Buscando metas

Baloncesto2
Por Ximeno de Atalaya.

«No es la voluntad de ganar lo que importa, todo el mundo la tiene.
Es la voluntad de prepararse lo que importa».
Paul Bear Bryant

La verdad es que yo, de niño, era más bien canijo y escuchimizado, no es que fuera una birria cum laude, pero casi. Teníamos en el colegio un profesor de gimnasia que nos animaba a hacer deporte, porque -decía- gracias al deporte creceríamos fuertes y sanos y nos haríamos unos hombres de provecho. También decía que conservaba un cuerpo fornido y vigoroso porque practicaba el atletismo. Yo por entonces pensaba que el atletismo era como se llamaba a la afición por coleccionar mapamudis y cosas de esas, sin embargo, es justo reconocer que su aspecto presentaba considerables diferencias al compararlo con el que ofrecían los hermanos maristas.

Seguí sus consejos lo mejor que pude y -aunque a día de hoy no puedo decir que sea gigantesco- puedo presumir de conservarme antañón pero vigoroso (y honrado, precisamente por esto último me muestro como “Job sentado en su estercolero” que decía Benjamín Fondane.)

Hablando de benjamines, la talla benjamín me causó ciertas contrariedades a lo largo de la vida. Algunas nada más llegar al colegio. Cosas de niños que se resolvían con la dialéctica de los puños y las patadas en la espinilla. Nuestro profesor de gimnasia decía que había que ponerse metas muy altas porque esa era la forma de dejar atrás nuestros límites. Le hice caso y tuve la gloriosa idea de apuntarme al equipo de minibasket por ver si me superaba a mi mismo, pero no logré todos mis objetivos. Secretamente yo aspiraba crecer hasta que dejaran de elegirme para la primera fila en la fotos de la clase, los que salíamos sentados en el suelo, al fin y al cabo fue nuestro atlético profesor quien nos había prometido crecimiento. Aunque me debería haber llamado la atención que don Alberto en realidad era bajito. En cualquier caso estaba dispuesto a dedicarme a crecer sano y fuerte con esfuerzo y dedicación, entrenando y haciendo todo lo que estuviera en mi mano para conseguirlo.

Lamentablemente aquel año no crecí mucho: sólo tres centímetros y por esta razón me ningunearon como jugador. Tal menosprecio, lejos de perjudicarme, me favoreció pues pude utilizar mis habilidades a mis anchas. Al pasar tanto tiempo sentado en el banquillo -hasta que los que eran más altos estaban agotados- tuve tiempo de observar el juego de cada uno. Conocía perfectamente todos sus trucos y sus debilidades. Además tenía un arma secreta: la rabia. La rabia y el conocimiento de las debilidades de mis contrincantes me convirtieron en un rival a tener en cuenta porque nunca dejaba una pelota por perdida. Si alguno me ponía un tapón o me robaba un pase, me revolvía y lo acosaba hasta recuperar el balón. Me entregaba a ello con furia, con determinación y con una energía que lograba equilibrar con creces la diferencia de altura. Esto funcionó durante un tiempo, pero en la preadolescencia -cuando nos empezó a salir pelusilla en la comisura de los labios- mis compañeros dieron el estirón y lo que era una diferencia de seis a ocho centímetros se convirtió en veinticinco. Aquello era demasiado. Quizás no perseveré, no lo sé, el caso es que en mi primera incursión en el mundo del deporte llegué a la conclusión de que para solucionar un problema no bastaba con estudiarlo y estar muy motivado, había además que dar la talla. No sé si me explico.

La verdad es que pasé por el minibasket con cierto desahogo gracias al pundonor, pero no había que ser muy listo para descubrir que para el baloncesto no iban a contar conmigo. Por más ganas y energía que le pusiera había que tener aptitudes, así que con ese conocimiento en mi mochila dirigí mis aspiraciones hacia el futbol, como la mayoría de mis compañeros.

