Los hijos de mis amigos muertos

poya
Por Gómez.

Para Viejecita

Ayer volví a verlo.

Supongo que con 16 años era normal que aún nos comportáramos como unos críos, como dos chavales de la zona alta que aún se aferraban de alguna manera a su infancia. Quiero decir que los sábados y domingos por la tarde bajábamos al Barrio Chino a comprar unos canutos…

…e íbamos a fumárnoslos en las atracciones del Tibidabo como si todavía fuésemos niños.

Llegábamos a una de las peores calles del Raval –San Jerónimo– con nuestras flamantes motos y nuestra ropa de marca, tratando de hacernos los duros con aquellos peligrosos camellos callejeros. Debían de tomarnos por idiotas. Pero nunca tuvimos ningún problema. Siempre nos dieron aquello por lo que pagábamos.

Justo después de comprar el material, liábamos todos los porros en un parque cercano y los guardábamos en un paquete de tabaco. De ahí a las atracciones. Encendíamos uno en la noria, otro en las montañas rusas, en los autos de choque… Y así.

Eran unas tardes increíbles. Mágicas.

Nuestra atracción preferida era una especie de castillo del terror, llamada “La Casa de las Sorpresas”, que se recorría a pie. Una de las salas era un infierno simulado: un infierno con calderas, demonios e incluso un suelo de piedras ardientes, iluminado con luces rojas. La decoración merecía un diez… Nos gustaba escondernos en un rincón de aquel averno de cartón piedra a fumar y charlar… Nos gustaba aquel lugar, por encima de cualquier otro.

Supongo que en realidad nos ocultábamos todo el tiempo. Ni siquiera tengo muy claro de qué.

Poco después de aquellas tardes, me alisté en el ejército y ya nunca volví a andar por ahí con mi viejo amigo de la infancia. Tomamos caminos diferentes, y para siempre.

Al encontrármelo por casualidad, ayer mismo, después de veinte o quizá veinticinco años sin saber ni una palabra de él, no pude evitar que se me escapara un ¡Coño, estás vivo! que me salió del alma.

Y nos dimos un abrazo. Aunque auténtico, fue un abrazo algo torpe y desmañado, de gente no acostumbrada a darlos. Ya saben… Pero lo que cuenta, según dicen, es la intención.

La verdad, sí creía que estaba muerto. Era lo más lógico dado su extenso currículum. Se le veía algo cascado, pero servidor de ustedes también está muy lejos de ser ningún pichón.

Pero nada había podido con él. Es el superviviente por antonomasia, el Bear Grylls de la fiesta. El último tipo duro de la ciudad. Indestructible.

Nos conocemos desde el mismo parvulario. Cinco décadas ya. Vivíamos, por si fuera poco, en la misma calle, si bien no nos prestamos demasiada atención hasta que cumplimos quince años y empezamos a desmadrarnos.

Lo más destacable que recuerdo de él en nuestra etapa escolar fue, en octavo de EGB, cuando realizó una enorme pintada en una pared del pasillo con un espray:

“ESTOY HASTA LA POYA”, escribió.

Rápidamente avisaron a nuestro profesor. Éste se quedó mirando el grafiti con aire pensativo y, al instante, exclamó:

—Ha sido D…

Ni Poirot la habría clavado con más tino. D… era mi amigo y la i griega lo había delatado. Fue expulsado del colegio.

—¿Y tu mujer? —le pregunto. La última vez que lo había visto, en los 90, se acababa de casar.
—Murió –dice.
No añade nada a la información y yo tampoco le pregunto.

Fuimos a tomar un café. Durante más de una hora permanecí escuchando, embelesado, los diferentes avatares de una vida de película, avatares que incluían estancias en cárceles de países exóticos, granjas de desintoxicación (en España, Francia y Bélgica), detenciones y fugas rocambolescas, períodos de fortuna o historias que no puedo relatar ni aquí ni en ninguna otra parte.

Casi no abrí la boca en todo el tiempo.

La que más me gustó de todas sus historias fue una que le sucedió en la Venezuela de Chávez. Concretamente en Isla Margarita. Mi amigo pasó toda una noche en la habitación de su hotel, atisbando por la ventana cómo una patrulla de la policía secreta montaba guardia en un coche, a unos metros de la puerta, para detenerlo en cuanto intentara acceder al recinto. Lo que los policías ignoraban, claro, que, gracias a un oportuno soborno a un recepcionista, en realidad llevaba todo el día escondido dentro de su habitación y que, por tanto, su problema era el no poder salir mientras estuvieran por ahí. Permaneció escondido cerca de diez horas hasta que pudo huir.

Quién nos iba a decir cuando contemplábamos la ciudad iluminada a nuestros pies desde la noria del Tibidabo, hasta qué punto iban a complicarse las cosas.

—Tú sí que fuiste listo —me dice. Y sé a qué se refiere.

—No creas –digo.

Pero sí, supongo que lo fui.

Está prejubilado. Heredó, además, unas cuantas propiedades cuando murieron sus padres. Así que en la actualidad es una especie de rentista desocupado. Había dejado la mala vida hace apenas unos años. O sea, que con cincuenta largos todavía andaba metido en el asunto como un adolescente.

—¿Y con quién te ibas de juerga a los cincuenta? –le pregunto.
—Con los hijos de mis amigos muertos.

Hacemos una pausa en la conversación. Llegado este punto, ya no sé muy bien qué decir.

—¿Cómo se llamaba aquel tocadiscos que tenías en casa de tus padres?– pregunta.
—¿Mi tocadiscos…? Bettor –digo por fin, algo extrañado por la pregunta–. Bettor Dual.

No había pensado en ese tocadiscos durante los últimos cuarenta años.

Llega por fin la hora de marcharnos. Otro abrazo, tan torpe como el anterior…
—Cuídate mucho –le digo.
—Eso me dicen las enfermeras del ambulatorio –ríe–. Que me he de cuidar, que soy el último que queda vivo.
Lo miro alejarse. Y un pensamiento negro, sombrío, cruza por mi mente como un pájaro de mal agüero.
“No volveré a verlo”, me digo. Intento alejar la idea de mi cabeza, pero regresa de nuevo.
No volverás a verlo —repite la voz.
Espero que no sea así…
Sigo mirando cómo se aleja mi viejo amigo, y continúo con la vista fija allí incluso después de haberse perdido entre la gente.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