Concierto de Juan Miguel Jarret

Jarre

Imagen: Posando junto a mi amigo Juan Miguel Jarret, que me regaló una elástica como la suya.

Por Satur.

Llegué a Spandau, que es como un pueblecico pegado a Berlín, y camino de la Ciudadela, donde iba a conciertar Juan Miguel Jarret, había personas pidiendo comprar entradas. Estuve tentado de vender la mía, porque llevo años sin escuchar sistemáticamente a Jarret y desconfiaba de su deriva tecnoelectrónica, pero al final me dije que ya que estaba allí podía darle una oportunidad. Menos mal, porque fue un conciertazo que le hubiera gustado mucho a Ximénez de Atlanta, conspicuo y propincuo lector de este magazine. Tras hacer la correspondiente cola, entré en el recinto ciudadélico y se me ofreció gratis un chupito de yogurmeister, que es una bebida de hierbas que se ha hecho famosa y con la que te coges unas ponzoñas del doce. Pues, hala, me la eché al coleto y me fui a una de las innúmeras barras a pedir cerveza y salchichas. La cosa prometía desde el principio y se cumplieron todas las expectativas excepto la de arrejuntarme con alguna o algunas fan de Jarret, y eso que yo iba sin exigencias, que lo mismo podía arrejuntarme cinco apasionados minutos que treinta años de calmado matrimonio.

Cuando se llenó el recinto me di cuenta de algo increíble: estaba rodeado de feos. Pero feos, feos. Muy feos. Horripilantes. Había hasta un tío con peluquín (¡e iba acompañado de su pareja!). Me deprimí un poco, porque me di cuenta de que Jarret es solo para nostálgicos feos, al menos en esta parte del mundo donde habito. En derrepente, un fulgurante chisporrotazo de mi intuición me hizo sacar el esmárfono, enchufar la cámara y mirarme en ese espejo. Tremenda revelación: soy feo. Hasta ese momento me consideraba, si no Brack Pint, sí resultón y atractivo. Pero no: soy feo, aunque sea un aburguesado nacido en Lugo y no un semihippit precomunista de Rostock. ¿Sería verdad, o solo una sensación producida por ósmosis medioambiental? No lo sé, porque no me atrevo a mirarme a un espejo desde entonces. Decidí ponerme las gafas de sol, aunque era de noche, a lo pinfloi total, para ver a Jarret y no ver a los feos.

A las 20:01 ya estaba el público protestando porque no había empezado el concierto, programado a las 20:00. Alemanes, macho. Salió entonces un diyei que vale, que pues que muy bien, que pues que de acuerdo. Escrachin, escrachin, lo de siempre. Y algo más tarde, por fin, Juan Miguel Jarret, que parece conservado en formol (tuvo una época chunga, donde se dejó unos pelos como de vecina excéntrica del 2º 4ª, pero ya pasó).

El escenario tenía dos cortinas laterales de luces que permitían ver a los músicos detrás, pero que también eran unas pantallas donde aparecían las imágenes jarrescas habituales, que molan cantiduvi. De los clásicos tocó solamente tres canciones: Osísen 2 y 4, y el Equinos 7. Dio varios discursos y tocó una canción dedicada a Snowden que a mí me gustó, aunque a lo mejor la escucho sin yogurmeister y salgo corriendo. A mí esto de que los músicos hablen de política en el escenario me parece muy bien, pero resulta que todos dicen lo mismo. Ay, la mala conciencia de estar forraos de pasta y de que al abrir el bocata de chorizo para merendar en el camerino encuentres escondidas entre el pan a dos gruppits en pelotas…

Del resto de temas, me quedo con la Times Maxime. El resto, muy flipante, me encantó, pero eché de menos el Revolutions, que podría ser una canción muy actual para ciscarse en los islamistas. Puestos a hablar de política… En cualquier caso, y centrándonos en el espectáculo, hay que decir que Jarret es un genio audiovisual, y en una canción se puso unas gafas con cámara y las pantallas retransmitían su visión tocando y lo flipé en colores. El arpa láser me la puso como un láser y aquello fue lo más. Al final, fuegos artificiales preciosos. Los contemplé en un lateral, donde vi la enternecedora escena de un padre con su hijo, ambos con las elásticas de Jarret y el chaval con un libro de fotografías de los conciertos. Y también vi a dos mozas muy guapas (las únicas guapas en trescientos metros a la redonda en un espacio con setecientas personas por centímetro cuadrado), una de ellas probablemente la mujer más guapa del mundo. Era un mamífero no caucásico, tirando a subsahariano pero sin ser africano, quizá afroamericano, pero tampoco sé. Estaba sola, pero no quise entrarla por si me golía el aliento a yogurmeister y cerveza y porque soy feo y porque yo no sé decir que no, pero la peña no para.

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