Joyero bibliográfico: Gente del 98

EL98
por Ricardo López Bella.

GENTE DEL 98, de Ricardo Baroja Nessi.

La alegría embarga mi corazón y no ha lugar en él para cualquier otro sentimiento ante la gozosa oportunidad de comentar lo que para mi muy modesto entender es algo más que un libro: se trata de un joyero documental en el que se muestra mediante semblanzas, anécdotas, vivencias y episodios de variada índole, el carácter y personalidad de algunos de los mas célebres, otros no tan célebres, y algún olvidado de los componentes de la “generación del 98” y una visión de conjunto de la misma, la precursora de lo que bien pudiera haber sido un nuevo siglo de oro de la literatura patria, sumada a la otra gran generación posterior, la del 27 y que, a causa de la Guerra Civil Española y la triunfante y aniquiladora dictadura fascista acortó a poco menos de cuatro décadas y arrojó sobre algunos miembros de ambas generaciones el plomo asesino, el venenoso exilio y el abrasante viento del olvido.

Su autor, el mayor de los hermanos Baroja, luce en estas, como en otras líneas, una prosa digna de considerarse a la altura de las mejores páginas de la literatura de cualquier época. Gracias a la claridad de ideas y del ritmo narrativo, eleva simples anécdotas a relato costumbrista, sentimental, humorístico o trágico, sin una palabra o frase de más que cargue, en ningún caso, las tintas. Añade unas luminosas pinceladas de casticismo y visto todo lo anterior, bien se podría decir que si escribía como hablaba y pintaba como escribía, el dominio de las tres artes lo sitúan en la categoría de intelectual de primera fila y en letras mayúsculas.

Estas magistrales páginas bien pudieran provocar que se diera en el lector no iniciado o desconocedor de la “generación del 98” el proceso inverso que sugiere el a veces muy recomendable consejo, sobretodo en la actualidad, que dicta que es mejor no saber nada de la vida de los autores de nuestros libros favoritos.

Para justificar tal sugerencia, hay que decir que el comportamiento grupal de esta “gente del 98”, es calificable con claridad meridiana y en algunas ocasiones como atorrante, cuasi delictivo: lo mismo organizan un falso duelo a sable para quitarse de encima y de una vez por todas a un pésimo dramaturgo, empeñado en leerles su última plúmbea obra, que se suman espontáneamente a reventar la representación de una obra de teatro con el tradicional método del pateo, hecho que acabará con el grupo en la Prevención; y de tal manera aburren al Juez de Guardia con sus declaraciones, que este se los quita de encima con la imposición de una multa que ninguno piensa pagar y a tiempo de seguir provocando más disparates.

Semejante tropa tenía como guías espirituales o inductores del delito, según se tratara el asunto, a Jacinto Benavente, bebedor compulsivo de consumiciones ajenas en cuanto el compañero de tertulia del café la perdía de vista -no se habla de alcohol- y a Valle-Inclán, que en esa misma tertulia y con toda solemnidad, no tenía inconveniente en dar una clase magistral de esgrima (con bastón) poniendo en peligro su propia integridad y la de cualquier otro asistente, ya fuera o no contertulio.

La misma solemnidad le inducía a exigir ser inscrito en cada visita forzada a la Prevención, y no fueron pocas, como Coronel-General de los Países Cálidos o por compañerismo “confesar” el asesinato por envenenamiento y unas onzas de oro de una tía propia.

José Martínez Ruiz “Azorín” no se queda a la zaga en descacharrante protagonismo y principia su carrera con algo más que el respeto de los críticos y no tanto por la calidad de sus escritos: siguió el irresponsable consejo, dado de forma despreocupada por el propio autor y amigo, el cual le sugiere liarse a puñetazos con todos aquellos que hubieran expresado desacuerdo con su naciente obra. Media tarde le bastó al alicantino para despachar un crítico literario y un director de diario.

“Un aguaducho en la calle de los Reyes” (capítulo XVI) es la culminación del comportamiento anteriormente descrito como atorrante. Una auténtica fiesta de la barbaridad premeditada, la gran pieza del antedicho joyero. Imperdonable para mí y este escrito desvelar dato alguno. ¡A leer!

La excursión que Ricardo y Pío Baroja emprenden con Ciro Bayo hacia el Monasterio de Yuste, es capítulo citado en todo o en parte por los inexplicablemente escasos estudiosos que han tratado la figura de tan exquisito autor que, paradójicamente, odiaba a los escritores y que tan solo por la autoría de Lazarillo español merece la consideración de genio.

Otro capítulo hace de Ricardo Baroja notario del célebre ascenso de Anita Delgado “sosa” y “mecánica” bailarina a maharaní de Kapurtala, gracias, entre circunstancias varias, a la iniciativa del grupo y a una carta de Valle-Inclán.

El mismo comportamiento grupal para la diversión, les movía también a socorrer a los colegas de la bohemia indigente con el respeto, tacto y discreción para que no sintieran menoscabado el único capital que poseían: la dignidad. Tristísima y ejemplarmente se nos da a conocer en la persona del genial Alejandro Sawa.

La edición que he manejado y paladeado (Editorial Juventud, S.A., Barcelona, Colección Libros de Bolsillo Z, 1969) ha sido editada por Manuel García Blanco, discípulo y principal compilador de la obra de Miguel de Unamuno, el miembro serio de esta generación y en prólogo de noviembre de 1951 nos habla que por su cuenta fue recopilando los escritos que conforman este libro, publicados entre junio y julio de 1935, en un periódico que no nombra, y se tomó la molestia de componer un índice onomástico además de mencionar que fueron acompañados de ilustraciones del propio autor. Nada de esto se recoge en esta edición: uno supone que tal expurgo se debe a la proverbial tacañería de nuestros editores empeñados en la estúpida cruzada del ahorro y siempre con la idea de que el lector no merece facilidades para el manejo de cualquier libro, ni acompañamientos y, en este caso concreto, porque el bueno de Manuel García Blanco había fallecido tres años antes de su publicación.

Ricardo Baroja Nessi fue frustrado arqueólogo que intentó darle salida a su vocación en la Escuela de Diplomática con el objetivo de trabajar en museos y las derivas de tal vocación le hicieron archivero itinerante, menester compartido con sus otras inquietudes artísticas: aguafuertista, grabador a la par que dramaturgo y novelista.

Andaluz accidental y universal de conocimientos, la fama y la gloria fueron a tocar a su hermano Pío. Mi veneración va hace muchos años para ambos. Salud y lectura.

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