Buona battuta

urraca
Por Jgfed.

Nos da ella la noticia (lo ha oído en la radio): un elefante ha matado a el cazador de elefantes más conocido del mundo. Estaba disparando a sus crías y la elefanta ha arremetido contra él, le ha herido con los colmillos, hecha una furia. Unos compañeros cazadores han empezado a disparar a la elefanta para tratar de salvarle la vida al cazador, han conseguido derribarla, ha caído encima del cazador que ha muerto con las heridas de los colmillos de la elefanta y aplastado por su peso.
Yo me alegro de que haya muerto, justicia ciega, ha dicho.
También ha oído en la radio que se daba la circunstancia de que el mejor amigo de este cazador, cazador experto el mismo, especializado en cocodrilos y serpientes grandes, estaba desaparecido hace dos meses.
—Acababa de aparecer (por lo visto) dentro del estómago —sus restos— de un cocodrilo.
Remarca que era un cazador sin escrúpulos.
—Vosotros ¿os alegráis de su muerte?
Se hacía un silencio (era la segunda vez que lo preguntaba) y una persona ingeniosa dijo que ella se entristecía de su vida. Bueno, se ponía triste por pensar en la vida de ese cazador de elefantes. En la vida horrorosa que ha llevado.
—Lo normal será legislar sobre la caza de elefantes, de sus crías. Lo que has contado es poco creíble.
Como si no hubiera dicho nada, como el que oye llover, no me han hecho ni caso y han cambiado de tema. Yo querría haber dicho que toda esa historia parecía arrastrarnos a desear la muerte de un cazador de elefantes y que de eso tendríamos que huir como de la peste.
Ahora opino que los mayores fabuladores pueden ser amantes de los animales, sin escrúpulo intelectual. Como uno que leyera a un Esopo, a lo que quede de él, o alguien abrumado por Walt Disney.

(Fabular) Me voy a cruzar con una persona que produce incomodidad por su manera de andar, lo estoy viendo y justo después de cruzarnos caigo en la cuenta de la razón: llevaba dos zapatos derechos.
Sigo paseando, llego hasta una zapatería en la que hay un policía. Un hombre se ha probado muchos zapatos y se ha llevado dos zapatos iguales (del mismo modelo) del mismo pie.
—¿De distinto número?
—No, del mismo.
Por supuesto me hubiera gustado conocer los detalles pero la resolución del caso —no fui consciente en honor a la verdad de la razón que producía la incomodidad de verlo andar tan rápido y serio hasta pasar por la zapatería (es posible entonces que sin resolución no hubiera habido caso)— pondría de buen humor a cualquiera.

Alfonso (11 años) está llorando en el jardín de la urbanización (más de 3500 m2). Su madre nos lo dice: ahí está enfrente, llorando. Ha encontrado una cría de urraca herida (no vuela), asediada por un gato. Él y su amigo han evitado la muerte de la pequeña urraca y la han metido en una caja de zapatos. La madre del amigo ha dicho que no se la podía llevar su hijo. Tiene prohibido llevar animales a casa. Tú tampoco puedes, Alfonso. Ha dejado encajada la caja con la cría y comida a media altura en un árbol. Ha subido llorando, con la cara ya hinchada. Se ha hablado de merienda cena, de pollos, incluso de pollo kentucky.
—Yo no como urracas.
Los gatos comen pájaros, mi gata cuando yo tenía tu edad nos traía pájaros y ratas muertos. Un perro puede destrozar a un gato, yo he visto gatos destripados por perros.
—Mejor, odio a los gatos.
El hijo del vecino es un poco tonto (18 años), le ha espetado que hay que respetar la cadena alimenticia, riéndose, pensando quizás en conocimiento del medio. Qué quieres, ¿interrumpirla…?
—No vuela porque aún no sabe, no porque esté herido.
—No es verdad, cojea y tiene una herida.
Llora desconsolado.
Los animales no tienen reparos morales humanos. Creo que esa cría de urraca no puede recuperarse. También hemos visto crías de pájaro heridas que han sido devoradas por hormigas. Sí, cuando ya no podíamos hacer nada. Eso es aún más horrible. Un gato ataca al cuello y la mata al instante. Es normal y mejor que sientas compasión por la urraca, es peor el vecino riéndose.
Él mismo ha recordado las lágrimas que derramó cuando le hicimos abandonar en el amplio jardín a la lagartija que tuvo 2 días malherida y escondida en su cuarto.
—Me recuerda a la lagartija.
Le he dicho que las urracas comen lagartijas. Ha medio sonreído durante menos de un segundo.
Su madre le ha dicho que los pájaros traen enfermedades a las casas.

(Rota y descosida) Cree que imaginar la muerte de un ser querido le da ventajas. No le pillará por sorpresa y es poco probable prever semejante desgracia.

No le gusta el fútbol. La manada, la masa. ¡La masa! El fútbol es para adultos, como los anuncios de ropa interior en las marquesinas, que no son para rijosos ni calientapollas.
Calientapollas debe desaparecer. ¿Y rijoso? Rijoso es el que dice calientapollas. Ahora tontos y tontas hay muchos, formarían una masa.

Los niños dentro del orden deben disfrutar con naturalidad. La expresión no me molesta que tenga razón sino que me lo explique viene de la infancia.

