Ana María Iza Pol

FREGAO
por Mortimer Gaussage.

Doña Ana María Iza Pol nació prematura, un gurruño peludo más parecido a una ardilla que a la descendencia de un notario vasco y una gallega de buena familia. Pese al adelanto la criatura vino bien formada y se crió con salud y, siempre inquieta, fue precoz en andar, hablar y en general en todo en la vida. Ana Iza Pol todo lo hacía rápidamente, con un ansia impropia de una señorita, asunto que en ciertos lugares y tiempos era de preocupar. Ana Iza nació con los seis rasgos canónicos de la raza vasca según los dejó enumerados el médico y antropólogo Don Antonio Zelaya Urtubei (1860-1923), como luego hizo Cela con las nueve señales del hijoputa. Estas son, a saber, cráneo dolicocéfalo, barbilla triangular, nariz larga y fina, orejas grandes, pelos en la segunda falange de las manos y rh negativo. Ana Iza, vasca canónica según las normas aplicables al caso, casó joven tras un corto noviazgo con Don Álvaro Ferreirós Baamonde, juez de entrada, y a los siete meses le parió el primer hijo, al año y cinco meses el segundo y a los dos y medio el tercero. Ana Iza todo lo hacía rápido, como se dijo, con ansia impropia de la esposa de un juez, ahora ya magistrado, lo cual daba que hablar. En casa del señor juez mandaba su esposa, que era vasca, y quizá eso no lo puso en su lista Don Antonio Zelaya, a quien el Señor tenga en su Gloria, y es olvido imperdonable. Doña Ana, en su apresuramiento, se levantaba mucho antes del alba, hacía las primeras labores del hogar, como encender el fuego de la cocina bilbaína, aprestar desayunos y mudas de los varones de su casa y marchaba apresurada a misa de seis, la de las criadas. A las ocho y media de la mañana estaban las estancias ventiladas, los suelos barridos, pasado el plumero a los muebles, las camas recogidas y, si miércoles, cambiadas sábanas y toallas. A las nueve y media estaban ya los dos platos y postre de la comida casi terminados y la mesa puesta, esperando, porque en aquella casa se comía a las doce, algunos días a las once y media. Este ritmo trepidante, este futurismo doméstico, a Don Álvaro lo tenía agotado pero al fruto matrimonial, nacido con ese ritmo, no parecía afectarle. Cuando con seis años Angelito Ferreirós Iza, el primogénito prematuro, fue al colegio por vez primera ya sabía leer, escribir, sumar y restar llevando, multiplicar, dividir, sacar raíces cuadradas, la lista de los reyes godos, los límites de España, todos sus ríos con los afluentes principales y los cabos de cada provincia y esperó cuarenta y cinco minutos a que abrieran las puertas. Al volver a casa su padre, magistrado de lo civil, le preguntó que tal el primer día y la repuesta fue que en el colegio todo iba despacio. Don Álvaro Ferreirós, magistrado, por la evidente autoridad que de su cargo emanaba, era el único freno a la incesante y febril actividad de su cónyuge, y aún así andaba contagiado. Salía muy pronto del Juzgado, cosa que siendo funcionario tampoco asombraba a nadie, y caminaba presuroso a casa haciendo una parada en el Café Atlántico en el que, por costumbre, tomaba el aperitivo. Al verlo entrar, y mientras a algunos rezagados servían café y croissant, le ponían en la barra dos vasitos de vermú con unas olivas que bebía presuroso, casi de un trago, para meterse luego una o dos aceitunas en la boca que iba rumiando camino a casa, donde escupía los huesos. A las siete y media se cenaba y a las nueve todos en cama, tras rezar el rosario en familia. Este régimen duró muchos años, hasta la muerte de Don Álvaro, momento en el que, quizá por el dolor, quizá por la desaparición del su único freno, Doña Ana Iza entró en frenesí. Al principio nadie se percató, acostumbrados todos a su agitado vivir, pero ella fue acelerando cada día más su