8-O

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Reconquistar una ciudad

Por el Camarada Sërgëi, con interpolaciones saturianas

Los vivas a Cataluña se alzaban como entonados por un coro barroco que cantara al Hacedor, sublimes y  limpios, inmaculados de xenofobia; y junto a ellos, los vivas a España, tan novedosos en las calles de Barcelona, arropados por las banderas y los carteles llamando a la concordia.

Que el día iba a ser histórico nos lo anunciaron el sol, la luz y la muchedumbre cadenciosa que pasó sin cesar durante la hora y media que estuvimos en la terraza del bar Mariona, centro de operaciones del Escamot ÇhøpSuëy. No pudo unirse a nosotros Jesús, que con su Comando Anticebollos decidió tomar el Parlamento sin conseguir su objetivo: entrar en ese circo en que los xenófobos han transformado el hemiciclo catalán. Tampoco pudieron llegar ni Botillero, atascado antes de Urquinaona, ni Bolaño, porque cuando Holmesss, desde su esmárfono, le indicaba que girara a la izquierda, él se iba a la derecha; cuando le indicaba que estábamos voramar, él enfilaba hacia el Tibidabo. «Como es socialista, no se entera», constató Satur.

Los primeros en llegar fuimos Satur, Funes, Onagro y yo. Funes pasó la noche en un autobús y regresó a última hora. Onagro llegó a las nueve de la mañana a Barcelona y su autobús salía a las tres de la tarde. Honor y gloria a ambos. Luego vinieron Holmesss, Miguel -el organizador del operativo contrarrevolucionario montado por el Marqués- y Gómez, que anunció que por allí andaba Luis Artime  (fue una pena no conocerle en persona). Camino de Vía Layetana perdimos a Miguel y a Gómez, pero nos acompañó su espíritu combativo y espero que les ocurriera lo mismo con nosotros. Holmesss no supo responder a la pregunta que se hace todo el fanzine: por qué sigue siendo culé. Satur le animó repetidas veces: «¡Sí que es pot, sí que es pot!»

Alcanzamos la cabecera de la manifestación, y aquí dejo paso a la crónica de Satur:

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«Fue un momento emocionante. Allí estaban García Arbelol e Inés Arrimadas. Crucé una mirada con ésta y se le iluminó la cara; ensayó una caída de ojos, yo sonreí, Inés hizo de aquí con la cabeza, como indicándome que me acercara y compartiera esos momentos históricos con ella, pero fruncí los labios y entristecí el semblante indicándole de esta manera que estaba prometido y me era imposible; ella ahogó un sollozo que todos interpretaron como propio de la emoción de la marcha por la ciudad. Yo me mantuve firme e impertérrito, soldado de mi prometida, espolique del amor».

Me sorprendió la ecuanimidad entre España y Cataluña en himnos y banderas. Como dijo Holmesss, los nacionalistas han dejado un vacío al enarbolar la «estelada» y los catalanes no nacionalistas se han apropiado de la «senyera». No es moco de pavo esta conquista de un símbolo en plena batalla de la propaganda. No pudimos oír los discursos; un dron, creo que de la Policía Nacional, sobrevoló la muchedumbre, «férvida y mucha». No se puede decir que estuviéramos dirigidos por nadie. Apenas se veía a la policía controlando nada, no hubo reparto de carteles ni hubo indicación de corear lemas y consignas. Todo era de una alegría dominical y marítima que esponjaba el alma y disipaba la resaca. El discurso del Rey había sido el gol de Torres ante Alemania y la manifestación fue el de Iniesta ante Holanda.

El momento más importante para mí, fuera de poner cara y de charlar con los amigos de ÇhøpSuëy, tuvo lugar frente a la comisaría de Vía Layetana: los gritos de apoyo a la Policía Nacional fueron rotundos y sentidos como un solo de guitarra.

Los barridos de la policía -una medida de seguridad- impidieron el uso continuo de los esmárfonos. A duras penas pude mandar la dirección del punto de encuentro a los desperdigados miembros del Escamot del fanzine. Allí pudimos conocer finalmente a Bolaño y dimos con Botillero. Dejo de nuevo paso a Satur:

«Alegría desbordante. El Escamot Çhøtsuëk fue recibido con honores por una pléyade del mundo político y cultural de nuestra Patria. Allí estaban Cayetana Guillén Cuervo Álvarez de Toledo y su juanete, Jordi Bernal, Veronika Plainport, el tuitstar Pablo Mediavilla, Mikel Arteta, Ráfala Torre, Andrés Trapiello, Rosa Belmonte y una que no sabía quién era y que era Emilia Landaluce, cosa de la que me he enterado posteriormente, y así como le planté dos besos a Rosa Belmonte, que más guapa ni en pintura, me hubiese gustado hacer lo mismo con Emilia Landaluce, porque comparte con la Belmonte que más guapa ni en pintura y que la leo y escucho cada semana. También estaban el exnityurnalista Catón, los Pericáyez, Nicolás Redondo Jr., Julio Iglesias Valdeón, Joan Obriu, José María Alberto De Francisco, Félix Ovejero y algunos amigos más. Decir que comimos opíparamente y que en la interminable lista de llorones que ha dado el «prucets» se añade el Gremanel. Sumándose a los mozos llorones, al llorón Piquer y a la corte de llorones que salen en todas las crónicas de estos días, me encontré al Gremanel llorando a moco tendido en los mingitorios. Cierto que era de alegría. ¿Por qué lloras?, preguntele. Hipando me respondió: «Es de la emoción, no soy el más gordo mullido del ágape, ¿has visto a Jamón Tano?» Y es verdad, sumado a la comida estaba el simpaticote y entrañable Jamón Tano, a quien saludamos con redoble fraternal en los omóplatos. Capitaneando la tropa, Arcadio Espada, juligán de sí mismo, rutilante y feliz».

