Un día nací yo (II + III)

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Por JRG.

Ya nacido y con mis primeros puntos de sutura, como primera medalla de lo que sería una larga carrera de recogida de más trofeos vitales, continué con mis ensayos para ir deprisa por la vida. En aquellos años había mucho tiempo para jugar, y no existían las guarderías. Pero existían los hermanos mayores o las vecinas que jugaban contigo a las mamás.

Mi vecina del segundo tenía 9 años más que yo y se llamaba Blanqui. En aquellos años que una chica tuviera 10 años ya la capacitaba para quedarse a tu cargo, mientras las madres de verdad hacían sus cosas de la casa o de fuera de la casa. Su padre era el controlador (que controlaba bien poco) del aeródromo de SanSebastian-Fuenterrabia. Un Fokker a Madrid y otro a Barcelona, era todo lo que tenía que controlar.

Bueno, Blanqui tenía dos trenzas largas y quería ser enfermera de mayor (cosa que logró y además se convirtió en alguien indispensable en los quirófanos de un hospital de Sevilla) y se doctoró en maternidad, cum laude, conmigo. Yo le tenía bien cogida la distancia, y sabía como lograr las cosas indispensables. Que me cogiera el conejito de goma, que me diera ración extra de papilla de frutas, que me diera más polvos de talco en el culete y esas cosas importantes de niños. Además me sacaba mucho por la calle con sus amigas. Ella estaba muy orgullosa y yo también, todo se debe decir, ya que sus amigas me prodigaban muchos mimos y atención. En eso esta parte infantil estaba bien cubierta, sin problemas.

Ahora puedo aclarar, el porqué de empezar estos relatos vitales por el uno y luego pasar al 4, para ahora volver al 2 y 3. Con Blanqui, se difuminan todos mis recuerdos buenos de infancia e incluso preadolescencia. Esta serie mía la he agrupado por quinquenios. No por querencias ni comunistas ni capitalistas, es que 5 está bien. Además de ser primo es redondito, sin esquinas. Y estos dos que nos ocupan en este relato, desde los 5 hasta los 15 años, más o menos los he ido eliminando de mi disco duro. Más que nada para poder seguir avanzando por la vida.

Los niños son gente muy muy dura, no se crean. Un niño sabe sufrir en silencio como el que más, y no ser comprendido por nadie. Un niño sabe desde la salida que es distinto, que no tiene nada que ver con la mayoría de los otros. Que le encantaría ser como los otros, así, y diluirse, pero que no, que él no es así.

Leí los libros esos de Los Cinco, pero los dejaba a medias, me entraba una angustia enorme pensar que mi infancia se iba a pasar y yo no habría vivido esas historias más que en libros. Mientras, los Madelman eran mi contacto con el futuro. Como mi presente no me gustaba nada, me proyectaba en futuros. Mi bicicleta soñada, se transformaba en la moto de Angel Nieto que me proporcionaba el reposabrazos del sillón de pana verde que había diseñado y construido mi padre con perfil de tubo negro y confortables cojines integrados. Sentía el viento en la cara, y me tumbaba con el elegante estilo de Agostini, pero sacando más la rodilla.

Mientras, veía desde el balcón del 1ºB de la Avenida del Generalísimo pasar el turismo de Francia, Bélgica y Alemania de camino a una España prototurística. La D de Alemania, la B de Belgica, la GB y sus volantes del otro lado, la CH de Suiza, que me costó bastante tiempo saber que era Confederación Helvetica. La ND de Holanda. Luego los Poids Lourds y las BMW boxer y las BSA de los ingleses, así como los franceses con las primeras HONDA 750 four.

Debajo de casa estaba el concesionario del Sr. Yarza, don Tomás, que tenía la casa OPEL y una BMW de color azul. Cuando iba a la tienda de Araquistaín a los recados, siempre dejaba los mocos en aquel escaparate. Luego iba a la tienda “La palentina” a comprar mi sobre de Montaplex con el módulo lunar.

Las chicas, muy prietas en sus vaqueros, pasaban de camino al Instituto Pío Baroja haciendo sonar sus sandalias de madera Scholl. Y yo notaba algo parecido a un calambre que me hacía seguir mirando aquello.

Sonaba Luis Mariano en el tocadiscos de mi padre y la televisión comenzaba a las cinco de la tarde con Valentina y el tío Aquiles.

Mi hermano era un ser ajeno a la familia, pelo largo, Lambretta, discusiones y pelos muy largos con barba.

Gritos, muchos gritos. En la mesa Moshu Martin y lentejas en puré, conversación de fábrica y de gentes que no pagan. Un padre que espacia su llegada, y una madre que se lamenta de su desdicha que tú no comprendes.

El presente no se puede respirar, y en ese balcón pasa la película de lo que quieres. La promesa de velocidad y de irse lejos, de no estar asentado, de esto no es lo tuyo, pero tampoco sabes que hacer con ellos. Empiezas a pensar que deberías hacer algo por ellos, sin saber en el charco en el que te meterás, pero no dejas de verlo inevitable.

Por fín Hilario después de una vuelta en la Lambretta, te compra tu primera caja de pinturas y un lienzo.

Te rechazas. Te rechazan. Vas al colegio. Destacas, pero te aburres. Yo no quiero destacar en eso. Cosechas los problemas de tu velocidad, de que nada encaja, y empiezas a vivir más fuera que dentro, pero sin dejar nunca de estar dentro.

El primer cigarro. La primera carrera de verdad. Gasolina, música y luces de neón. Sigues cosechando puntos de sutura. Enormes fracasos y desventuras teñidas de frustración.

No encajas. No encajas en tu personaje. Demasiados miedos. Hipervelocidad y guerra de las galaxias. Chicos raros a los que no les gustan las chicas. Curas a los que les gustan los niños. Cine de barrio de los Hermanos de La Salle y una teta en la pantalla.

Ni tan siquiera ahora soy capaz de poner orden en aquello. Lo aparto y lo saco de vez en cuando para ver qué me dice… pero sigue sin decirme nada en concreto aunque esté construido de eso. Cuando menos ya no me pesa, ya doy por cumplida una labor, que finalmente no se ni si era mía ni si ayudó a nadie. Pero mantuve el palo de la vela aunque a nadie le gustó y yo tampoco quedé satisfecho.

Sólo somos lo que somos, y las vidas no son novelas con argumento, son cosas que nos van pasando y en algunas pilotamos bien y en otras no.

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