El litigio

marino
Por Mortimer Gaussage.

Hace ya años en la Real Audiencia de Valladolid hubo pleito entre los Mariño y los Fonseca en el que, con latinajos y citas de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, se disputaron el continente hundido de la Atlántida, sus tesoros, ciudades, condados, castillos, riquezas y todos los diezmos a recaudar del comercio de sus puertos inundados. Los Mariño alegaban descendencia de los reyes Celtas, dueños de todas las tierras, sumergidas o que afloran, en los mares hasta los hielos del norte y hasta las américas al oeste. Los Fonseca, con documentos antiguos, demostraban que eran señores del ducado de Meira, que linda al norte con las costas de Inglaterra, la mar en medio. Eso comprendería, lógicamente, todo lo que de la mar aflora o no, uséase, que incluiría en el título de propiedad los señoríos sumergidos e incluso los flotantes que pudieran atravesar las lindes, como en la tierra ocurre con las aves que migran y las aguas de los ríos que discurren. Llevaban ya cincuenta años de litigio, lo que venía siendo dos generaciones de abogados, tres de Mariños y cuatro de Fonsecas, que éstos siempre fueron flojos de salud, cuando el primero de agosto del 1676 se reunieron extramuros de la Ciudad de Valladolid con el Cardenal Benedetto Odescalchi, nuncio apostólico del Papa Clemente X, a cuya justicia en equidad se habían encomendado ambas partes, se ve con intención de zanjar de una vez la contienda legal. Llegaron ambas partes con la pompa y el boato que la ocasión merecía. Los Mariño gozaban de los privilegios de calzar zapatos rojos y sombrero con tres plumas doradas y llevar del ronzal la cabalgadura del Rey, derecho ganado en alguna oscura batalla pasada, y así se presentaron. Todos con escarpines carmesí y tocados con plumas de faisán sobredoradas y el más joven de ellos, como dándole poca importancia al asunto, llevando del bocado un bello corcel blanco enjaezado con los colores y las armas de la Corona. Los Fonseca, por su parte, ostentando el privilegio de sentarse en sillas de cuero con cojín mullido de lana, siempre que les conviniese, en sacro o profano, en abierto o en cerrado, se hicieron acompañar cada uno de ellos de un criado con su silla. Cuentan que también tenían los Fonseca el privilegio eclesiástico de hacer las segundas voces en los cantos gregorianos de maitines de los frailes de San Paio de Antealtares, el cabeza de la casa y todos los varones parientes de sangre hasta el cuarto grado, siempre y cuando uno de ellos se llamase Ildefonso. El fraile Bertoldo de Rímini, el cual dejó crónica del evento por la cual conocemos la mayoría de los detalles, refiere que andaban los Fonseca con cierto resquemor por no poder hacer evidente lo del canto y que, quizá por eso, unos criados tañían liras y cantaban romances heroicos compuestos para la ocasión. Por la Puerta del Ángel, que sólo se abría en ocasiones solemnes, apareció la comitiva del nuncio plenipotenciario. A lomos de una borriquita blanca se acercaba el árbitro papal de la contienda con capa, mitra, báculo, solideo y bajo palio portado por cuatro monaguillos. Le acompañaban dos escribientes para levantar acta de todo, uno de ellos Bertoldo de Rímini, y tres sacerdotes versados en el lenguaje vernáculo de los litigantes del noroeste porque nada quedara sin entender. Llegadas las comitivas al lugar acordado de la reunión Don Gutierre de Fonseca se acercó a Don Beltran de Mariño y le dijo:

– ¿Es Usted Don Beltrán Mariño, cabeza de los Mariños y Señor de Trasmundi?

– ¿Y quién quiere saberlo? –contestó sin contestar Don Gutierre.

– ¿Y por qué pregunta eso? –retrucó Don Beltrán.

– ¿Y por qué no habría de preguntarlo? – dijo Don Gutierre sin amilanarse.

Llevaban ya así un rato ante la perplejidad del nuncio cuando se acercaron al galope dos guardias suizos vestidos de azul y amarillo, ajados y sudorosos. Venían desde Roma para advertir de la muerte del Santo Padre la mañana del 22 de julio confortado con los santos sacramentos pero sin la bendición papal. El Cardenal Odescalchi debía partir raudo a la Sede Apostólica para el concilio que en breve habría de empezar para designar al sucesor. Cuentan las crónicas que aquella fue la última vez que el Cardenal abandonó Roma, puesto que el 21 de Septiembre de 1676 fue nombrado Sucesor de Pedro y pasó ser conocido como Inocencio XI. Tampoco ni los Mariño ni los Fonseca volvieron a hacer esfuerzos por reclamar la Atlántida, sus altas torres, señoríos, sus feudos, rentas y diezmos y que tampoco salieron mucho de Galicia, ni para pleitear ni por conocer otras tierras. Estas cosas, no obstante, dejan cicatrices que se alargan porque ciertas historias se repiten en las reuniones familiares, se comentan en los entierros, se discuten en los bautizos y, parte en serio parte burlando, se cuentan en familia cuando de pronto se menciona un apellido en la conversación. Tal es así que yo mismo, en los ochenta, siendo amigo de Marina Fonseca que era la cantante de Moncho e os Sapoconchos, fui testigo de cómo se le acercaba un mozo con unas Adidas rojas y presentándose como Borja Mariño le preguntó si su apellido Fonseca era de los Fonseca de Meira.

– ¿Y quién quiere saberlo?

– ¿Y por qué preguntas eso?

– ¿Y por qué no habría de preguntarlo?

 

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