(Repugnancias) Respeta su manera de ser, su idiosincrasia, su propio camino. Todos somos especiales. Yo no tomo tomate, cebolla, zanahoria, salchichas de Frankfurt, patata cocida, patata asada, guisantes, maíz en mazorca, espinacas con besamel… Ay, ¿qué nuevas cosas puede haber que no me gustarán? Tengo ya 20 años. Eso que voy a ver (entrecierro el ojo derecho, subo un poco la comisura izquierda) no me va a gustar.

El sexo es machista en un 78% de las veces. Hay un 22% de hombres a los que sus partenaires femeninos les introducen un dedo en el ojal durante el coito.

Recuerdo al niño por primera vez llorando sin lágrimas, mirando, y mirando frunciendo el ceño, meneando la cabeza, con dramatismo incomparable, y mirando, frunciendo y con gran drama, señalando con el dedo. Si yo pudiera ahora, 30, 40 años después… Qué sensación templadita.

Los visajes no mienten la verdad.

A la vuelta del colegio, mientras aparcaba, ha pedido ir a buscar a Max —la urraca—, ha ido a mirar.
—No está…
—¿Estaba la caja?
—No la dejé en la caja al final, no me dejó mamá.
—No hubiera podido salir sola a lo mejor.
—He soñado con Max. A la vuelta del colegio iba a mirar y estaba.
Hemos comido y se ha cambiado para ir a la piscina de la urbanización, en el club, con sus amigos.
A la vuelta me ha contado que la ha visto.
—¡He visto a Max! Estaba ahí y había dos gatos no muy lejos y no le hacían caso. Se habrá hecho amigo de los gatos.
—Qué bien Alfonso.
—Le he dejado unos trozos de plátano, me lo había terminado casi entero.
—Puede que fuera otra cría.
—No creo, no, no, era Max.
—Los gatos aquí están sobrealimentados.
Su madre le pregunta:
—¿De dónde has sacado el plátano?
—Lo cogí de la nevera. Se me olvidó tomarlo.

Cuenta S. D. en sus memorias el revuelo producido en el patio de su colegio cuando comunicó que entregaría un duro a todo condiscípulo que le diera 4 pesetas. Creo que es una manera de llegar por instinto (es posible de protagonismo y debilidad humorística) a la buena idea de sembrar el bien, hacerlo y sembrarlo. Se pagaría por hacer una broma también. Pero es mejor poder hacer bien a los demás.
Es fácil ver como un pequeño éxito envenena a un niño, que suele considerar hacer reír a los demás como lo mejor que se puede hacer. Hace demasiado el tonto a lo mejor, pagaría por ver a los demás riendo o contentos.
He dado un euro a un hombre en la puerta del supermercado y hace dos días di otro euro a una mujer a cambio de un pequeño paquete de clínex. He dejado también que una señora se me colara en el mismo supermercado y eso en cambio no ha estado bien, no tiene mucha importancia pero no volverá a pasar.
Es irrelevante que tú te sientas bien o mal, lo que importa es que sea un bien aunque modesto. Aunque fuera dar una de cada tres veces que te pidan, por ejemplo. A veces sienta mal porque hablaba por el móvil, cogió el dinero —las monedas son dinero— y siguió hablando. A la señora que se coló estuve a punto de darle un pequeño empujón cuando me hice mala sangre (y en cuestión de segundos, créame) pensando en el abuso indisimulable.
En general, en ocasiones, trato de no dar a lo que parezcan redes de mendicidad organizada.
Después he ido a comer a una casa de la hamburguesa ya que tenía en mi poder unos descuentos atractivos. Uno de ellos no conseguían hacerlo cierto, no funcionaba el código o algo semejante. Les he dicho, a un hombre y a la encargada que vino en su ayuda, una chica muy seria, que me cobraran el precio normal.
—Da igual.
Han seguido intentándolo y ya me ha dicho ella:
—¿Cobramos el precio normal?
—Sí.
—Gracias.
Se ha ido y le he pagado al hombre. Antes de que me dieran la bandeja ha vuelto la chica y me ha dado las monedas en mano, calientes, la diferencia entre lo pagado y la oferta. Sonreía con franqueza y yo también le he sonreído y le he dicho gracias.
Al llegar al coche y ver que habían aparcado al lado dejando innecesariamente una parte muy pegada, he girado teniendo que emplear más fuerza de la supuesta el espejo retrovisor en cuestión.
—Ah, me lo han girado por dejar mi coche demasiado pegado, la próxima vez pondré mayor atención.

Alfonso volvió de la piscina antes y solo porque su padre venía a recogerle. El amigo con el que se encontró a la urraca el día anterior no era de la urbanización sino del colegio, de su clase. Intercambiamos invitaciones con los padres. Cuando llegó el padre de Alfonso cogieron a la pequeña urraca del escondite en donde la dejó, le convenció, y fueron hasta la urbanización de su amigo. La urraca la tiene ahora Gonzalo escondida en su urbanización.
—Sí, es la misma, no puede volar casi, tiene el ala herida.

Habrá quien considere alto pedir y comer cisne en un restaurante.

La urraca se la encontró muerta 2 días después Gonzalo.
—No ha sido porque la hayamos cuidado mal sino porque estaba herida.

El lución es un reptil saurio de color gris, carece de extremidades y cuando se ve sorprendido pone tan rígido el cuerpo que se rompe con facilidad.

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