Que la Fuerza no os acompañe

Por Perroantonio.

escudoNo se ganan las batallas que no se afrontan. El antimilitarismo es muy sano cuando se enfrenta a las dictaduras militares, pero en un estado democrático tiende a convertirse en un relato infantil y floral que se utiliza para deslegitimar a las fuerzas de orden público. Existe el pacifismo ingenuo, muchas veces de corte religioso, pero prolifera entre los grupos extremistas y nacionalistas un antimilitarismo militante cuyo objetivo es socavar el orden democrático. Su mensaje acaba siendo sencillo de entender: desarmad a vuestras defensas para que aplastemos vuestras cabezas.

Habrá qué repetirlo mil veces, cien mil, un millón, siempre y continuamente. Las grandes palabras, libertad, justicia, igualdad, bienestar son papel mojado si no se puede garantizar su aplicación. Cuando el cuerpo social se constituye como tal (llámese nación y constitúyase como Estado, Federación, Unión, etc.) y establece las normas de convivencia y las eleva a categoría de Ley (se llame o no Constitución), asienta el punto de encuentro y el lugar en donde se resuelven los desacuerdos. El punto de encuentro es la Ley, el lugar es el Parlamento y los Tribunales, y el mecanismo de intermediaciación para resolver las diferencias es el Derecho.

En un estado dictatorial es la voluntad unilateral del dictador la que decide todo: cómo se gradúan la libertad y la igualdad, quien goza de bienestar, quien sufrirá y hasta quién morirá. En un estado democrático de derecho, los distintos intereses se someten a confrontación en el Parlamento, donde las fuerzas están representadas en función del número de votantes, y los acuerdos se negocian de forma multilateral; nadie alcanza el punto de satisfacción máxima, todos ceden continuamente y siempre, y a este equilibrio inestable de deseos, logros e insatisfacciones lo conocemos como democracia: la cansina, burocrática y eternamente negociatriz democracia. Quien salta por encima del procedimiento democrático lo hace porque sabe que no puede alcanzar la representación suficiente; como no puede ganar al ajedrez, patea el tablero.

Cuando el Anhelo reemplaza a la Ley y declara que el Derecho ya no es un mecanismo válido de negociación y resolución de conflictos, aparecen la coerción, la fuerza y la violencia. Quienes se reclaman mediadores y pretenden recurrir a la «política» para arreglar los desacuerdos al margen del Derecho, están afirmando que existe un nuevo punto intermedio entre la Ley y el Anhelo, que ese punto siempre será móvil y que siempre lo desplazará el Anhelo a su gusto, que el Derecho jamás servirá como mecanismo para satisfacer a los anhelantes y que el Estado siempre habrá de dar el brazo a torcer cuando intentan retorcerle el brazo.

Pues bien, para impedir el capricho del Anhelo, individual o colectivo, para someter a los Anhelantes al imperio de la Ley y sujetarlos al Derecho, está la Fuerza. La diferencia entre la Fuerza del Estado de Derecho y las fuerzas Anhelantes es que la primera cumple órdenes legítimas y legitimadas siempre que se adecuén al Derecho, es decir, siempre que representen a todos y su finalidad sea preservar la seguridad, la libertad, la justicia y la igualdad de derechos de todos los ciudadanos. Cuando es así y sólo cuando es así, es necesario que triunfe con determinación.

En la batalla actual por la independencia de Cataluña, las fuerzas Anhelantes se han alzado diciendo representar a un Pueblo que es sujeto de derechos primigenios. Afirman que estos derechos, emanados de la voluntad de sus líderes, prevalecen sobre los que garantizan la seguridad, la libertad, la justicia y la igualdad de todos. Afirman la primacía de lo particular frente a lo común, el privilegio de cuna e idioma, su voluntad de escindir lo unido, el derecho a dividir y su derecho a decidir negar nuestros derechos. Como su reclamación es injusta, han disfrazado el Anhelo de Derecho y han reclamado votar «democráticamente» (pero sólo ellos) la abolición de los derechos comunes y declarar nuestra conversión, obligatoria y no pactada, en extranjeros.

En los últimos siglos, el progreso social ha venido asociado a la universalización, a la extensión a todos los ciudadanos de lo que antes eran privilegios de pocos. Es progresista anhelar un mundo sin fronteras, con leyes comunes y sin particularismos que concedan ventajas. El sueño de un gobierno mundial, una legislación planetaria y una justicia universal no es un ideal moderno, sino que ya lo soñaron la vieja iglesia católica (katholikós significa precisamente eso, universal) y los ideales revolucionarios. Que en el camino esos ideales hayan sido pervertidos por el totalitarismo, vulnerados por los particularismos y violados por la corrupción humana no empece que sean deseables.

El ideal universalista, que no se reduce sólo a los mecanismos sino al objetivo de procurar el bienestar universal, pervive aún, burocratizado, en organismos multilateralistas como las Naciones Unidas y en proyectos supranacionales como la Unión Europea. Obviamente son muy perfectibles, pero frente a las tufaradas identitarias, supremacistas, unilaterales y antidemocráticas del Ukip, la Liga Norte o Junts pel Sí (para decirte a ti No), siguen sonando a música celestial.

«Nadie es más que nadie» dice el viejo lema. Por esa razón, y nada más ni nada menos que por ella, convendría someter el Anhelo al Derecho. Pero es que además, su pretensión de estabularnos en Pueblos para negar nuestros derechos individuales y subsumirlos en una supuesta voluntad colectiva no acordada en un Parlamento sino preexistente y sagrada, o de considerar a unos Pueblos superiores a otros y por tanto, con privilegios sobre otros, ataca nuestros principios universalistas y trata de pisotear nuestra utopía de un mundo de acuerdos multilaterales, fronteras abiertas y personas libres e iguales.

Lamento, Anhelantes, que este mensaje no quepa en una pegatina, que su complejidad os produzca disonancias irresolubles y que no seáis capaces de distinguir las ideas luminosas de la simple berrea de la tribu. Representáis la Edad Media o, peor aún, la utopía regresiva de un futuro cómico-folclórico aunque peligroso construido a base de Exin Castillos y estrategias de Juego de Tronos. Por ética y estética, tenéis que ser derrotados. No os acompañará la Fuerza.

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