Comprender la función exponencial (Ensayos minúsculos I)

moderistan
Por JRG.

«Comprender la función exponencial». Este es el título de un capítulo del libro Moderar Extremistán (Sobre el futuro del capitalismo en la crisis civilizatoria), de Jorge Riechmann.

Se trata de un pequeño libro, que recuerdo haber visto en las estanterías de una librería, una tarde en que estaba curioseando para pasar un rato agradable.

Las librerías suelen tener silencio y pocas personas, y los propietarios (cuando no son librerías de una cadena) son comprensivos con esta necesidad que tenemos.

No conocía al autor, pero el libro tenía unas proporciones muy buenas, el color de la portada era demasiado chillón, de un rosa chicle pálido mate, pero con un grabado en negro de Pieter Brueghel, concretamente Borracho empujado a una pocilga.

Eso, más el sugerente título, me llamó la atención y al hojear el índice vi este título que encabeza un capítulo: «Comprender la función exponencial».

Capitalismo y función exponencial estaban muy ligados, así que sin más reflexión decidí que eso había que leerlo.

Ustedes tranquilos, que esto no va de matemáticas o, bueno, algo sí, pero será algo relatado, no un tratado, para lo cual tampoco estoy preparado.

Pensé que el autor no podía referirse, ni creo que supiera, a la profundidad matemática de una función exponencial o una función logarítmica ni una ecuación exponencial.

Ni falta que le hace para lo que él trataba de decir con un nombre tan sugestivo, a la vez que rimbombante e incluso pedante.

El libro, de antemano les digo que no merece lectura, y que si el tema del capitalismo les interesa, pueden leer cosas de mucha más enjundia desde un lado u otro del problema.

La cuestión es que a mí sí que me movió mis neuronas el asunto, no tanto por lo que decía, que ya les digo que tampoco es para comprarse el libro, sino que como él no era capaz de dar respuestas, a mí me dejo con las ganas.

Si pudiéramos conversar con una célula cancerígena, o con una colonia de langostas, o de ratas, y les preguntásemos para que existen, nos dirían que para seguir vivas. Sin más.

Ellas no se preguntan si son buenas o malas, si agreden su medio ambiente, si su fin último no es destruir el organismo o habitat que los acoge.

Nada de eso se preguntan. Su programación es extenderse lo más posible, cómo si de un gas se tratara. Ocupar toda la superficie y volumen disponible, nutriéndose con todo lo que encuentran a su paso, hasta desaparecer por amontonamiento y por la extinción de todo su combustible vital. A una velocidad uniformemente acelerada, sin pausa, sin pensar en legados, sin pensar en la próxima generación. Todo su pensamiento lo dedican al fin último.

A ganar la batalla del crecimiento, de su expansión en monopolio, donde excluir la competencia, hasta que el único bien consumible son sus propios congéneres, y luego el final por inanición.

El librito habla en esos términos del capitalismo.

Lo que hace después, es negarlo, como solución. Cómo si fuera tan sencillo. ¿Quizás una guerra revolucionaria? ¿Un nuevo sistema? ¿Romperlo todo para volver a empezar y terminar donde habíamos empezado?

No, para nada es tan negro.

Sí es cierto que el teórico, cuando realiza una proyección, siempre elimina variables que le son molestas.

Nosotros no somos ratas, ni langostas, ni células cancerígenas. No necesitamos que nos combatan para controlarnos o eliminarnos. No somos tan nocivos como tendemos a pensar (más bien como piensan algunos catastrofistas) para el bien de algunas ideas secesionistas de nuestra condición.

Nuestro número es muy elevado para el nivel que nos ponemos pero, una vez que lo conocemos, el retroceso ya no es posible, ni deseable, ni necesario.

Somos capaces de darnos cuenta de nuestros actos y de cómo influyen en los demás y en el entorno.

El capitalismo y la democracia son sistemas buenos, sus reglas son buenas, no óptimas, pero sí buenas.

Las mayorías tienen una fuerza de marea que no encuentra canalizaciones ciertas, pero no es un problema de reglas.

Es sólo un problema de aceptarlas y cumplirlas, y cambiarlas si es necesario, pero no permanentemente.

No es posible un mundo sin competición, pero competir todo el tiempo para ganar la totalidad no es lo recomendable.

Aquí es donde está, a mi modo de entender, el lugar donde deben trabajar filósofos y teóricos, incluso los técnicos del sistema y los políticos.

No es una enmienda a la totalidad, es corregir el rumbo, manejar las derivas que nuestro sistema nos plantea.

Lo siguiente requiere otro capítulo.

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