalle. Ni siquiera me preguntó cómo me había caído de la escalera. Me miró como queriendo comprobar si de verdad no me podía mover. Una pierna rota, pudiendo haberme partido la cabeza, no debió de parecerle lo bastante importante, cuando al rato agarró el bolso y se fue. Prometí entonces que no volvería a subirme a ninguna escalera, ni para cambiar las cortinas del salón, ni para buscar una sartén en el armario de la cocina como hice. Al fin y al cabo, ¿qué sabía yo de cuidar casas, ni de cocinar tortillas?

Siempre estuve convencido de que mi mujer volvería, en el fondo soy un ingenuo. Ser demasiado comilón tampoco es algo tan grave, pero me equivoqué. Mi mujer no era de las que bromeaban con determinadas cosas. Debió de pensar que un hombre como yo, un jubilado gordinflón, y con una buena paga sería capaz de valerse por sí mismo y si no, de contratar a una cocinera para que estuviera atenta a sus caprichos. Pero se equivocó, ¿de qué me servía el dinero, y una vida desahogada, si no tenía la felicidad de una buena tortilla? Nunca entendió que soy un hombre a la antigua usanza, despreocupado, con poca predisposición para los asuntos domésticos, que solo entraba en la cocina por mis cervezas y que el resto del día lo pasaba en el sofá dormitando entre pilas de periódicos deportivos atrasados. Un verdadero inútil, que por no saber, no sabía dónde se guardaban las cosas en la cocina. Con decirles que ni el libro de recetas fui capaz de encontrar, y eso que lo busqué en la alacena y en todos los armarios; para dar solo con cucharillas, cuencos de plástico, y algún abrillantador. Para mí que se lo llevó junto con las sartenes para joderme la vida.

Tras la estancia en el hospital, la vuelta a casa se convirtió en un infierno. Las molestias por la caída, no me dejaban vivir. No paraba de quejarme, un ay por aquí, otro por allá. Los moratones de la cara y las muletas me daban un aire de hombre desvalido que yo no dejaba de acrecentar con mi permanente dejadez, parecía un niño. Las vecinas al enterarse de mi estado de abandono, se ofrecieron a cuidarme. Cada día recibía la visita de una de ellas, era bonito volver a oír el trajín en la cocina, el ruido del aspirador, las risas femeninas, mientras yo dormitaba frente al televisor. Me preparaban guisos, carnes estofadas, vichisoise. No podía quejarme del trato, hasta engordé un par de kilos esos días.

Llevaba tanto tiempo sin probarlas que en cuanto cobré un poco de confianza, les pedí que me hicieran algo ligero, una tortilla para cenar. Sabiendo lo mucho que me gustaban, ponían mucho cuidado, querían agradarme, pero por más que se esforzaban, ninguna era capaz de hacerlas como las de mi mujer. Llegué a pensar que tal vez la culpa estuviera en que los huevos, no eran los huevos de la tienda de la Sra. María, o que quizás les faltara algún ingrediente secreto utilizado por mi mujer y que hasta ahora, cosa rara en mí, se me había pasado por alto.

Yo trataba de orientarlas, les hablaba del punto justo, de la importancia de no batir los huevos ni mucho ni poco. Me miraban raro, alguna hasta se llegó a reír en mi cara. ¿Qué entenderá este viejo chocho de cocina? parecían pensar. Llegué incluso a insinuarles que se acercaran a la tienda de la Sra. María en busca de los huevos. Pero cuando no hay predisposición, cualquier excusa es buena para no hacerlo. Se pusieron de acuerdo para en vez de los huevos, regalarme un libro de recetas y un juego de sartenes, y dejaron poco a poco de venir a cocinarme con el pretexto de mi evidente mejoría.

Mientras tanto, cada día que pasa más me acuerdo de mi mujer y de las tortillas que me preparaba, de su delantal blanco y de su gesto serio. Tanto me acuerdo, que no sé si será muy descabellado este llamamiento a mi edad, y más aquí; pero ahora que ya tengo las sartenes, si alguna de ustedes sabe hacer tortillas, la estaré esperando. Ah y no se preocupen por los huevos, porque aunque no se lo crean, los de corral, esos huevos ya los pongo yo.

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Ilustración: Acrílico sobre tablet, técnica mística (prisma & photochopped), sobre una foto de Julia Child y su marido.

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