Salir de noche

barney
Por Álvaro Quintana.

Mucho tiempo he estado sin acostarme temprano — si descontamos la siesta y aquella vez que, tras una sobremesa pródiga en orujo blanco sin etiqueta (Galicia Calidade), me fui dando tumbos a casa a las siete de la tarde, cruzándome con todo el pueblo en fiestas mientras el amigo que me acompañaba, me contaron, hacía de vaquilla en un bar con unas luces de Navidad (era verano) enredadas por el cuerpo — . En aquellos años de mocedad dormir era un formulismo, como modular los latidos del corazón a compases variables o separar los glóbulos rojos de los blancos, que el cuerpo cumplía con el desapego de los ricos que estrellan un coche y dudan acerca de qué modelo hacer que el mayordomo les saque del garaje. La juventud remedia sus propios excesos durmiendo más horas de las requeridas; compensación innecesaria, por otra parte, que lleva a cabo por el mero placer de hacerlo todo en demasía, entregada fatalmente al lujo de gastar.

Desde hace tiempo, sin embargo, han dejado de gustarme las noches — para dormir — . Por las mañanas me despierto cansado, antes de hora, con vestigios de algo que he olvidado, como una herida en la mano hecha al descuido y cuya presencia solo percibimos cuando ya nos ha manchado la ropa. A medida que la tinta del café dibuja con lentitud las líneas del mundo en la rugosa superficie de la mañana, me vienen a la memoria confusas correrías por el pasillo para acabar durmiendo en el sofá, intentos extraviados de ponerme los pantalones al revés o arrojados afanes de desbrozar la ropa del armario para meterme en su interior (del armario; absténganse freudianos). Tengo una agitada vida nocturna de la que no recuerdo nada, y sin salir de casa. En un principio achaqué este sonambulismo rumboso a la pesadez de mis cenas, invariablemente bañadas en las salsas picantes que encuentro en locutorios paquistaníes. Me decreté, por tanto, ayuno nocturno, rigor que solo sirvió para que apareciese un nuevo invitado, el hambre, que no solo hizo que me levantara de noche sino que insistió en sentarse a la mesa conmigo, donde exhibió una bochornosa falta de mesura y, sin ánimo de señalar, de buenas maneras.

Una madrugada de esas en que me había levantado a mirar fijamente la luz de la nevera tratando de descifrar en qué lugar y tiempo me hallaba, oí un ruido y salí alarmado al pasillo. Me encontré a un tipo moreno, de ojos verdeazulados, barba afeitada no muy allá y olor a whiskazo y a puro que sonreía con la mirada feliz y bobalicona de los borrachos. Se parecía a mí de una forma travestida y poco nítida, con esa familiaridad recelosa de los muebles que se cambian de sitio. Nos escrutamos de cerca, con morosidad. El penacho cano de su barba tenía una forma distinta del mío y estaba en el otro lado de la cara; le quedaba mejor, más sergiodalmesco. Andábamos en estos menesteres cuando se nos acercó mi gata, que al ver esa estampa duplicada pegó un brinco y salió disparada por una ventana, lo que nos dio mucha risa a ambos. Al fin, me dije “Estoy dormido”, dejé al intruso con la boca abierta y me acosté de nuevo con tanta premura que se me olvidó ir al baño primero, por lo que dormí con una incómoda presión de caldera a punto de explotar en la vejiga.

A la noche siguiente el fulano regresó, esta vez acompañado. Me asomé al salón y lo vi en el sofá con una morena agitanada encima que se restregaba contra él con el insistente frote de quien le pica algo y no llega a rascarse. Ella me vio parado en la puerta y le dijo “No me importa que mire”, sonrió, le pasó la lengua por la boca y continuó con su culebreo. Yo ya estaba calibrando desde dónde asistiría mejor al espectáculo cuando reparé en la sonrisa de él, tan similar a la mía que me hizo dar un respingo de espeluzne. Le eché una última mirada a la espalda de la flamencona, con los rizos descolgándose con un brillo de betún, y volví a la cama. Ya por la mañana, el salón olía a gallinero en día de calor y el sofá tenía más humedades que una casa vieja. Pensé que, para ser un sueño, mi doble de las escenas de acción me dejaba todo hecho una mierda.

Las noches me pesaban cada vez más durante el día: las campanadas de mi reloj interno sonaban antes que los cuartos. El cansancio y el malhumor me escocían como vinagre en los ojos. Una noche más salí de la cama, no sé si en busca de un ruido real o de uno que estaba en mi cabeza — no menos real pero mucho más inquietante — . Pesqué a mi sosias en la cocina con un Benecol en la mano tras haber dado cuenta de un queso que era la alegría de mis horas. Me cegué. Cogí impulso y lo tumbé de un puñetazo en el morro. El Benecol salpicó el suelo y los armarios. Sentí un dolor ardiente en la muñeca que me enloqueció de rabia. Agarré la plancha que estaba sobre una mesa y pegando un grito la descargué sobre la cara del otro, mi cara. El golpe hizo saltar la sangre como un pisotón en un charco. Un gemido informe y agudo, no muy largo, salió de la boca ensangrentada del otro y me estremeció. Me levanté y me fui a la ducha sin ser consciente de mis movimientos. El agua me quemaba la espalda y el cuello y maldije esa racha de sueños que me dejaban un frío e incontenible temblor en las piernas. Me vestí y cogí la cartera, el móvil y las llaves y al pasar por delante de la cocina vi los pies de alguien tendido en el suelo. Salí a la calle con la sensación de que el aire estaba detenido, en suspenso, y de que mis pasos no me llevaban a ninguna parte. Entré en una cafetería y pedí. No atendía a la cháchara del camarero hasta que me dijo con zumba: “No sé dónde habrás andado para tener esos ojos hinchados”. Yo tampoco lo sabía.

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