Acto en tres cuadros

circchopsuey
Por Tipotrueno

Leopold

Relámpagos, nubes, culebras. La rueda gira de nuevo. El circo en todo su esplendor. Bestias, gusanos, payasos. El barro crece a sus pies. Tanta maña y fuerza en un solo bigote rizado y rezagado sobre una triste cara. Otra vuelta más de la rueda. Tambores, trombones, saxofones. Las tiendas ocultaban misterios y otras cosas que no se pueden contar.

—¡Sucia rata, cuándo te pille te corto un dedo! —lo decía en serio.

Los niños le habían robado el queso, eran rápidos. Siguió maldiciendo sentado sobre un baúl, frente a su tienda y cortando el pan duro que le quedaba con una Perkum wz.24. La hoja era escasa y descansaba los veranos. Los inviernos volvía al tajo. Llevaba puesto un traje Zoot, demasiado grande, demasiadas rayas. No consiguió unas Freeman Bootmaker Guild para el completo y se conformó con un par de botas Gebirgsjäger que sobrevivieron a la guerra, pero no al barro.

—Le voy a decir a su madre, la muy puta, que deje de criar. Para tenerlos por ahí robando comida, que se meta un palo por donde le quepa que también da gusto.

Hablaba con el baúl sin mirarlo. Dentro estaba Eugene. Los días de barro lo guardaba con tesón, costaba horrores limpiarlo.

—Sí, ya sé, pero te pones perdido. No te quejes que he sacado el baúl y te podía haber dejado en… ¡No me interrumpas!

—¿Tienes a Eugene revoltoso otra vez? —El director llegó de espaldas a Leopold. Supervisaba de lejos el izamiento de la carpa principal o, lo que es lo mismo, se guardaba de morir aplastado.

—¡Honor y patria! —Leopold se levantó realizando el saludo de los dos dedos y volvió a sentarse.

—Leop… bah, es inútil que insista.

El mástil principal se había instalado. El maestro de la carpa dio la orden y todo fue orquestado. Payasos, peleles, púas. La tela subió y el sobretecho quedó perfecto. Vientos principales, esquineros, traseros, secundarios et voilà!

—Camarada director, me gustaría comentarle un asunto sobre los niños que pululan libres…

—Ya hemos hablado de eso, Leopold.

—Pero, ¿puedo cortarle la oreja a alguno? Así seguro que dejarán de robar. Si la puta esa dejara de parir, yo creo que…

—¡Basta! No se te ocurra cortarle la oreja a nadie, estás sobre aviso, o cojo a Eugene y lo tiro a la hoguera.

Fuego, leña, miedo. Eso no le gustó nada. Su baúl, en peso era ligero, si no, de qué iba a poder levantarlo. Lo lanzó a la tienda que hacía las veces de casa y Leopold fue detrás. El director lo miró de reojo.

—¡Ja! Nunca falla… —y ahora, de nuevo a lo suyo— ¡Cuidado con el viento trasero que…! ¡Bien! ¡Ahí va bien!

Eugene

La noche era fiel a su espectáculo. El show de Leopold y Eugene. El más triste de todos. El más silencioso. Justo después de las contorsionistas apagaban la mitad de las antorchas y empezaba. Arena, tarima, baúl. Leopold, quedaba situado en el centro del escenario. Decía.

Os voy a contar la historia de Eugene. Su historia es la más triste jamás contada.

Abría el baúl. Hilos en brazos, piernas, pies y manos. Una cabeza de madera asomaba y unas pequeñas manos se apoyaban. Llevaba un traje negro hecho a mano de costuras muy gordas. En la cara se podía ver dibujada una lágrima.

Fue un niño como todos vosotros. Lo fue. Nació sin madre. Nació sin padre. Abandonado  en unas calles que no lo cuidaban. Eugene, que de niño quiso volar, se conformaba con un trozo de pan. Buscaba los edificios más altos, dejaba los pies colgando al borde y comía y comía hasta hartar. Se imaginaba volando y, algunas veces tuvo impulsos de saltar, a lo que se decía: “Te vas a matar”.