Sin embargo para el futbol tampoco estaba particularmente dotado. La razón es que no lograba entender como funcionaba. En el minibasket todos nos movíamos tras el balón, apliqué mis conocimientos al futbol de manera que iba tras la pelota y ya está, no reparaba en todo eso de la distribución de los jugadores en el campo. Era un problema, claro. No comprendía que si todos hubieran hecho lo que yo, habría veinte jugadores pateando en un par de metros cuadrados. Mis compañeros se dieron cuenta con rapidez de mi incapacidad innata para el deporte rey.

Descubrí mi triste sino cuando se formaban los equipos. Para ello los dos mejores jugadores sorteaban quién elegía primero. Uno tras otro iban eligiendo a sus jugadores y lograban formar dos conjuntos muy equilibrados… Hasta que llegaban a mi. En ese momento un capitán decía: Bueno, Ximeno y todos los demás para vosotros. No fallaba nunca. El equipo donde acabáramos el pelotón de los desechados, a pesar de tener más jugadores, perdía irremisiblemente.

Con el futbol aprendí que la ventaja numérica no siempre da buen resultado, sobre todo porque aquel pequeño grupo de indigentes balompédicos más que sumar restábamos. También aprendí que no hay que querer resolver todos los problemas uno mismo, que hay que estar en el lugar que nos corresponde aunque no le veas sentido y, también, que perder por sistema no es grato.

Así que me alejé de los deportes de masas, en los que hay tal afluencia de aspirantes que no es fácil destacar y me apunté al equipo de rugby. En el rugby desde siempre habían tenido dificultades para completar un par de equipos. Se sorprendieron cuando me vieron aparecer por allí aquellos bestiajos, pero a falta de algo mejor me aceptaron. Ellos confiaban en su corpulencia y no contaban con que yo ya tenía experiencia en el desprecio. Mi arma secreta en el rugby era la velocidad. No tenía más remedio ¡me iba la vida en ello! Cuando un delantero que te dobla en peso va detrás de ti dispuesto a arrojarse encima, o corres más que él, o sencillamente te aplasta. Así aprendí a huir de los problemas que no sabía resolver: a toda velocidad. Corría la banda más y mejor que nadie y conseguí grandes ensayos corriendo como un descosido al que persiguen una manada de paquidermos dispuestos a patearlo. Funcionó hasta que me bloquearon. Cosas de entrenadores y tácticas de juego. Me buscaron las vueltas y cuando menos lo esperaba me encontraba con una mole de hueso y músculo enfrente que me cerraba el paso. No podía llegar antes, ellos ya estaba allí. De hecho no podría estar aquí contado esto de no haber asumido que la determinación, la rabia y la velocidad no eran suficientes. Antes de que me rompieran la crisma de forma definitiva, o algo peor: mi incombustible amor propio -al que lograron dejar bastante maltrecho-, decidí que había algo confuso que me impedía descollar los deportes de contacto e inicié una prometedora carrera en el tenis.

Con el rugby amplié mi preparación para los asuntos de la vida y aprendí que huir de los problemas, o esquivarlos -aunque seas el más rápido- no los aleja de uno en realidad y terminan por aparecer agigantados.

Aquello del tenis parecía un gran hallazgo. Había una red entre los jugadores y eso dificultaba que me descalabrara algún desalmado. En aquellos tiempos además, se pedía perdón cuando uno ganaba un punto de forma poco elogiable, cuando la bola daba en la red, o el otro se caía, cosas de esas. Rápidamente me hice una idea del propósito del juego, se trataba de devolver la bola, pero no a tontas y locas, no, sólo al tipo que te la había tirado. No parecía complicado. Además era una actividad que me permitía emplear las habilidades deportivas en las que ya estaba holgadamente entrenado: corría a lo largo de la pista como un poseso, sabía de la importancia de estar en el sitio adecuado, no daba una pelota por perdida y jugaba dando raquetazos con rabia y determinación. Yo lo veía así: cada bola es un problema, se trata de que el problema esté del otro lado de la red.