Escribo esta crónica desde el avión, aún sorprendido por cómo desbordaba Barcelona de una muchedumbre ávida y feliz. Ávida de justicia y feliz por poder ejercerla ella misma, dueña de sí, sin cadenas ni esclavitudes, sin manipulaciones y sin engaños. No hubo reclutamiento alguno. Y por primera vez en muchos años, Barcelona se volvió normal. No es mala reconquista. Para darse cuenta de ello basta leer las declaraciones de esos gusanos mórbidos que se autofagitan alimentándose de su propia pus y de su propio detritus. Nada deseo más que esta nueva bellaquería de los comunistas, la descalificación de la manifestación por estar comandada por el fascismo, les salga muy cara y jamás vuelvan a reponerse.

He leído El Mundo y el ABC, con sus crónicas atemperadas por la incapacidad -que comparto- de no poder transmitir aún la magnitud de la proeza. He ojeado La Vanguardia en un bar, el único que he encontrado Balmes abajo que ofrecía su menú en la pizarra en castellano e inglés. Me ha vuelto el reflujo apestoso que el domingo emanaba del clavegueram de Barcelona. La ciudad apestaba y la podredumbre la expelían los respiraderos del alcantarillado. La Barcelona xenófoba ejercía de caganer totémico. Pero ya se está rehaciendo, una vez vaciadas sus tripas. Escribo esto el lunes, sobrevolando Europa, y el martes Puigdemont, el esperpéntico engendro de la Cataluña negra, hablará en el Parlamento, presumiblemente para declarar la independencia y ponerle rúbrica a su revolución tribal. La nación, los ciudadanos que la conforman y que le dan sentido, los que claman por la libertad y la igualdad, ya ha tomado posiciones. Ahora solo falta que el Estado cumpla con su deber. Y que lo haga correctamente.

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INolvidapla

Por Funes

Viajé de noche, de modo que muy a primera hora de la mañana del domingo estaba en Sants.  Me quedaba mejor la estación del Norte, pero como tenía mucho tiempo decidí dar un paseo.  Lo primero que hice fue tomar una  foto antes de que le cambien el nombre por «de Puigdemont»  o «del 1 de octubre» o «de los 893».

Al llegar a Plaza Cataluña me desvié por las Ramblas. Quería comprar una bandera de España, y pensé que en alguna de esas tiendas típicas, con el sabor de la Barcelona de toda la vida que venden souvenirs y camisetas de Messi  podría encontrar una. Entré  en un badulaque regentado no sé muy bien si por paquistaníes o suecos o algo así, no sé, que yo no soy enólogo.  No tenían enseñas patrias a la vista y no pregunté. Finalmente en uno de los kioscos del paseo central pude hacerme con una banderita discreta, con un mástil como la pajita de un cóctel, que podía llevar cómodamente asomada en el bolsillo exterior de la chaqueta, a la altura del corazón.

Por fin llego al punto de encuentro y contacto con Brema. Pronto se nos unen Onagro -una de esas personas con las que en seguida se siente uno a gusto– y Holmess -la personificación del seny.  Sentados en una terraza reponemos fuerzas, la mañana avanza tranquila e imparable como la riada de gente  camino  de Urquinaona. Al fin se nos une Gómez, un tipo de esos en los que todo es verdad, no hay nada de presunción, de aparentar, en él.  Y un amigo del Marqués, Miguel, quien, al enterarse que vengo de Madrid, me hace portador de una senyera que acepto de buen grado. La llevo primero como una capa, como una bufanda después. (Marqués, dígale a su amigo que tengo su cuatribarrada  aquí, que espero devolvérsela algún día y que mientras tanto la cuidaré hasta que se deshilache o se pierda o se la coman las polillas). Decidimos avanzar, y en cosa de dos minutos Miguel y Gómez han desparecido, ya no les volvimos a ver en todo el día. Los otros cuatro conseguimos mantenernos juntos toda la mañana.

No voy a describir la manifestación; ya han visto todos ustedes las imágenes. Allí está todo el mundo, incluso los que no han podido estar en persona, se las han arreglado para hacerse ver de alguna manera.

La policía y la Guardia Civil, ya lo saben, han sido vitoreadas constantemente. En una parada que hacemos a descansar y refrescarnos, coincidimos con unas mujeres que vienen de Bilbao.  Onagro las escucha hablar del Cuartel de La Salve y, bilbaíno él, entabla conversación con ellas, que resultan ser esposas de Guardias Civiles. Me acerco a una, la más joven,  a transmitirle mi apoyo:

– No estáis solas- le digo con solemnidad.
– No, estamos con nuestros maridos- responde señalando  a unos maromos  sentados un poco más allá.

