Cortar por lo sano (Director’s Cut)

Cortar por lo sanoPor Bonnie

Ya había amanecido cuando llegamos a la finca. No había sido fácil encontrar el camino, porque ninguno de los dos éramos de allí y apenas conocíamos la zona.

Era verano. Verano extremeño, en un pueblo de la Cáceres profunda, allá por finales de los noventa. Aparcamos el coche en la puerta y abrimos la cancela. Nos citábamos con los ganaderos pronto, porque trabajar a partir del mediodía se hace muy duro en verano (el sol quema la piel aunque te hayas puesto doce capas de pantalla total), y porque a los ganaderos les gusta madrugar y hacerte madrugar, para acabar rápido y dedicarse a otra cosa mariposa.

Ese día nos tocaba sanear un rebaño de vacas rústicas, o recias, que las llamaban. La vaca recia es una mezcla de varios tipos de razas de vacas de carne. Se crían para producir terneros que se llevan a cebar. No es una vaca dócil ni está acostumbrada a la presencia de gente, como puede ser una vaca frisona, de leche. El dueño no estaba, pero sí que se presentó el capataz, al que en el pueblo llamaban “El Hemaforito”.

El Hemaforito era un tipo peculiar. Que se supiera, nunca había salido de aquella finca. No sabíamos su verdadero nombre, ni si había nacido macho o hembra, así que cuando llegó el momento de elegir (él, o ella, que pudo) eligió la opción macho.

Muy macho, macho lo que se dice macho, no era, porque tenía un cuerpo de morfología gallinácea. A primera vista recordaba a esas cantantes gordas de la ópera, orondas y gritonas, que hacen muecas y aspavientos cuando cantan. En su cara apenas asomaban cuatro pelillos mal puestos en la barba, y cojeaba de una pierna, por lo que se balanceaba como un tentetieso, uno de esos muñecos que les pegas una y otra vez y no se caen. Apenas se había aseado y su aspecto era descuidado y sudoroso… vamos, que pinta de Don Draper precisamente no tenía, ni en el sombrero.

En la zona corría el rumor de que el Hemaforito era el “favorito” del dueño de la finca. Un potentado venido a menos, no en fortuna, sino en años, que dejaba que el Hemaforito se encargara de todo lo referente a la finca y a sus servicios personales.

Cuando llegamos, el Hemaforito ya había metido a unas cuantas vacas en la manga, así que cuando tuvimos todo el chiringuito montado empezamos a trabajar. Yo me encargaba de sangrar a los animales y mi compañero, pelaba y tuberculinizaba. Para eso, primero había que encerrar a la vaca en el cepo de la manga, para que no se moviese, y así poder hacerlo todo sin recibir cornadas, patadas y demás embestidas que emplean las vacas para putear a los veterinarios. A las vacas recias, que siempre están en libertad, no les gusta meterse en la manga, por lo que cuando les toca, están siempre de muy mala leche y queriendo escapar.

De abrir y cerrar el cepo se encargaba el Hemaforito, que era el que tenía más experiencia en el tema.

Cuando la primera vaca estuvo metida en el cepo, cada uno se colocó en su lugar. Mi compañero, en la zona de la cabeza para pelar las tablas del cuello, yo, a los cuartos traseros, porque la sangre se extrae de una de las venas del rabo. (Y no, no sean malpensados, he dicho vacas).

Todo iba según lo previsto, el ritmo era bueno y ya habían pasado unas cuantas vacas por la manga. Hasta que llegó una vaca más grande que el resto. Le costó entrar en el cepo pero entró a regañadientes y ocupando todo el espacio. La vaca estaba incómoda y mugía todo el rato, así que cuando terminamos la labor le dijimos a Hemaforito que abriera el cepo. El problema fue que al animal le costó salir más de lo normal y que Hemaforito cerró el cepo antes de la cuenta, pillando los ijares de la vaca, lo que no le permitía avanzar ni retroceder.

La vaca no paraba de moverse, y al pillarle esa zona, todo el peso y presión de los preestómagos cayó sobre los pulmones y el corazón, por lo que la vaca empezó a asfixiarse. El Hemaforito, al darse cuenta de la que había preparado, intentó abrir el cepo, pero no hubo manera humana de hacerlo. La vaca murió en un momento, de parada cardiorespiratoria, que es como dicen los entendidos que se muere en esas situaciones.