Decían que tenía un drive que prometía. No lo voy a discutir, pero mi saque era demasiado paralelo y en consecuencia lento. Con el tenis aprendí a ser cínico pidiendo perdón cuando el cuerpo me pedía saltar con los brazos abiertos gritando alborozado ¡Toma, toma y toma!. También aprendí que no siempre se podía uno deshacer de los problemas devolviéndolos al que te los provoca, porque a veces vuelven a uno en peores condiciones.

Al llegar a la universidad me inicié en la esgrima. Buscaba un deporte que me aportara unas características adicionales que supuse que necesitaba para llegar a ser el hombre de provecho que se esperaba de mí: agresividad, flexibilidad y prudencia.

Para que el punto sea válido en un combate a florete sólo se puede tocar el torso del contrario. No vale la espalda, cabeza o miembros. Afortunadamente todos los floretes tienen el mismo tamaño así que, entre dos tiradores en guardia, aquel con menos masa corporal ofrece menos blanco. Yo tenía muy buena guardia, normal, a mi la cazoleta me tapaba la mitad del cuerpo. Se trataba de esperar mi oportunidad y lanzar un ataque con todo lo que ya había aprendido: situarme adecuadamente, moverme con rapidez y esquivar los peligros. Quizás por ello llegué a ser campeón universitario.

Aunque por decir toda la verdad lo cierto es que gané por incomparecencia de la estrella del equipo contrario. La cosa transcurrió así mas o menos: La tarde antes del combate fuimos convocados todos los equipos por mi entrenador al palacio de deportes donde se celebraría la prueba. Para conocernos y conocer el recinto. Mi entrenador, un sevillano astuto y divertido, engatusó a todos los presentes y se los llevó a un sitio que conocía que estaba allí mismo, justo al lado. Se gastó la mitad del presupuesto en invitar a los visitantes y se pasaron con las cervezas, claro. Al día siguiente el favorito, un tirador catalán, un deportista normalmente abstemio, no presentaba su mejor aspecto, del amarillo pasó al verde hasta que vomitó y el resto de la poule estaba para pocos saltos.

La esgrima me sirvió para aprender que hay veces en las que ser el mejor en algo no es suficiente. Hay que contar con las circunstancias.

Mi siguiente deporte fue el paracaidismo. La escuela de paracaidismo estaba en Tablada, justo al lado de Pineda en el Real Aeroclub de Sevilla. Pineda era un club privado requetepijo donde bebían Coca-Cola detrás de unas imprescindibles Ray-Ban unas chicas especialmente dotadas por la caprichosa naturaleza para la exacerbación hormonal de los sujetos del sexo opuesto. Acceder a Pineda era imposible para un forastero, pero alguno hubo que a riesgo de descalabrarse aprovechó un convenio entre sociedades presuntamente deportivas para conseguirlo. Quiero decir que no me acerqué al paracaidismo porque me pareciera un deporte que tuviera un montón de particularidades ocultas y beneficiosas que sería conveniente aprender para hacer de mi un hombre de provecho. “Las beneficiosas” estaban a la vista y lo que más me interesaba era aprender a beneficiármelas. Así que me apunté a paracaidismo para poder entrar en Pineda. No vamos a engañarnos.

Para saltar había que someterse a una preparación previa. Para ello nos hacían meternos en unos monos verdes llenos de bolsillos y cremalleras y un casco. Con ello puesto aprendimos a revolcarnos por el suelo agarrándonos las piernas y a levantarnos inmediatamente. Se supone que para no enredarnos con el paracaídas. Una vez dominada la técnica a ras del suelo, empezamos a saltar desde un metro más o menos y, más tarde, colgados en un arnés, nos tirábamos de una especie de trampolín que tenía unos contrapesos. Al llegar al suelo siempre había que rodar, agarrarse las piernas y levantarse rápido.