La sensación general a lo largo del día es de jubilosa sorpresa; se ha roto con creces una barrera invisible. Varias veces escuché decir: «esto hacía mucha falta».  Y todos los catalanes con los que hablé se mostraron muy agradecidos a los que vinimos de fuera de Cataluña, aunque los que realmente tienen mérito son los barceloneses, que por la tarde regresarían a sus casas con sus banderas  a la vista de sus vecinos.

Brema me adoptó como si fuera su ahijado, y me llevó  a comer con gente muy interesante al Raval y disfruté mucho. Se cantó «Mi querida España», se brindó por todos los españoles… libres e iguales. Conocí también a Bolaño,  muy agradable. Y ya casi cuando me iba, a Botillero (s.c.)

Despedime y salí de nuevo a la calle,  ya casi sobre las 18:00. Las cervezas, el cigarrillo que me lió Bolaño (Bolaño, ¿era solo tabaco?),  la marea de banderas de España en la Ramblas, el espíritu a flor de piel, todo parecía un tanto irreal; incluso me encontré con una diosa.

Fue realmente inolvidapla.

Hagamos que perdure.

De uniforme

Por Botillero

Tras la contundente comparecencia del Rey para exigir respeto a un orden más o menos aseado, llegó la réplica del contumaz Puigdemont con un escueto així no que demostraba que su rebeldía ha venido para quedarse. Mientras veía esa declaración recibí un mensaje de Satur en el que me decía que se plantaba en Barcelona para asistir a una manifestación, la de esa mayoría llamada silenciosa, que prometía ser desbordante. Y vaya que sí, que fue desbordante, tanto que en mi caso, como en de la mayoría de asistentes, no resultó una manifestación sino una concentración, pues era imposible moverse por unas calles, las del centro de Barcelona, que rompían por completo el itinerario fijado por los organizadores.

A Satur, ataviado con un polo de la Academia General Militar, lo vi una vez acabada la manifestación, en la comida que se organizó, y no antes, puesto que al salir de casa con el tiempo justo me resultó imposible llegar hasta el bar que nuestro hombre en Barcelona había fijado como punto de encuentro. En ese evento conocí a Funes y a Bolaño, pero ya no vi a Holmess, con quien sí pude cenar la noche anterior allí donde Satur, otra vez, me emplazó. De un evento que resultó histórico me quedo con una imagen que certifica lo transversal de esa resistencia pacífica: en la calle Pau Claris, entre una masa que no podía moverse, tenía a mi derecha una octogenaria en silla de ruedas y a mi izquierda un niño de un año que dormía en su carrito ajeno al clamor de Puigdemont a prisión. Eso, y cómo no, la patriótica indumentaria de Satur.

VIRTUD

POR Tanit Abril

Definición de virtud: dícese de la justa medida entre el exceso y el defecto, decía Aristóteles (según contaba mi profesora de filosofía de COU en sus interminables y aburridas horas de clase)… El pasado 8 de octubre me levanté dubitativa, había convocada una manifestación a las doce a favor de la unidad de España, en contra de la independencia que Mr. Puigdemont pretendía proclamar en los próximos días. No sabía si ir, desde siempre tenía la vaga idea de que el que gritaba “Viva España” era un facha y el que decía “Visca Catalunya” un independentista… Yo nunca he sido de ninguno de los dos bandos, no quiero tener que elegir. Pues bien, se puede ser españolista sin ser facha y catalanista sin ser independentista. Esa es la conclusión que saco de lo que viví yo en las calles de Barcelona durante la manifestación. Sin demasiada convicción de si aguantaría o no entre medio del tumulto fui a la manifestación. Lo que me encontré fue una pacífica marcha a favor de la unidad, con un sentimiento de impotencia y hartura de la cómica y penosa situación de Cataluña de las últimas semanas, en boca de la prensa internacional y de medio mundo. ¿Los mensajes más escuchados?: “Soy español, catalán y europeo”: “Puigdemont a la presó”; ” Ahora diréis que somos cinco o seis” (dirigiéndose a la televisión autonómica TV3) y consignas varias que no hicieron más que reconfortarme de la sensación de angustia de las últimas semanas. Parece que no todos los catalanes queremos la independencia. Una mayoría silenciosa o quizá silenciada en estos años… por fin habló. Está claro que no va a llover a gusto de todos y hay que intentar buscar una solución “virtuosa” en la medida de lo posible, por el bien de la convivencia de todos los ciudadanos de Cataluña y de su economía, que ya empieza a verse afectada con las fugas de varias empresas importantes que antes prefieren prevenir que curar. Sin atender a extremos ni por un lado ni por el otro… ¿será capaz el Sr. Rajoy -señor, por llamarle de alguna manera- de atender y dialogar? Dicen que milagros… a Lourdes, pero no pierdo la esperanza, que junto a la vergüenza, es lo último que se pierde.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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