Ay, qué dolor

ayayay
Por Álvaro Quintana.

(A M(d)C)

El arte nace de la desgracia propia –o, con suerte, ajena. Homero dedica miles de versos a dibujar cada detalle de las circunstancias en que Aquiles se engoriló por perder a su novio. Todo el libro de Job (todo el Antiguo Testamento, más bien) es una morosa sucesión de calamidades que daría para varios meses de programa radiofónico de madrugada. En el mundo árabe y en Provenza surgieron movimientos literarios que glorificaban a la mujer que dejaba al pretendiente prieto y cargado de deseo.

Hace tiempo pasé por una etapa en que me costaba escribir; hasta el del banco me llamó la atención porque mi firma no se parecía a la del DNI, mientras yo comparaba ambas e intentaba hallar a un astuto falsificador en la cara de pardillo que tengo en la foto. Una noche volvía a casa después de una cena larga en vino y generosa en licor y me tropecé al subir a la acera. Creo que intenté levantar el pie opuesto al necesario, o tal vez no levanté ningún pie. Ni siquiera estoy seguro de que hubiese acera. El caso es que olvidé el consejo que solemos dar a los niños (poner las manos delante) y aterricé con el morro. El golpe fue seco, solemne, notarial. La nariz se adelantó con valentía y recibió el grueso del topetazo. Tras desechar la idea de acercarme a casa rodando de lado, me incorporé con la mano en la cara y sintiendo que un líquido caliente me bajaba por el brazo. Amanecí con más sangre en la cama que el musulmán que sube al cielo y no sabe racionarse las vírgenes. Por si fuera poco, había tocado todo lo que encontré a mi paso en paredes, muebles o suelo, pintando una escena digna de una exposición de museo provincial o de un sótano de Ciudad Juárez. Y aunque mi talante de las siguientes semanas no puede calificarse de festivo, escribí. De las caídas reales y figuradas nacen los planes de venganza a lo Edmond Dantès, las llamadas a una chica a las tantas de la madrugada y la literatura.

Todo esto me lleva a pensar que el arte es una forma tan refinada de quejarse que incluso crea un público que pide más, algo insólito en el negociado de la pena por uno mismo. La exhibición del dolor busca testigos ávidos de un espectáculo de esa naturaleza, como una flor que se abre a los pájaros. Y tal vez el escritor caiga con gusto en la facilidad de describir el sufrimiento, asunto que por su propia naturaleza, dada al patetismo, permite un despliegue más abrumador de la paleta expresiva, antes que enfrentarse a la luminosa reverberación de la felicidad. Y además, ¿quién quiere ver la felicidad de los otros? Harían falta valor y un dominio titánico de la pluma para contagiar siquiera parte del entusiasmo de tales situaciones. Me gustaría tener el talento para pintar a mi amiga saliendo del paritorio con su hija en brazos, ese momento en el que sonrió y me preguntó “¿Por qué lloras?” y solo entonces me di cuenta de que estaba llorando. Para expresar lo que sentí una mañana en que comí distraído unas cerezas y me parecieron una fruta nueva, de una carnosidad abrumadora, ocultas a simple vista como la empollona de la película que se quita las gafas y la coleta, y me saltó entonces a los ojos la evidencia de que una mujer estaba ajustándome por dentro de tal manera que mis sentidos sintonizaban señales que antes solo eran ruido. Sería hermoso escribir de todo esto de la manera en que merece ser contado para que lo escrito concordase con lo mejor de lo vivido. Y para joder a los agoreros, un servicio público que nunca hay que descuidar.

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