Como las cabras de la Heidi

cabritas-heidi
Por Gómez.

[Este relato se presenta como una obra de ficción]

DONDE SE INTRODUCE AL PROTAGONISTA DE LA NARRACIÓN

Podía considerársele como un vendedor ambulante de “alegría”. Se trataba de un pirado, próximo a la treintena (me sacaba, por tanto, más de diez años), que había pasado casi la mitad de su vida entre rejas, lo que incluía prisiones militares, cárceles y alguna institución psiquiátrica. Sus delitos podían encontrarse en varios capítulos diferentes del código penal y abarcaban desde lo más ridículo hasta algunos realmente serios.

Era un mal bicho. Un auténtico hijo de puta.

Casi con total certeza, además, era el tipo más feo que he conocido nunca. Vestía invariablemente (ya fuera invierno o verano) con una cazadora negra de imitación de cuero y unos pantalones, también negros, surcados en sus laterales por una raya blanca. Unas botas militares de tres hebillas completaban su “uniforme”. Llevaba siempre unos nunchacos ocultos bajo la cazadora… Un personaje de tebeo, sí. O quizá de circo.

Denotaba, sin embargo, cierta cultura e instrucción, cosa que evidenciaba principalmente cuando se descolgaba, de ordinario sin venir a cuento, con citas bíblicas y latinajos. Pero lo más importante de su persona es que estaba completamente loco. Como una regadera. Contaban que la culpa era del LSD. En cualquier caso, lo recuerdo ahora mismo repitiendo una de sus frases recurrentes: “Yo puedo hablar de las drogas porque las he probado todas”. Y es muy posible que fuera cierto.

También solía recitar aquel hermoso versículo del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

Se le conocía por distintos apodos: “el Batman” era el oficial, incluso para la policía. Aunque nosotros solíamos llamarlo también Pepe el Guapo.

Cuando lo conocí acababa de pasar una temporada en el hotel Las Rejas. Se contaban muchas historias sobre la cárcel, y en una ocasión le pregunté qué había de cierto en ellas:
—¿Es verdad eso de que cuando entras en la trena por primera vez te dan por culo todos los de la celda?
—¿Te refieres al bautizo?
—Exacto, al bautizo. ¿Te bautizaron a ti? ¿Te confirmaron también? ¿Hiciste la primera comunión?
—Mírame la cara —me dijo.
Lo miré: seguía siendo, igual que unos segundos antes, el tipo más feo del mundo.
—¿Crees que alguien tendría cojones de violarme con este careto?
Negué con la cabeza.
—Entonces, responde eso a tu pregunta, ¿no? —dijo.
La respondía. Sí. Nadie en su sano juicio, aunque estuviera cumpliendo una cadena perpetua e incomunicado en una celda de castigo, “bautizaría” a Pepe el Guapo.

COMO LAS CABRAS DE LA HEIDI

También, cuando suministraba su mercancía, solía repetir:
Con esto os vais a poner como las cabras de la Heidi.

La frase siempre me parecía graciosa.

Aquellos años, no hay ni que decirlo, eran bastante dementes. Yo estaba en el ejército, y cada vez que regresaba de permiso, constataba que todos mis amigos habían ascendido un peldaño más en la esquizofrenia general del momento. Era como aquella frase de Bogart de que el mundo va con tres copas de retraso. Pero en este caso era yo y no el mundo quien llevaba las copas de menos. En una oportunidad, recién llegado de unas maniobras, nos invitaron a todos a una fiesta en un lujoso ático de la Bonanova. Había un montón de jóvenes de la zona alta, pasados de vueltas, en la casa. Gran parte de ellos habían tomado LSD, como si se conmemorara el Día Internacional del Tripi.

Allí estaba el Batman, con el atuendo de murciélago tradicional, también flotando por las alturas.

Cuando la fiesta estaba alcanzando su punto álgido, encontré por alguna parte de la casa un bote de champú para perros. El contenido tenía la misma textura que la espuma de afeitar. Llené un plato de champú, le eché azúcar por encima con una cuchara y se lo tendí.

—¿Quieres nata, Batman?

Engulló todo lo que había en el plato de manera compulsiva, como si llevara varios días sin comer. Ni siquiera advirtió que no era nata lo que estaba comiendo.

Los que estaban al corriente de la broma comenzaron a reír.

—¿Quieres más? –dije, conteniendo a duras penas la risa.
—Sí.

Cogí el bote y se lo enseñé: había un perrito dibujado en la etiqueta. Uno pequeño y lanudo, no sé de qué raza. Eché un poco más de champú en el plato.

—Me has envenenado, maldito cabrón –me dijo.

Hoy lo pienso y me doy cuenta de que, en efecto, pudo ser así. (Ni se me pasó por la cabeza que el champú pudiera contener algún producto tóxico al ser ingerido por humanos) Pero lo divertido es que cuando hablaba le salían burbujas de la boca. Burbujas de colores. Parecía una escena de Fantasía, pero protagonizada por Pepe el Guapo en lugar del ratoncito Mickey.

—He de beber leche –dijo.

Más burbujas flotando por el salón…Parecían dotadas de vida propia…

—Nos hemos puesto como las cabras de la Heidi –acerté a decir por fin.

