Cine de chinorris, una ‘panoramización’

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Por Álvaro Quintana.
QUINN, Á. (2017). «Chinorris Cinema. A Panoramisation: From Spring Little Roll to Ladyboys», Patadavoladora Film Studies Quarterly (nº 7), Pyongyang-Pattaya.

Como todo en el Lejano Oriente, la industria cinematográfica chinorris tiene una tradición milenaria. Ya en la dinastía Ming (la de los jarrones) surgieron las primeras máquinas, basadas en lo que parecían quiméricos diseños teorizados en la dinastía Tang (la de los zumos en polvo), que reproducían imágenes en movimiento con una viveza nunca usada. La primera proyección de los hermanos Lu-miel, los pioneros del ramo, puso ante los ojos de los atónitos campesinos la inundación de un arrozal fuera de temporada, lo que causó una comprensible estampida hacia el campo seguida de una incrédula comprobación; todo ello se saldó con acusaciones de brujería, un proceso célebre en el que los pobres cineastas sufrieron torturas, tanto chinas como importadas, y la destrucción de su prodigiosa invención, una catástrofe cultural que postergó quinientos años la reaparición de tal arte a medio mundo de distancia. Cuenta Joseph Needham en alguna parte de su monumental Science and Civilisation in China que un avispado entrepreneur de nombre Alé-va-lo, discípulo de los Lu-miel, reavivó brevemente las enseñanzas de sus maestros. Para ello construyó nuevas máquinas, similares a las ajusticiadas en el fuego, y consumó un doble movimiento tan sabio como audaz: dedicó su talento a la grabación de parejas jóvenes, primero prostitutas y golfos y más tarde espontáneos de alta cuna, en escenas de solaz y furor amatorio y, además, no ocultó su labor bajo las brumas de un mercado negro sino que, muy al contrario, persiguió con clarividencia el patrocinio de una aristocracia envilecida, la cual recibió con alborozo los que se consideraron clásicos instantáneos, hoy perdidos, como El junco que no dobla el viento, El chorrito sobre el nenúfar o Chu-lina y el panda II. El propio emperador fue no poco aficionado a esta moda hasta que descubrió que una de sus hijas, Yé-ni-fel, la pequeña, retoño de su vejez y por ello la más mirada y consentida, había rodado un divertimento de 27 minutos con Lí-chal, su noviete de entonces. Toda la furia imperial cayó sobre un desprevenido Alé-va-lo, quien sintió en sus carnes unos tormentos ideados ex profeso para él, los cuales, a la vez que fulminaban del todo la incipiente cinematografía china, suscitaron apreciables progresos en el saber culinario, subsecciones cortes de la carne y cocina al vapor.

Una aclaración acerca de la nomenclatura usada en este estudio: con cine de chinorris nos referimos al conjunto de cinematografías situadas en el área conocida como Asia-Pacífico; juzgamos que es una denominación expresiva y acertada a pesar de las críticas que la tachan de racista por pretender que todos los asiáticos son iguales (en psicología social este fenómeno es conocido como yellow bias). Queda por tanto fuera de los límites de este trabajo, muy a nuestro pesar, el análisis del fascinante cine indio, un colorido despliegue de gitanos bailongos y tramas telenovelescas que muda todo pesar en la más rumbosa de las alegrías.

Como ya se nos está haciendo tarde, vamos a saltarnos toda la historia del cine chino, intrascendente al fin, para centrarnos en ese pequeño apéndice del gran dragón que, a modo de Gibraltar oriental, ondeaba bandera británica hasta hace poco: Hong-Kong. La ex-colonia de su majestad gestó una colosal industria cinematográfica capaz de las más dispares hazañas: no solo podía, con los más escasos medios, urdir unos bodrios absolutamente desproporcionados a tal parquedad de elementos, sino que, rescatando venerables tradiciones locales de golpes, patadas, brincos, efectos especiales chinescos y música regional, surtió los videoclubs de todo el mundo con divertidísimas y delirantes fantasías de artes marciales, magia, disparos ilimitados (como en los videojuegos), humor a menudo incomprensible (tal vez porque tomamos por humor lo que para ellos es drama o viceversa; tal vez sea que su humor no tiene ni puta gracia, tesis difamada de nuevo como racista; misterios sin resolver) y, sobre todo, hostias por doquier, un universal que, esto sí, se entiende y gusta en todas partes que da gloria.

El archipiélago japonés, por su parte, traumatizado por los dos pepinazos atómicos y por una durísima posguerra que obligó a todas sus mujeres a darse a la prostitución, parió una generación de creadores que se abandonó a harto extravagantes fantasías materializadas en películas de animación en las que seres de otros planetas (o dimensiones, o tal vez fuesen chinos, que estos japoneses cabrones son muy racistas) violaban colegialas usando un número indeterminado de tentáculos. También brilló con brevedad, como una flor tropical, un género en el que bellas jovencitas chupaban los pomos de las puertas a modo de bola de helado.

Ya hace rato que nos estábamos despidiendo, pero no queremos acabar sin una breve referencia al pujante cine tailandés, el cual ha encontrado su carácter nacional en los misteriosos y delicados ladyboys. No podemos abundar mucho en el asunto, por desgracia, puesto que ninguna institución ha querido becarnos para poder realizar trabajo de campo, necesario dada la naturaleza documental de este género. Queda, pues, pendiente una segunda parte de este artículo para cuando consigamos llenar de monedas de euro la botella de agua de Solares que hemos destinado a pagar un viaje a la zona.

Como ha podido comprobar el lector, el cine de chinorris es un venero sin fin de goces intelectuales y estéticos. No nos queda sino recomendar a todo el mundo que siga el consejo de aquel tipo que aseguraba que a las 8 de la mañana, cuando lo echaban de la discoteca, se subía a un taxi y formulaba un deseo que era un mandato: “Quiero placer asiático”.

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