ritmo y adelantando horarios, ganando tiempo al tiempo. Levantándose a las dos de la mañana, ventilando a las dos y media, desayunando a las tres. Dos años después de enviudar, en las Navidades 1978, llamó por teléfono a sus tres hijos para que fueran a celebrar la Nochebuena el dieciséis de diciembre. En dos años le había ganado nueve días al calendario. Esta historia, que acaba con Doña Ana Iza Pol en un psiquiátrico, me la contó su nieto, Benito Ferreirós, que estudiaba en el Chaminade y del que me hice amigo por casualidad; me lo encontraba fumando todas las madrugadas a la puerta cuando yo volvía a mi colegio mayor. Benito Ferreirós no tenía ninguna de las señales del vasco canónico, según fueron descritas por el eminente doctor, pero acumulaba cuatro de las nueve del hijoputa, a saber, la cara pálida, la barba por parroquias, las manos blandas, húmedas y frías y el mirar huido. No digo yo con esto que Benito Ferreirós lo fuera o fuese, yo sólo lo menciono y cada cual saque sus conclusiones. Benito Ferreirós, cuatro de nueve no son tantas, no son ni la mitad, fumaba como los rusos en las películas, poniendo el cigarrillo entre el corazón y el anular muy pegado a la palma, y sacaba una pinta menos de fiar que un comisario de la cheka. Estudiaba políticas y había llegado a la conclusión de que dormir era perder el tiempo, tantas cosas por leer, tantas cosas por hacer, tantas cosas por cambiar en un mundo injusto. Vivía en un frenesí pero puramente intelectual, por lo que columbro que algo de vago tendría, no como su abuela. El hijoputa no se da nunca puro o prístino, el hijoputa, según dejó descrito Don Camilo José Cela Trulock (1916-2002), se da en una amplia variedad de sabores y una enorme panoplia de grises. Benito Ferreirós fue reduciendo las horas de sueño y cuando lo conocí había conseguido dormir sus ocho horas canónicas una noche de cada dos, dedicando la enorme cantidad de tiempo que con tal maniobra había conseguido liberar de la tiranía de Morfeo a fumar y hablar conmigo, que volvía renqueante de perder el tiempo en bares de copas persiguiendo mujeres. Los planes, a veces, no salen bien, ni los de Benito, que eran cambiar el mundo rápido, ni los míos, que solía volver de vacío. También hablábamos con el portero de noche, un tipo manco, gordo y serio, veterano divisionario, que nos liaba los porros las noches cálidas de primavera cuando yo estaba muy afectado y a Benito le entraban temblores en las manos húmedas y frías de hijoputa, sería de no dormir. Un domingo, en el rastro, me compré por setenta y cinco pesetas un libro curioso, el Manual del Adorador Nocturno Honorario, para regalárselo a mi compañero de último cigarrillo como una broma. Recuerdo aquella noche cálida de mayo en la que, a la luz violeta de una farola, lo abrió, me dio las gracias, se despidió con un abrazo y no lo volví a ver más. Yo creo que, a pesar de las señales claras de pertenecer a la raza vasca, a Doña Ana Iza lo de no dormir y apresurar, lo mismo que a su nieto, les venía por la parte de gallegos. Yo, de vez en cuando, por ejemplo cuando esto escribo, tampoco duermo, como ellos, y como tampoco dormía Don Luis de Trelles y Noguerol (1819-1891), el abogado y diputado de Vivero que fundó la Adoración Nocturna, al cual intentan canonizar y que, por lo que se dice, tenía la frente buída, la cara pálida, la voz de flauta y el pijo fláccido y doméstico, que son cuatro de nueve y no son tantas, menos de la mitad. Me gusta pensar que mientras escribo esto y fumo, a las tres y media de la mañana, Benito Ferreirós está despierto, de guardia, velando a Dios Nuestro Señor en algún templo, pidiendo por todos nosotros, los insomnes, los ansiosos, los que lo fueron y los que somos.

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