Cuento marinero

barquito
por Satur.

Llamarme Satur. Eso hizo mi madre: llamarme Satur. Un día que estaba sin blanca en Vigo tras haberme comido el último plato de calamares con patatas en una fonda del puerto, entablé conversación con el capitán Moore Now, un viejo bobo de mar con años de experiencia tripulando balandros, buques, flotadores de unicornio y balleneros. Tras la duodécima ginebra me propuso enrolarme en el Holy Shit, un mercante de ochocientos metros de eslora matriculado en Vancouver, y que tenía que cargar colacacao, especias, lana y chuletas de cordero hasta Gangbang Cock.

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Ya en cubierta hice amistad con el Maestre, el Contraalmirante, el Primer Maquinista, el Fogonero, el Quinto Maquinista, el Séptimo Timonel y doce o trece marineros de foscas faces, bregados en mil tormentas (tengo grandes habilidades sociales). Enrolado como grumete, sentía en mi cara la brisa del mar al salir del puerto de Vigo y usaba mi paño de bruñir las jarcias y los jeroflacios para limpiarme algunas eyecciones de gaviotas, cormoranes, pelíncanos y buitres marinos.

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Cruzando el Cabo de las Tormentas, el Holy Shit se situó en las faldas de un anticiclón que, en combinación con una corriente subsahariana que barría las aguas hacia el Atlántico, nos hizo virar ababol primero y luego a estribor, para poner la popa a barlovento, lo que hizo que nos adentráramos en una borrasca cuyo centro lo formaban vientos huracanados de componente nordeste, con marejada y olas de hasta quinientos metros. Crujían las crujías y el Burgomaestre me ordenó que ayudara al vigésimo segundo Maquinista a reparar la chimenea y los ejes del terciobosto, desencajados por el fuerte viento. Era complicado moverse por cubierta, y tenía que agarrarme a las chirimbolas y a los juavizanos para poder acercarme a los ejes del terciobosto, desencajados de los cabestrantes del molascayo que se encuentra sobre la badanala de estribor. Para colmo, los gomascales de la cubierta estaban muy gastados, por lo que se resentían los cabos, las jarcias y los perimboles. Muchos de estos se rompieron al ser barridos por las olas que lamían la cubierta con el ansia propia de una señorita pública hastiada y con ganas de terminar pronto el servicio oral. La rotura de los perimboles preocupaba enormemente al capitán, pues eran fundamentales para el correcto funcionamiento de los bolapastanes y, por tanto, de los foces y las gamelas. Logramos encajar de nuevo los ejes soldándolos a las parpihuelas, no con pocos esfuerzos, pues los embates de las olas sobre la proa hacían moverse al Holy Shit como si el mar lo estuviera masturbando. Toneladas de cálida espuma salpicaban mis ropas, empapándolas y tornándolas heladas los fríos vientos que azotaban mi cara. Tras arreglar los desperfectos nos reunimos en la Sala de Juntas del barco, junto al capitán Moore Now. Sus órdenes fueron tajantes: habíamos trabajado todos con tanto ahínco, bravura, bizarría y valentía, que habría doble ración de ginebra para todos. Nos alegramos mucho y pasamos la noche en franca camaradería, voceando cánticos regionales, el himno del Atlántico de Madrid y otras composiciones marineras. Pese a haber peligrado mi vida, me sentía francamente contento hermanado con mis camaradas de la mar.

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Pasó la tormenta, aunque nos habíamos quedado sin chimenea, desgajada brutalmente por un golpe de mar, pero pudimos apañarnos haciendo una nueva con los cartones de rollos de papel higiénico gastados y un poco de cinta aislante. Dieciocho singladuras después llegamos a Gangbang Cock y pudimos descargarlo todo excepto algunas chuletas de cordero, que durante la travesía habíamos dado a los tiburones para pasar el rato. Había iniciado mi vida como marinero siendo un niño, y ya era un hombre, así que fui a tatuarme una sirena en la espalda, me puse unos zarcillos en la oreja y gasté mi paga en borracheras y mujeres de fama sospechosa. Tan sospechosa, que alguna no era ni mujer. Al verme de nuevo sin blanca, pensé en enrolarme de nuevo en algún buque que hiciera escala en Hamburgo, pero vista mi experiencia y que no me gustan las hamburguesas, decidí hacerme auxiliar administrativo y me puse a trabajar a tiempo parcial en una funeraria. Así podía tener el tiempo necesario para contar mi procelosa vida como jockey de las olas y hacer pasar un buen rato a los acomodados burgueses que me leen, alejados de todo peligro en sus confortables sillones del Ikea.

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