FURIA ORIENTAL

La de la nata, como es comprensible, no me la perdonó. Apenas unos días después me atacó en un parque, por la espalda y sin ningún motivo concreto, golpeándome con los nunchacos en la cabeza. Por suerte, no caí al suelo a pesar de que me pegó con todas sus fuerzas; me di la vuelta como pude, me abalancé sobre él y lo derribé. Empecé a pegarle, pero llegaron corriendo mis amigos y me separaron de él. Aprovechó para salir corriendo.

—Éste ya no vuelve –sentenció uno de mis amigos.

Pero yo sabía que no era así.

Me había contado más de una vez que en el sillón de su portería tenía escondido un cuchillo jamonero para casos extremos. Yo estaba convencido de que había ido a buscarlo y regresaría a por mí con él.

Y regresó.

Pero quiso la Providencia que el guarda del parque, al ver la pelea, llamara a la policía. Justo cuando el Batman entraba por la puerta, lo interceptaron una pareja de agentes.

Estaban hablando con él, y me fui acercando lentamente al grupo. Al verme, él me señaló y le dijo a un policía gordo que estaba a su lado:

—Me va a pegar.

Puse cara de tonto y levanté las manos, en señal de paz y amor universales, como si no supiera de qué estaba hablando. El policía le dijo:

—No te va a pegar. —Me miró—. ¿Verdad?

Seguí con las manos en alto y esa expresión de absoluta imbecilidad en la cara.

—Sí lo va a hacer –dijo.

Cuando lo tuve a tiro, le lancé un puñetazo y le acerté de pleno. Un minuto más tarde íbamos todos camino de la comisaría del distrito en un vehículo policial.

Pepe el Guapo era toda una celebridad en aquella comisaría. Mientras esperábamos turno para prestar declaración, un policía se le acercó y empezó a susurrarle a la oreja:

—Te… dije… la… última… vez… que… no… te… quería…

Acompañaba cada una de sus palabras con un sonoro bofetón. Yo, sentado en la silla contigua, miraba incómodo hacia el infinito como si estuviera esperando el autobús y la cosa no fuera conmigo.

—volver… a… ver… por… aquí…

Fue una tarde de lo más desagradable.

EL JUICIO

La pelea en el parque terminó en los tribunales.

Como ninguno de los dos presentó denuncia contra el otro, Parques y Jardines nos denunció a nosotros por escándalo público. Cuando llegó el juicio, yo me había licenciado del ejército y había empezado a trabajar en el sector del ocio nocturno. Apenas unos días antes había mantenido un airado intercambio de pareceres con un descorazonadamente numeroso grupo de clientes insatisfechos, discusión de la que salí perjudicado con varias lesiones, la más grave de las cuales fue una fractura de peroné. Así que me presenté en el juzgado con la pierna escayolada y ayudándome con un bastón. Era un bonito bastón que me había regalado mi novia, con una empuñadura tallada que me recordaba la del paraguas de Mary Poppins.

Ni él ni yo llevamos abogado. Durante la vista los dos denunciados sufrimos sendas crisis de amnesia, y Su Señoría, salomónica, nos condenó a ambos por alterar la paz y el orden: a mí con cinco mil pesetas (de 1982) de multa y a él con otras cinco mil, más unos días de arresto domiciliario de propina por los nunchacos y el cuchillo jamonero que, en efecto, había ido a buscar tal y como yo había previsto y le intervino la policía.

El salió primero de la sala. Yo lo seguí por el juzgado a toda la velocidad que me permitía la escayola. Lo alcancé en la misma puerta, justo delante de la garita de la Guardia Civil. Estaba de espaldas a mí encendiéndose un cigarrillo. Alcé mi bastón y le pegué con él en la espalda.

Lo siguientes diez minutos de mi vida los pasé tratando de explicar mi reacción a los agentes de la benemérita. Le preguntaron si quería presentar denuncia por la agresión.

Dijo que no.

Me preguntaron si era consciente de lo que acababa de hacer.

Dije que sí.

—Me acaban de poner arriba una multa de cinco mil pesetas —añadí—. Puedo pagar otras cinco si hace falta.

No hizo falta. Nos dejaron ir.

EPÍLOGO

Jamás lo volví a ver desde aquel día. Lo cierto es que, justo en esa época, me fui a vivir con una chica, me olvidé de mis amigos, dejé toda aquella mierda para siempre y volqué esas energías en la literatura. Casi veinte años después de aquello, me encontraba escribiendo un tratamiento de guión cinematográfico, con otras dos personas, en una suite del hotel Majestic de Barcelona. Desarrollábamos una escena en la que un camello le vendía una papelina de coca a unos atracadores de bancos, y había de convencerlos de que se trataba de material de primera. Cada uno de nosotros aportaba, en voz alta, sus ideas. En ese momento yo estaba pensando en el viejo Pepe el Guapo, el terror de la Bonanova a principios de los 80: sus andares de campeón, la chupa de polipiel, la cara de cabrón, su jerga taleguera… Cuando el camello les pasaba por fin la droga, dije:
—Con esto os vais a poner como las cabras de la Heidi.

Mis dos compañeros se echaron a reír.

—¡Qué bueno! ¿Cómo se te ha ocurrido?

—Se lo oí decir a un tipo hace mucho tiempo –dije.

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