La gente, que miraba a Leopold con repulsión, empezaba a aburrirse. ¿Los domadores cuándo llegarán?  Eugene, que estaba sentado sobre el baúl cerrado mirando al público, súbitamente correteó hasta el borde derecho y oteó el horizonte. Sonaron redobles de tambores.

“¿Qué es eso que hace tanto ruido?” Eugene, que nunca había visto un avión, se sorprendió y corrió. Vio planear, cerca del lugar, dos aviones ni uno más. Pasaron rápido, pero con eso le bastó para creer que ya podría volar. Lo que no sabía Eugene era que la guerra acababa de empezar.

Los redobles se convirtieron en golpes sin fuste. Eugene pasaba miedo, se acurrucaba y temblaba sobre el baúl a cada golpe. Los espectadores hablaban en voz alta comentando sobre lo malo que era el show. ¿Dónde estaban los leones?

Las bombas caían por la ciudad mientras Eugene solo…

—¡Marchate!

—¡Queremos ver a los leones!

…quería volar. Una bomba cayó sobre el edificio donde estaba, lo que hizo que todo temblara. Las personas de la calle gritaban, ya no cantaban…

Los tambores pararon y las antorchas prendieron todas al completo. Entre bambalinas le decían que tenía que acabar. La arena ardía. El baúl debía ser guardado pero Leopold continuó.

… otra… ¡Otra bomba cayó! Pero esta vez el edificio no resistió y junto con Eugene se deplomó. Su destino fue fatal, pero por primera vez, Eugene pudo…

Un pegote de barro tapó su boca. La risa fue general. El director apareció en escena. Querían domadores y domadores tendrían.

—Vamos Leopold, creo que ya es suficiente.

—…volar.

—Sí ya sé, pero vete a tu tienda.

Los leones entraron rugientes en sus jaulas. El público gritó de alegría y las trompetas sonaron grandiosas. Las fieras volvían a estar mansas.

De camino a la tienda el barro seguía en su cara y en el suelo. No entendía el porqué. Frío, sudor, desconcierto. El camino era corto. El baúl pesaba poco. Al entrar en su tienda pudo ver que ya no quedaba queso ni pan, solo niños que correteaban. Corrieron espantados escapando de las manos de Leopold. Lo consiguen todos menos uno. Sangre, dolor, venganza.

— De esta ya no te escapas, ¿Qué te dije que te iba a hacer si te pillaba? ¡Ah, sí!

Tenía prohibido cortar orejas, pero nadie dijo nada de no cortar dedos.

—¿Cuál usas menos, la derecha o la izquierda?

Fuego

Al primer rayo de luz, cinco personas y un niño, que cubría su mano con un pañuelo, esperaban a la hoguera que quiso hacerse de rogar. La noche anterior se conoce que tardó en acostarse y la escarcha no le hacía bien al despertar. La hoguera que todo lo sabe despertó con furia. La madre que abrazaba a su hijo, quería ver el castigo. El resto del personal estaba para supervisar.

Eugene, ajeno a la situación, descansaba sobre la mano del director, que no esperó ni un segundo para lanzarlo y ver cómo ardía. Eugene era valiente y no se quejó, ni lloró, ni suplicó. Leopold hizo todo lo contrario. Demasiados años junto a él para verlo arder. La balanza de la justicia quedó equilibrada, ¿para quién? Para nadie.

Barro, fuego, llanto. Un día cualquiera del segundo mes. Los trapecistas duermen. Las bestias comen. Óxido, pena, humedad. Y la rueda vuelve a girar. Los gusanos llevan un tiempo despiertos esperando a los cuervos oportunistas. Esa noche se iban a adelantar los domadores y el público no se quejaría.

Los allí reunidos volvieron a la suyo, menos uno. El desprecio de la mujer hacia Leopold lo concentró en su saliva y se lo dejó a sus pies antes de irse. El director le dio golpes suaves al su hombro y se alejó espantando cuervos. El resto de personas, a quién le importa.

Leopold, mientras hacía el saludo de los dos dedos, vio como la lágrima de Eugene se deshacía entre las llamas de la hoguera.

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