Así que ahí nos quedamos los tres viendo a la vaca agonizar, atrapada en el cepo, sin poder hacer nada. El resto de vacas, testigas de Jehová, esperaban su turno en la manga, nerviosas y oliendo la muerte de su compañera.

No podíamos mover a la vaca entre los tres, así que el Hemaforito fue en busca de su tractor para poder engancharla y, tirando del animal, sacarla del cepo y de la manga para que pudiéramos seguir con el trabajo. Tampoco hubo manera. La vaca estaba tan gorda que no se soltaba del cepo ni usando el tractor. Así que el Hemaforito se bajó del tractor y volvió al cobertizo donde guardaba los aperos.

Nosotros no sabíamos que hacer. A mí, como rubia que soy, se me ocurrió llamar a la Guardia Civil, pero luego me acordé de que eso no es de su incumbencia y lo dejé pasar.

En esto que divisé a una figura oronda que venía hacia nosotros cojeando y corriendo. Traía unos sacos de pienso de vaca atados con una cuerda a la cintura a modo de mandil, una careta de soplete en la cabeza, unos guantes y… ¡una motosierra!. Cuando la puso en marcha, supe al instante lo que sienten las rubias en las películas de terror y eché a correr, que es lo que se supone que hacen las rubias en estas situaciones. Él gritó algo que ni quise entender y mi compañero, que tenía dos dedos de frente más que yo, me alcanzó y me recordó que era el Hemaforito.

El Hemaforito blandió la motosierra y empezó a cortar la vaca a la altura de la cadera, por delante del cepo. Era como en una película de terror. La sangre y el contenido de los estómagos salían disparados, a la vez que todo se quemaba con el calor de la motosierra. El sonido y el olor a carne y hueso quemado hacía que las vacas mugieran asustadas y recularan. Y mientras, el Hemaforito corta que te corta, a lo Leatherface. Cuando se quitó la careta no mostraba ningún tipo de gesto de dolor, ni de asco, ni de pena. Tampoco había ningún gesto de disfrute en su rostro, sólo el de un profesional que hacía su trabajo.

Mi compañero tuvo que ir detrás de una encina a vomitar, mientras yo me quedé impasible viendo como descoyuntaba al animal, como cuando observaba el despiece en el matadero. No sentí nada. Ni siquiera pena, ni siquiera el pudor de ser una espectadora de algo tan horrible.

Cuando terminó, el tercio posterior se separó del resto anterior y ya despejado el cepo, el Hemaforito se fue a por el tractor que había quedado lleno de restos de fluidos, de vísceras y de carne. Tuvo que usar la motosierra de nuevo para cortar el tercio posterior, que se había quedado enganchado en el cepo, para sacarlo entre los espacios de la manga. Después apartamos los restos del animal y con una manguera limpiamos todo como pudimos. Había que terminar el trabajo, pero las vacas no querían entrar en el cepo, olían la muerte y los restos quemados.

Al olor del cadáver empezaron a sobrevolarnos los buitres carroñeros de la canción de Extremoduro, y la cosa se puso fea, fea. El Hemaforito Leatherface, hombre de recursos, sacó una escopeta del cobertizo, y sin decir nada comenzó a disparar al aire tiros a diestro y siniestro. Yo, al escuchar los tiros, eché de nuevo a correr (debe de ser mi instinto de supervivencia) y me escondí detrás de la encina donde había vomitado mi compañero, muerta de miedo.

Cuando dejó de pegar tiros, salí de mi escondite y el Hemaforito, escopeta en mano, nos gritó que empezáramos a sangrar de nuevo, que se iba a echar la tarde y que teníamos que terminar cuanto antes, que tenía muchas cosas que hacer.

Así continuó aquella bucólica escena de la Extremadura profunda: buitres, un cadáver bovino de cuerpo presente, el Hemaforito pegando tiros con la escopeta, y nosotros sacando sangre y pelando a las vacas.

Cuando terminamos, el Hemaforito llamó al servicio de recogida de cadáveres y mientras le hacíamos los papeles, nos sacó una botella de licor de bellota que nos bebimos entre los dos. Y así, medio borrachos, montamos en el coche y nos fuimos, todo el camino de vuelta riéndonos por culpa del licor. Recuerdo que subí las escaleras de casa haciendo eses y que, borracha perdida, me metí en la ducha para quitarme el olor y la experiencia de encima. El olor se fue, pero… ¡joder, vaya movida más punki!

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