La matanza de Rechnitz: una historia secundaria.

Grabado de José Renau

Grabado de José Renau (1969)

Por Botillero.

Pocas veces el subtítulo de un libro ha sepultado al título con mayor contundencia, con más claridad, dejando en el lector una sensación a caballo entre la sorpresa y el enfado. La matanza de Rechnitz. Historia de mi familia. Uno se acerca al libro pensado que va a encontrar algo de luz sobre un sangriento episodio -la matanza de unos doscientos judíos- ocurrido en los últimos días de la II Guerra Mundial, cuando el Ejército Rojo estaba a pocos kilómetros de esa pequeña localidad austríaca, célebre por el castillo propiedad de la condesa Margit von Thyssen y su esposo, el conde húngaro Ivan Batthyany. Los anfitriones dieron una fiesta a la que invitaron, como era costumbre, a los nazis locales y aquello desembocó, a modo de macabra diversión en una contienda ya perdida, en la matanza de una parte importante de los judíos que trabajaban en las inútiles fortificaciones que debían impedir un avance soviético que era imparable. El misterio siempre ha radicado, aunque no exclusivamente, en establecer con claridad el papel que en el crimen jugó la condesa, nazi furibunda y amante de las armas y la caza: si se limitó a ejercer de anfitriona o participó activamente en la matanza, si se emborrachó con los asesinos al regresar estos al castillo cumplida la misión o fue la que incitó el celo de los matarifes. En cualquier caso, materia sabrosa para los historiadores a la que la literatura, al menos con este libro, no ha rendido homenaje ni de lejos.

El autor, Sacha Batthyany, descendiente se esa familia y sobrino nieto por afinidad de la condesa Margit, firma la obra y nos deja tan a oscuras como estábamos al principio, centrándose en la historia familiar y tratando la masacre de una forma somera, como punto de partida y poco más. De hecho, en apenas dos páginas ventila los procesos judiciales que intentaron arrojar luz sobre el crimen. La faja del libro -otra vez las dichosas fajas- viene en este caso de la mano de Fernando Aramburu, encargado de la traducción, quien nos dice lo siguiente a modo de reclamo: La matanza de Rechnitz entrelaza un sólido relato de investigación con el afán valeroso de un hombre de nuestros días, dispuesto a resolver el turbio enigma que pesa sobre su familia y a llegar hasta el fondo de la verdad cueste lo que cueste. Si no fuera porque es el traductor se podría pensar que el hombre ha leído otra cosa. O más sencillo: que seguramente se refiere a otros episodios de la familia a los que el autor dedica tiempo y viajes, como la presencia de su abuelo en un campo del Gulag o más bien, y esta es la obsesión de Batthyany, el asesinato de un matrimonio judío que servía en la mansión húngara de su abuela, episodio este del que bien se puede decir que constituye el núcleo central de la investigación, pues de la hija de ese matrimonio, superviviente de Auschwitz, tenemos un diario, superpuesto al de la abuela, que se convierte en el hilo conductor de la trama, confesiones ajenas, en fin, que llevan al autor en pos de una verdad que no es sino una reconciliación consigo mismo, una expiación de culpas ajenas que poco tiene de novedoso dentro de ese período histórico.

¿Y la matanza de Rechnitz y sus todavía oscuros detalles? Pues poca cosa más allá del punto de arranque del relato, cuatro pinceladas que parecen sacadas de informaciones periodísticas y que sirven a Batthyany, tras las pertinentes preguntas al respecto a los parientes que todavía sobreviven y que prefieren pasar página sin pudor, para tratar la historia tantas veces contada de la mala conciencia de los hijos por los crímenes de los padres, la banalidad del mal y del cómodo silencio que sirve para soslayar la incómoda verdad. Nada nuevo, se insiste, que no pueda solucionar, o al menos paliar, un buen psiquiatra, profesional que, cómo no, tiene su papel en la Historia de mi familia y que curiosamente, será casualidad, tiene padres  supervivientes del Holocausto y al que el autor acude en busca de consuelo. Los lectores, al menos los que hemos acudimos al libro tras la verdad de Rechnitz-si no toda, parte de ella-nos tendremos que conformar con algún diván para dormir la decepción.

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