Longinos Mariño

 

longinos
Por Mortimer Gaussage.

Longinos Mariño, hombre sin encantos, gallego sin sorna, español sin furia y noble sin posibles, acabó en la administración colonial, Virreinato de la Nueva España, ejerciendo de relator de expedientes en Nueva Galicia, lo que hoy vienen siendo Nayarit y Jalisco. Longinos Mariño, pulcro, ordenado, meticuloso, diligente y memorioso desempeñó su labor aplicando a los indios con rigor de confesor las disposiciones que emanaban de Su Majestad el Rey, Su Excelencia el Virrey y Su Señoría el Gobernador, a quienes Dios guarde muchos años. Ordenancista y funcionarial no se le conoció infracción a sus deberes que torciera el brazo de la justicia engordando su bolsillo ni desliz en lo carnal, pecados ambos que, es sabido, dulcifican el carácter. La avaricia y la lujuria son, de los pecados que Dios puso a disposición del hombre, si morigeradamente ejercidos, los que más liman las aristas de mal temperamento que afligen a las almas solitarias. Longinos salía de casa persignándose para oír misa muy de mañana, volvía luego para desayunar haciendo sopas de pan en un plato grande de miel, y caminaba las tres manzanas desde su casa a la del Gobierno donde entraba persignándose, como si allí, en su feudo de legajos polvorientos, también caminara el mal con el mismo paso firme que en las calles salvajes de los confines del imperio. Aplicar la ley con todo su rigor, enderezando las inclinaciones naturales del hombre, es otra forma de hacer el mal si no hay esperanza de cambio. Longinos, con pulcra caligrafía, márgenes rectos, sellos en seco y razones fundadas en la letra y el espíritu de los decretos de Su Majestad, causaba dolores sin cuento a los súbditos de aquellas tierras, indómitos y prontos a zanjar las cuestiones más controvertidas arrimando la mano al sable. A Longinos Mariño aquella cosa leguleya le salía de natural y hubo quien pensó que enviarlo a aplicar decretos y ordenanzas con el rigor que de su letra se desprende era lo que procedía en aquellas tierras, por aquel entonces especialmente convulsas por la guerra de independencia que llevaba tiempo librándose. Los acontecimientos impidieron tan loable labor porque, pese a sus esfuerzos y los de otros, finalmente se acabó la Nueva España y empezó México. Si alguien se ha preguntado alguna vez por qué los mexicanos gritan, por qué empiezan sus canciones con un alarido, han de saber que por patriotismo desaforado puesto que así empezó ese país en 1810, con el llamado Grito de Dolores. El grito llevó a la guerra y la guerra a la independencia en 1821. A partir de ahí, con sus altibajos, todo han sido gritos y dolores en esos territorios de los que fue expulsado Longinos junto con muchos otros. Puesto en la tesitura de volver o avanzar se decidió por lo segundo y acabó, como cientos, quizá miles de funcionarios, sacerdotes y religiosos, en las Islas Filipinas, tierra aún más fiera y ayuna de leyes adecuadamente aplicadas en las que, sus lecturas racionalistas, afán ordenancista y buen juicio podrían ponerse a prueba y de ello resultar provecho para la Corona. Asentado en Manila descubrió con horror que en todos los expedientes a resolver los nombres de los tagalos se repetían. Sacerdotes y monjes recién llegados cristianaban a los salvajes con tal rapidez y en tan alto número que los pobres servidores de Dios agotaban los nombres y apellidos disponibles, que eran aquellos que recordaban de memoria. Es así que, un suponer, en una aldea en la que el cura era de Béjar la mitad de las hembras acababan llamándose María del Castañar y los hombres Jesús Salvador; si por casualidad fuera de Orihuela lo mismo acababa ocurriendo con María Montserrate y Jesús Nazareno. Cosas así, en esto hay que coincidir con Longinos, estando aún por inventar el DNI, interrumpen el curso de la justicia y la recta administración de un reino, y acaban los alguaciles deteniendo y los verdugos y sus vigoleros dando garrote a un indio por otro. Ante un yerro así es magro consuelo, si nos ponemos en la piel del indio, que se hallen bautizados porque si ganan el cielo pierden la tierra. Visto lo anterior Longinos manejó para que le fuera remitido un censo completo de la Villa de Madrid, capital del Reino, con la intención de darle variedad a los patronímicos. Estas cosas se demoran y dos años tardó en conseguir el padrón completo. Luego que lo hubo mandó hacer varias copias y despachó correspondencia de ellas a las distintas islas, cabildos, rectorías, alcaldías y destacamentos. A cada una el legajo correspondiente a una letra del alfabeto, cuidando que términos colindantes no recibieran la misma. De acuerdo con el plan, un suponer, todos los tagalos de la isla de Guimaras, capital Nueva Valencia, habrían de ser cristianados con apellidos de la letra V, lo cual simplificaría el archivo, identificaría en un litigio a simple vista la procedencia del reo y, en general, contribuiría a imponer un orden racional, sencillo y conocido a aquellas tierras aún tan salvajes. A la ciudad de Manila le tocó la M, a Mindoro la S, a Cataduanes la N y así. Eso llevó, por ejemplo, a que todos los indios de Bohol fuesen Llach, Llamazares, LLambi, LLambias, Llambrich, Llanos, Llansola, Llavarera, Llaudet, &cétera. El plan sobre el papel era perfecto; racionalista y sencillo; linneano en su afán de nombrar lo desconocido lógica y ordenadamente. La mala fortuna hizo que a la ciudad de Puerto Princesa, Isla de Palawan, fuera remitido el anexo final del padrón, aquel en el que constaban, por separado y a los efectos de exenciones tributarias, la nobleza y grandeza de España. De resultas, los indios canijos y montaraces de aquella comarca perdida, recién cristianos nuevos, acabaron todos con apellidos como Medinaceli y Bejarano, Osuna y Leyva, Sáenz de Tagle y Dos Sicilias, Vélez de Guevara y Alba, Medina-Sidonia y Sessa, Ponce de León y Quiñones y similares. Cuando el asunto trascendió causó enorme escándalo en la corte pero el daño estaba ya hecho. La mitad de la isla de Palawan estaba bautizada con los apellidos más nobles y blasonados de las dos castillas, los cristianísimos apellidos viejos de la reconquista. De resultas se produjeron graves discusiones parlamentarias, encendidos discursos en las muchas Ordenes de Caballería, informes de la Diputación de la Nobleza, cabildeos con ministros y pleitos y requisitorias de cese contra indios desconocidos en las Chancillerías de Valladolid, Granada, Manila y Madrid. La polvareda, que parecía imparable, se detuvo de pronto por la convulsa situación de la metrópoli, al producirse una nueva asonada militar. Longinos Mariño, hombre sin vicios, incapaz de entender la furia del soberbio agraviado, hubo de agradecer su libertad, y quizá hasta la vida y hacienda, al General Torrijos que desembarcando en Málaga distrajo la atención de los muchos agraviados de una amenaza lejana y abstracta al honor a otra cercana y concreta al estatus. El viajero que, curioso, se acerque a Puerto Princesa, podrá constatar la evidente huella colonial que Longinos Mariño, oscuro y olvidado funcionario sin méritos, sin encantos, sin posibles y posiblemente algo aspèrger, contribuyó a dejar entrando en la Fontanería Medina-Sidonia, justo enfrente del galpón en el que Manuel Ponce de León Dos Sicilias repara pinchazos.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