Apuntaciones sueltas sobre el rock

house

 

Películas de rock: «Comeback», de Christel Buschmann.

por Fernando García.

El rock observado desde una óptica nitzscheana: es música y actitud dionisíaca.

Dionysos es el dios de lo caótico y desmesurado, de lo informe, del oleaje hirviente de la vida, del frenesí sexual, el dios de la noche y, en contraposición a Apolo, el que ama las figuras, el dios de la música; pero no de una música severa y refrenada, sino, más bien, de la música seductora, excitante, que desata todas las pasiones, la música rock.

Podemos considerar por lo tanto a Wagner como el primer rockero.

 

Resulta inédito las pocas películas de rock que se hacen, siendo sin duda un filón. Pero más extraño aún resulta la baja calidad en general de estas películas, con muy escasas excepciones (se pueden salvar quizá «Out of the blue» y evidentemente «The great rock and roll swindle»).

«Comeback» cuenta con Eric Burdon como protagonista, lo cual es un gran punto de partida. Sin embargo, la película no pasa de un tono mediocre, rozando en algunas escenas lo grotesco. No me cabe duda de que, si en vez de Burdon, el protagonista hubiera sido por ejemplo Miguel Ríos (aun con todos mis respetos) el resultado sería altamente chabacano y nunca se hubiera estrenado en el Alphaville.

El esquema vertebral de la película es muy bueno: Burdon y sus buenísimas canciones, una historia de huida del «business rockero» que roza lo autobiográfico, dos ambientes absolutamente heavys: California en su lado sórdido (alguna de las callejas me recordaron a las de Nueva Orleans que describe Tool en su «Conjura de los necios» y el insuperable Berlín Oeste, y un «leit motiv» central que puede dar mucho de sí: «Cuando mueres, eres grande», aplicado en la vida real hasta la saciedad (Hendrix, Joplin, Morrison, Elvis, Lennon, Vicius, etc.)

Sin embargo, todos los personajes carecen de fuerza, incluido el que encarna Burdon, mantienen relaciones absurdas entre sí, son no humanos cuyas muertes a lo largo de la película no nos transmiten la más mínima emoción. Y este no es un efecto pretendido por la director, y eso lo es, es fallido, pues es cierto que el mundo de rock es habitado por zombies, pero zombies que desprenden un gran hálito de vida, siendo precisamente esto lo que es difícil de captar por una cámara, y lo que evidentemente C. Buschmann no ha ni siquiera intentado. Otro detalle chusco es la insistencia con que es repetida la frase «When you die, you are great» a lo largo de la película, lo que hace que hasta el más despistado adivine cuál va a ser el final. Sin duda, lo que salva el producto final es, aparte de la presencia del legendario Eric Burdon, un buen montaje y algunos hallazgos casuales como el increíble club punk de Berlín, donde actúa un grupo desesperado, siendo esta escena más auténtica que todo el resto del film.

Pero para una buena información sobre Eric Burdon, mejor que ver esta película, es recomendable escuchar cualquiera de sus discos. Una sola audición de «When I was young» es suficiente para superar todo el mensaje de Christel Buschmann (¿una mujer, intentando transmitir algo tan fuerte como Eric Burdon?)

Madrid, agosto de 1981

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