Mi bautismo del aire no fue lo que se dice brillante. Nos subieron a un avión, un Casa 352 que tenía la chapa ondulada, como los viejos 2CV. Era exactamente como un Junker de la Segunda Guerra Mundial, pero fabricado con el aluminio que había en la España de la posguerra. Dentro del aparato aquel no se estaba mal, si exceptuamos que había que sentarse en una cincha de cuero, que el bicho se movía y crujía hasta con los motores apagados y que olía a keroseno, a humo y a cuero viejo. Vibraba cuando despegaba, los motores petardeaban y ya en vuelo seguía vibrando aún más si cabe.

El plan consistía en subir a 900 metros y luego lanzarse. Dicho así parece fácil, pero no, novecientos metros es casi un kilómetro y se tardaban unos 10 minutos en tomar altura. En esos diez minutos tienes tiempo de reír, de bromear, de fumar un par de cigarrillos, porque entonces se podía fumar hasta en los aviones, y tienes tiempo de sobra para recordar, con el afecto que en esos momentos crees que merece, a la madre que parió al que se le ocurrió la feliz idea del paracaidismo deportivo.

Manolo era nuestro monitor y los alumnos éramos una docena de universitarios a los que nos habían engañado nuestros instintos. Ya sabéis, lo de las “beneficiosas” aquellas de las que hablaba antes.
Quizás fuera por casualidad, quizás la mala suerte, el caso es que el día de nuestro primer salto Manolo se olvidó de dejar la puerta abierta, quiero decir la escotilla por donde había que tirarse. Normalmente va cerrada, pero cuando el vuelo es por asuntos paracaidistas se suele dejar abierta para que las víctimas vayan viendo como se alejan del suelo y sientan el viento y el ruido desde el principio y vaya todo poco a poco. Pero se le olvidó y cuando la abrió se lió una buena. Los aviones entonces no tenían la cabina presurizada y se podían abrir las escotillas sin que sucedieran las catástrofes que ahora se ven en las películas. Bueno, pues a pesar de ello cuando la abrió entró un ruido espantoso, como si…, bueno mucho ruido y ya está. Además con el ruido entraron también un viento tremendo y el humo de los no se cuantos mil cilindros que tenían los motores aquellos. Nos quedamos todos paralizados mirándonos. En eso estábamos, en hacer de estatuas, cuando Manolo se puso a darnos voces. No por nada, sino porque era la única manera de que pudiéramos entenderle con tanto ruido de viento y de motores. Y claro, al verlo de repente dando voces, con el ruido y todo eso, cundió el pánico.

Yo me agarré a un tubo, qué digo me agarré, abracé el tubo con avaricia y me aferré con las pestañas a las aristas del fuselaje mientras chupaba -para hacer ventosa- la chapa. Mientras, las orejas hacían lo posible para salir por debajo de la guarda del casco y asirse a cualquier cosa. Manolo dando grandes voces trataba de explicarnos lo que habríamos de hacer a continuación. Pero era demasiado tarde. Alfonso, un hombretón capaz de derribar un chozo de un sopapo, estaba tirado en el suelo tratando de meterse entre el entramado de cinchas que hacía las veces de asiento; y Luis, un sevillano de esos tan graciosos, que siempre tienen un chiste para cada ocasión, pues para esta ocasión no encontró el chiste y estaba en el suelo metiendo los pies por los agujeros de la estructura, hubo quien se metió en la cabina y se ató a un asiento. Quini, que era de Tetuán, se puso a buscar la Meca de rodillas en mitad del aparato, y el resto de la tropa fue capaz de correr por el interior de aquel trasto buscando un lugar en el que sentirse a salvo.

