Saló, o los 120 días de Sodoma (P.P.P.)

mundohodierno
Por Fernando García.

Presenciar esta película en domingo por la tarde permite un animado estudio sociológico y antropológico de la fauna madrileña. Los resultados son desalentadores, es difícil suponer tanto papanatismo, engolamiento y estupidez, envuelto en un celofán de ignorancia, desinformación y descarada falta de sensibilidad. Salí del cine totalmente flipado, pero no por la pretendida capacidad de espanto de Saló, sino por la muy superior capacidad de provocar repulsa de mis vecinos de butaca. Estaba rodeado de una pléyade de intelectuales, que durante la proyección hacían cáusticos comentarios, en muestra de su vasta erudición: “Este Pasolini estaba jeripollas”, “Es la única de él que me faltaba por ver”, “Fue su última creación”, “Considero que Teorema era muy superior”, “Era un mariconazo”; todos estos eran comentarios sobre la marcha para impresionar a los troncos o a las novias, demostrándoles que se dominaba el asunto y que había un profundo conocimiento de la filmografía del autor. Luego estaban los rudos lectores de El País, que hablan con la misma reverencia de su Biblia con que antaño comentaban loa axiomas que les dictaba el diario “Marca”; igual que entonces comentaban con fruición, estando seguros de poseer una verdad palmaria, que a tal equipo había que jugarle por las alas y sin bombear balones, ahora aseguran que van a autorizar la proyección de otra película maldita. “Si, la de un japonés” asegura el experto, “no me acuerdo bien como se llama” dice otro, “sí hombre, si le han dado el Premio en Cannes el otro día”, “No, tío, que ese es el Kurosawa” , “Es igual, es una película cojonuda, yo no me la pierdo”. Pero todo esto se queda pequeño, ante el vicio mayor de nuestros cinéfilos, vicio heredado de su larga estancia en las cloacas durante la dictadura del general más joven de Europa, desde sus pestilentes cubículos. Se empeñaban una y otra vez en hacer segundas lecturas a cualquier cosa que se les pusiera delante, la identificación del opresor fascicapitalista y la del revolucionario marxista-leninista, era cosa fácil y siempre clara para este grupo de elegidos. Pues bien, esta fiebre interpretativa y hermenéutica no ha cesado, y los comentarios eran de esta calaña: “Es una Crítica brutal al fascismo”, “Quiere demostrar hasta donde puede llegar la depravación en los dictadores”, “Saló es España en el contexto de la 2ª posguerra mundial” , “Es una meditación sobre la violencia fascista”.

Ante este fecundo material de autorizadas opiniones, expondré lo que a mí me sugiere la película.

El que la República de Saló tuviera ocasión de fundarse durante el dominio nazi-fascista en el norte de Italia, creo que simplemente le da una posibilidad histórica a la acción, a. la vez que credibilidad, pues difícilmente se hubiese podido dar en otras circunstancias político-históricas. Evidentemente, esto en sí mismo justifica la condena del fascismo, pero no va más allá, porque una vez que nos hemos introducido en la lujosa villa donde se desarrolla la acción, podemos considerar que ésta es intemporal e impersonal, como ahora trataré de demostrar.

Los cuatro poderosos jerarcas que organizan el increíble festival de secreciones en tres capítulos (semen, mierda y sangre), no representan ninguna raza especial, somos cualquiera de nosotros mismos situados en una cierta circunstancia; la abyección y brutalidad que observamos, están latentes en cada uno de nosotros. Esto el Marqués de Sade lo sabía muy bien, resulta un poco poco duro decirlo, pero sado-masoquista no es el que quiere sino el que puede. Resulta además que los cuatro protagonistas de la historia, no son cuatro tipos primarios, sino que son unos seres refinados, educados y cultos, que demuestran un gusto exquisito en todo lo que hacen. Cuando se visten de mujeres logran una elegancia asombrosa y en sus ratos libres discuten pausadamente sobre Nietzsche y Baudelaire.

Respecto a su larga historia de secuestros y prohibiciones, no cabe decir más que solo la gazmoñería más cateta puede confundir esta película con algo erótico y/o pornográfico. Está muy claro que P.P.P., en ningún momento se recrea en las escenas lúbricas, más bien nos aleja de ellas con recursos que van desde la clásica toma de espaldas, al alejamiento en los planos de las torturas tomadas a través de unos prismáticos. Pasolini no pretende ni busca el detalle que desagrade en un momento concreto, sino crear un clima para tratar de envolver al espectador en su oscuro mundo, para que participe de sus propias obsesiones; se conforma con que en algún momento el espectador se sienta excitado por lo que allí pasa, que de alguna manera, durante un instante tan solo, piense que le hubiera gustado estar allí, en aquel momento.

El abismo de la irracionalidad ejerce su máxima atracción en el momento de oír el irrepetible “Carmina Burana” de Carl Orff durante las escenas de las torturas, momento álgido del film, en donde el espectador trata con todas sus fuerzas de escapar a la vorágine del mal, momento de maniquea duda que se refleja en la mueca de desagrado que nos acompaña mientras salimos del cine, al tiempo que oímos a alguna”gallina” recriminar a su tío diciéndole: “Qué horror, por favor”, a lo que él impenitentemente contesta: “Joder, pues a mí me ha gustado” .

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