La entropía

No a la entropía, sí al amorPor Proxuey.

La entropía, sí. La magnitud termodinámica que mide la parte de la energía que no labura. Eso que, dicho en sus términos circuncisos, pone nombre a la irremediable tendencia del cosmos a hacerse mierda. Tú confías en que tienes una ley física intachable, un principio que gobierna la república del intercambio calorífico. Tú confías en eso, con su incalculable gasto de luz, y luego es para nada. ¿Por qué? Por la entropía. La entropía es molesta e insidiosa como un dolor de cabeza, la entropía es el tormento sordo de los zapatos que te comen los calcetines y de las bombachas que no ajustan, y también es esa incomodidad en el ojo cuando alguien, por error, te clava en la córnea una aguja de hacer calceta de veintitrés centímetros. La entropía es irritante.

Nos preguntamos a menudo cuánto tiempo de nuestras vidas empleamos en desenroscar y enroscar la tapa del bote de Nescafé, atar y desatar cordones, abrochar y desabrochar abrigos, subir y bajar la cremallera de las pretinas, abrir y cerrar los cajones y la puerta del portal. No es que no haya actividades no lineales en nuestras vidas plenas de contenido. Por supuesto. Pero no es el momento de abordar escenarios borrosos: tenemos un algoritmo, pues apliquémoslo. ¿Qué indican las proyecciones algebraicas sobre la letra eme, y no digo más? Que las idas no encajan con las vueltas, que los números bailan, que te pica un brazo y es que te falta algo. ¿Por qué? Porque la entropía nos sisa, nos consume y no deduce. Hay que tapar el bote de gel. Claro. Qué fácil es decirlo, el papel lo aguanta todo. Pero un día dejas abierto el tubo de dentífrico. Un día una brisa que entra por la ventana batiente y agita el visillo de muselina tumba el cartón de leche que se había quedado fuera de la nevera. Y pasa lo que tiene que pasar. La leche se derrama, pero tú no te das cuenta porque también olvidas entrar en la cocina. La cocina es de butano, hace mucho que no revisan las gomas y además sigues fumando. Mejor hagamos una elipsis.

Yo tenía una granja en África al pie de las colinas de Ngong y tenía también un hijo metido en una de esas habitaciones. La última vez que lo vi era aún un niño. Sé que sigue aquí y que a veces se abre camino por algún sitio entre la torre del ordenador, los calcetines sucios, los restos de un accidente aéreo y las cajas vacías de cereales. Lo sé porque él por lo visto va a un instituto, lo sé porque la profesora de matemáticas es conocida de una amiga y ellas me han hablado. No dejo de imaginar el momento de nuestro reencuentro: ¡Hijo mío!, le digo. Hijo mío y tonto como el que más, haz el favor de ordenar esta antropía, esta zahúrda, esta espelunca. De qué vas. Capullo. Memo. Con amor y mucho tacto es mejor, amigas. Es difícil pero da resultado.

Por eso mismo deseo concluir con un mensaje esperanzador, porque la esperanza es difícil pero es lo único que da resultado. Que si armadas de fiera escoba una mañana, una tarde, una noche de insomnio os atrevéis a mirar bajo la cama, quedaréis hechizadas por los aterciopelados ovillos y hasta recios pelotones que el polvo ha tramado; sí, esos que trotan como corderos y te miran con sus ojitos soñadores. Las personas negativas no verán sino polvo e inmundicia. Y sin embargo yo os digo que la Luna y los planetas se forjaron de esa misma mugre, del polvo y la entropía de las casas, pero en mucha más cantidad. Solo hay que esperar un poco todos unidos. Solidaridad, confianza. La Luna no está tan lejos.

—¿Qué está más lejos, la Luna o Londres?
—¿Tú ves Londres desde aquí? A que no. Pues eso.

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