El pisapapeles

Pisapapeles, de Javier Pagola.

Pisapapeles, de Javier Pagola.

Por Mortimer Gaussage.

Miro mi mesa y pienso que necesito un pisapapeles. Es, confieso, una de esas necesidades que son capricho, uno de esos deseos rayanos con el vicio. En realidad, si bien lo pienso yo no necesito para nada un pisapapeles para pisar papeles. Todos mis papeles, que son muchos, están en carpetas; desordenados pero en carpetas. Podría, quizás, necesitar un pisacarpetas o algún aparato que cumpliera similar función. Pienso, a pesar de ello, que lo que me convendría tener en la mesa, además de las carpetas llenas de papeles, desordenados y ya leídos, es un pisapapeles y que me solucionaría muchos problemas. Hay aparatos que, más allá de su función, le dan a uno una prestancia que es difícil de explicar pero que se advierte a simple vista. No es lo mismo, habrán de reconocerme, sentarse ante la mesa de un profesional si en esta hay un pisapapeles que si no lo hay. No me refiero a uno cualquiera, claro está, sino a uno excelso. Mira tú, dirán algunos, un pisapapeles excelso, pues no pide nada. En los caprichos no se manda, son así, vienen así y suelen irse por donde vinieron, sin previo aviso y, muchas veces, dejándote con cara de gilipollas y un adminículo cualquiera en la mano, uno que hasta hace nada pensabas que te iba a dar mucha prestancia. Es un riesgo, lo reconozco, pero estoy dispuesto a correrlo. Sabiendo esto, creo yo, es mejor desear un pisapapeles excelso que uno normal, uno corriente que podrías encontrar en la mesa de un cualquiera; en la carnicería, incluso, sobre una resma de esos papeles encerados para envolver filetes, salchichas frescas, oreja de cerdo o la carcasa de un pollo para la sopa de un enfermo. Yo no quiero un pisapapeles mediocre, para eso mejor me quedo como estoy, sentado, fumando, deseando un pisapapeles excelso. Puestos a desear es mejor desear por lo alto, ese es mi lema. Por ejemplo, y en aplicación de este principio que rige mi vida, sencillo pero peligroso, nunca compro lotería para que me toque la devolución, ni siquiera la pedrea. Yo compro a lo grande, para que me toque el gordo. Si no toca pues nada, a seguir viviendo con esa pena negra que se te queda en el alma, pero para qué me voy a conformar de entrada con premios normales o corrientes, digo yo. Con el pisapapeles pues ídem de lienzo. Racionalizando el asunto a la búsqueda de argumentos para darme el capricho, que ya sabemos que la razón sirve para poco más, pienso que un pisapapeles es para toda la vida. Que un pisapapeles, razono, no consumirá más energía que la potencial derivada de su situación, es decir, que el combustible que lo anima es virtualmente inagotable, ecológicamente verde y, por supuesto, no tiene carbon footprint. Esta, con ser una enorme ventaja, no es la única. Un pisapapeles no se gasta con el uso, no necesita mantenimiento y la genial sencillez de su mecanismo lo hace, en la práctica, la herramienta eterna y perfecta. Visto lo anterior un pisapapeles, y ya se ha dicho, es para toda la vida y, si lo cuidas mínimamente, para la de tus sucesores hereditarios. Esto permite, razonablemente, una mayor inversión en su adquisición puesto que el plazo de amortización será virtualmente eterno. Como contrapartida al gasto le adviene a uno el desasosiego previo a las grandes decisiones, como la emigración, el matrimonio, o el profesar los hábitos. Las cosas para toda la vida, como su propio nombre indica, tienen difícil vuelta atrás. ¿Y qué si de pronto me veo con un pisapapeles que no imprime a mi mesa la prestancia que anhelo? No quisiera verme ahí, la verdad, como no me gusta verme con un boleto del Euromillones que podría haber sido premiado con cientos de millones y en el que la caprichosa fortuna imprimió los números equivocados. Yo quiero un pisapapeles como el de Román, que ha puesto en su escritorio un pisapapeles que es un palmo de rail de tren. Román, en su casa, se tira por el suelo y mira embobado un trenecito eléctrico y se emociona cuando, una y otra vez, en llegando a un paso a nivel y por medio de un automatismo eléctrico, hace bajar unas barreras diminutas primorosamente pintadas del atlético. Yo me siento a fumar y a mirar al techo mientras me explica sus cosas de ferroviario amateur y doméstico y pienso que no le tengo ningún respeto, sólo algo de cariño y suficiente educación como para no decírselo. No obstante, cuando voy a verlo a su oficina, igualmente sentado pero ante su mesa de trabajo, soy incapaz de apartar la mirada de su pisapapeles, ese palmo de acero sólido, pesado, reconocible y tan evocador de un pasado industrial e industrioso que se proyecta hacia el futuro. Me entran siempre unas irresistibles ganas de cogerlo, sopesarlo, de tenerlo por un instante entre mis manos y sentir la materialización del mismísimo progreso. La prueba palpable de la laboriosidad, el ingenio y el tesón del hombre dominando su mundo por medio de las máquinas, extensiones de su espíritu más que de sus frágiles miembros. Yo a Román, quizá ya lo han advertido, le envidio mucho su pisapapeles y quisiera uno así porque Román, tras su mesa de trabajo, es el mismo pero parece otro, hasta siento por él un poco de respeto, y eso es cosa del pisapapeles. No quiero para mí un palmo de rail como el de Román sino algo con sus propiedades ideales, algo igualmente evocador, pesado, sólido, que transmita confianza, inteligencia y tesón. Yo para mí quisiera un pisapapeles que, puesto sobre la mesa, despertara en mis visitantes este tipo de asociaciones evidentes y manidas pero, qué duda cabe, eficaces, como esos poemas malos que premian en los certámenes de los pueblos. Charlar con ellos y percibir cómo, involuntariamente, se les va la mirada a mi pesado pisapapeles, signo de la fiabilidad y confianza que pueden encontrar en mí. Advertir con disimulado orgullo cómo se resisten a la necesidad de tocarlo y, en un momento dado, tomarlo yo en la mano con un gesto de esfuerzo sólo levemente exagerado, como si pesara algo más de que en realidad pesa, medio kilo más o así, y juguetear distraído mientras hablamos. Cada vez me gusta menos trabajar y ahora mismo, fumando, con los pies sobre mi mesa como un magnate petrolero, fabulo y pienso que esta desgana se debe a la imperdonable falta de un pisapapeles excelso que trasmita la solidez y confianza que no siento.

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