Dios, yo y sus putadas

1qa3wpPor Tipotrueno.

Dios y yo somos amigos de los de verdad. No colegas o conocidos, no. Amigos de los que se dicen “qué hijoputa”, “qué cabrón”, se preocupan el uno del otro, quedan para criticar a alguien, se quejan juntos de lo difícil que está todo y, por supuesto, de los que se putean de vez en cuando.

Sin ir más lejos, el otro día, tenía una importantísima reunión en los aseos del Corte Inglés de la calle Preciados de Madrid, gran lugar de encuentro si andas de paso por el centro, excelente higiene y lo más importante, la celulosa no escasea. Pues bien, andaba con cierta presura, llegaba tarde y me tenía que presenciar lo antes posible, entonces, mi querido amigo decidió hacer una aparición estelar ni más ni menos que en el centro de Sol. Ya os podéis hacer una idea de cuál fue el estruendo causado. Nadie daba crédito de lo que allí acontecía, oleadas de gente corriendo, otros arrodillándose, santiguándose, llantos y locura. Y él, Dios, me miraba con esa media sonrisa picarona que le delataba. Qué cabrón, la gente espantada me impedía el paso, joder, tan solo es Dios, tampoco era para ponerse así.

Sabéis ese sudor que no nace de la frente sino de la tercera vértebra torácica, ese que hace que solo pienses en una debacle que está apunto de suceder si no se llega a su destino, pues me saludó y me dijo que o apretaba el paso o la tragedia iba a convertirse en hecatombe. Dios comenzó a reír como de lejos. Esa risa que empiezas con una pequeña tos y se va transformando en un gran JA seguido de otro todavía más fuerte. Aceleré el paso, en mi mente se asentaba una verdad: no llego, no llego.

Esquivé a tres curas que corrían despavoridos, como ciegos, repartiendo hostias a cualquier persona que se cruzara por su camino; un Testigo de Jehová me golpeó en la frente con una de sus octavillas que inconscientemente me metí en el bolsillo; salté a la carrera a un Pocoyo que se había tumbado en el suelo tapándose las orejeras de poliestireno expandido (corchopán) a modo de protección. Ya en la puerta, un Agente de Movilidad se había encaramado a la puerta en un valeroso intento de dirigir el tráfico entrante y saliente del enorme edificio. Tengo que reconocer que tenía maña y había conseguido bloquear completamente la puerta. ¿Por qué? Quien sabe, pensaba que era su deber y eso hacía, pero yo tenía que entrar sí o sí, Dios había acelerado su JA a JAJA y no tenía pinta que fuera a decrecer. La suerte estuvo de mi lado cuando una avalancha de señoras entradas en edad e hiperperfumadas derribaron al hombre que murió en el acto y con gran valentía ¿protegiendo la puerta? Bueno, cada cual con su trueno. Gracias a ellas pude entrar en el edificio con un bendito olor a esperanza de que todo iba a salir bien, pero me topé con que las escaleras mecánicas no funcionaban, era raro la vez que sí estaban en marcha, y la subida iba a ser más lenta. ¿Por qué instalarían los aseos en la tercera planta? Para putear, seguro.

Alcancé el primer piso sin ningún tipo de problema, parecía que inconscientemente la gente había optado coger el acceso correspondiente y hacían piña en la escalera de bajada. Curioso. Con el segundo tuve un pequeño problema. Era la planta de bebés, carrocería, infantil, lencería y corsetería. Alguien pensó que las preciosas bragas y culottes de encaje eran una herejía y las estaba quemando mientras gritaba que Dios había venido a castigarnos por libertinos. Nada más lejos de la realidad. El fuego impedía mi acceso a la segunda planta y tuve que dar una gran rodea.

Mi esfínter solicitó una reunión de urgencia con los músculos de mis glúteos. Les comunicó que sus fuerzas estaban mermadas, que tomaran el relevo. Ellos tampoco hicieron mucho caso, siempre iban a su bola. Dios ya reía con su mayor fuerza y, como el muy cabrón es omnipresente, podía ver su cara desencajada.

La tercera planta apareció ante mis ojos con el resplandor claro y cristalino que da la victoria, mi andar era una sucesión de saltitos y arrastres de piernas. Cuerpo y mente se fusionaron en un estado zen que impedía la salida prematura de “aquello” y levité, literalmente, hacia el acceso del aseo. Nada interrumpía mi camino, había alcanzado la perfección. Mi destino me esperaba. Todo empezó a ir en cámara lenta, no por obra y gracia del Todopoderoso, no. Mi cerebro procesaba la información tan rápido que el tiempo parecía haberse detenido. Podía ver perfectamente como se volteaban las estanterías con ropa cuando tiraban de una chaqueta para llevársela, o como alguien caía golpeando su cara lentamente contra el suelo, el murmullo lejano de gritos incoherentes, el humo que empezaba a subir a la tercera planta, una mosca que pasaba delante mí ajena a toda la situación y por supuesto esa risa de tonos graves de Dios.

Llegué a mi destino. El placer fue sublime, indescriptible, excelso. Dios se partía el culo y yo también. Había sido una gran putada, de esas que solo se gastan los grandes amigos. Como lo que éramos nosotros. Dios y yo.

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