Juanjo era un sujeto alto, desgarbado y con gafas que llevábamos a todos los sitios, porque si tenía que pasar algo, ese algo le pasaba siempre a Juanjo. El resto -ya digo- podíamos estar tranquilos porque Juanjo era como un sumidero de percances, era nuestro talismán, ese que se caía de la bici, al que le picaba la avispa, el que acababa en el charco. A lo que iba, Juanjo tropezó con Quini que, incapaz de orientarse, abandonó la postura de oración aunque permanecía en el suelo, abrazado a sus piernas, tal como nos habían enseñado y mordiendo la correa del casco, esto por cuenta propia. El pobre Juanjo trastabilló y trató de agarrarse a algo y, aunque Manolo dio un salto e hizo ademán de agarrarlo, la realidad es que llegó tarde y todos pudimos ver su cara de espanto. Algunos se abrazaron. Yo tenía los brazos ocupados agarrándome a todo lo que estuviera a mi alrededor y tuviera pinta de estar firmemente sujeto a la estructura del avión. Juanjo se volvió en el aire y extendió las manos tratando de asirse a lo que fuera, pero fue en vano. Cayó al suelo, salió rodando tratando de aferrarse a algo y se coló por la escotilla. Nos quedamos todos paralizados.

Podíamos haber seguido gritando como locos, pero no. Nos quedamos en silencio. Luego, Luís, el sevillano gracioso, se levantó y dijo:

– ¡Mirad, por allí va Juanjo!

La verdad es que no teníamos muchas ganas de verlo cayendo por el espacio, pero Luís insistía:

-¡Mirad cómo vuela el tío!

Eso ya no me gustó. Me parecía de mal gusto y cuando me disponía a darle un discurso sobre la pertinencia de ciertas muestras de humor ante las tragedias humanas, algo trascendente y medular, del tipo: “No te pases”, en ese instante, digo, Quini, que se había levantado no todo lo rápido que nos habían enseñado, también lo vio y dijo:

-¡La hostia!

Sí, sí, dijo: “La hostia”, podía haber utilizado cualquier interjección, algo como: ¡Vaya! o ¡Caramba! Pero, no. Tenía que ser la hostia.

Alfonso, que también se asomó por la ventanilla dijo:

-¡Es verdad! ¡Va volando!

Manolo trató de explicarnos a grito pelado que si no saltábamos en ese momento, no lo haríamos nunca. Lo cierto es que no estuvo muy atinado. La afición al paracaidismo se nos había esfumado en cuanto abrió la escotilla, aquella puerta abierta al abismo, aquel agujero negro que se había tragado a Juanjo. Manolo no sabía que, después de ver su cara y sobre todo la de Juanjo cuando resbalaba por el suelo hacia la escotilla, cualquiera de nosotros hubiera firmado allí mismo a sangre y fuego que no saltaría nunca en paracaídas y además lo habríamos hecho encantados.

Entonces, relajando un poco la tensión con la que me mantenía aferrado, me atreví a mirar por la ventanilla más próxima y pude ver como caía Juanjo. Lentamente, porque todos teníamos la anilla del paracaídas enganchada a una barra. Desde arriba se veía un círculo blanco meciéndose suavemente en el aire.

Juanjo fue el único que saltó. La verdad es que su paracaídas se abrió con normalidad y todos pudimos comprobar cómo se deslizaba lentamente hacia abajo.

Manolo trató de convencernos y se dirigió a cada uno de nosotros por su nombre y nos arengó, nos sedujo, nos intimidó, nos amenazó hasta que Alfonso le dijo que se callara de una puta vez si no quería que le soltara un sopapo.

Con el paracaidismo tenía que haber aprendido a prepararme para las caídas, a caer sin perder el control, a levantarme rápido cuando has caído y a no tirarme al vacío sin protección. Digamos que asimilé la teoría, pero que no encontré la ocasión propicia para decantar los conocimientos.

Tampoco me retiré con todos los honores de este peculiar deporte pero a cambio aprendí que no hay que confundir los objetivos y que la retirada puede ser una buena opción en determinados casos.

Después de tantos patinazos, Dios sabe lo que hubiera sido de mí esquiando.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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