Agua con gas

BIKE
Por Álvaro Quintana.

Hacer noche en un aeropuerto es una experiencia que endereza el carácter, como que te destinen al Sáhara en la mili o que tu padre te pague el primer polvo. La noche caía en aquella ciudad extranjera mientras yo contaba y recontaba el dinero que tenía en el bolsillo. «Estoy más pelado que el culo de un mono», cogité meditabundo al tiempo que ponía los brazos en jarras, movía la cabeza de un lado al otro, me arrebujaba en el abrigo y reproducía todos los demás gestos que llevan a cabo los personajes de novela para rellenar párrafos. Calculé que la viruta me daba para el billete de autobús una vez llegase a destino y con el sobrante podría dejar una rácana propina en una cafetería (sin haber tomado nada, eso sí). Tenía diez horas por delante hasta que despegase el avión, tiempo que dediqué a familiarizarme con la poco hospitalaria arquitectura del aeropuerto. Las sillas me llegaban hasta la mitad de la espalda y, tras un cuarto de hora sentado, se me dormían los dedos de los pies y se me caía la baba por un costado de la boca sin que me enterase, como cuando te anestesia el dentista. La blancura hostil de los pasillos me lanzaba la luz a la cara con la insistencia de una alarma que nadie apaga. Repetí los mismos pasos en los mismos rincones con la angustia ciega de un pájaro en una jaula. Los paneles que anunciaban vuelos escasos a esas horas parecían un decorado de película chinorris de miedo. La cristalera dejaba una oscuridad en el exterior que me atraía como el agua al sediento.

Para no volverme (más) loco, decidí invertir 1€ en un botellín de agua, con tanta puntería que saqué uno de agua con gas. Las maldiciones que lancé al aire cuando reconocí ese brebaje solo potable para italianos o, peor, para franceses, que Alá confunda, fueron terribles como la mirada del Dios de los Ejércitos salida del Arca de la Alianza. Que me cagué en Cristo y en todos los santos a grito pelado, vamos. De pronto, el gas de la botella infame adquirió trayectoria y volumen, al poco solidez y color y en un momento tenía delante de mí a un fulano en el que, gracias a la perilla relamida, reconocí inmediatamente a un genio de los de las leyendas orientales y los dibujos animados. Aguardé con paciencia el mensaje pregrabado.

— Gracias por liberarme de las paredes de plástico de esa prisión en la que llevaba desde 2008 —el tipo tenía acento argentino; lo que faltaba — . En gratitud por tu generosidad sin orillas, te concederé tres deseos. Pensá bien lo que pedirás: el Oriente y el Occidente, la riqueza y la sabiduría, el amor y la gloria, todo puede estar a tus pies.
— Quiero que me llames bwana.
— ¿Ese es tu primer deseo?
— Sí.
— (…).
— ¿Y bien?
— Concedido.
— Concedido, ¿qué?
— Concedido, bwana.
— Mejor. Y no me mires con esa cara: si fueses una genia, ahora me estarías llamando “bebito”. Ahí va el segundo deseo: de chaval me robaron la bicicleta del garaje. Quiero que me transportes ahí cinco minutos antes de que suceda.
— Hecho.
— Grrrrr.
— Hecho, bwana.

En un parpadeo, estaba en mi garaje tal como era hace dos décadas. Esquivé la nostalgia y el olor a aguarrás como pude y fui al lío. Cogí una rama de madera para leña y la palpé detenidamente; hice la misma operación con una barra de hierro bastante roñosa y decidí quedarme con esta. Encontré unos guantes para la huerta algo rotos y llenos de mierda y me los puse. Me apoyé contra el coche a esperar. Miré mi vieja bici y sonreí.

Se escuchó la repetición de unos pasos y la puerta del garaje se abrió. La cara que se asomó no me decía nada; en cambio, yo debí de decirle mucho al paisano, pues se quedó paralizado del todo con un gesto muy cómico. Creo que se me escapó un gemido cuando, temblando de excitación, le descargué el primer golpe en el hocico. Cayó hacia atrás y dio una voltereta de espaldas de ten points en las Olimpiadas de alguna dictadura del este. Cuando dejó de rebozarse por el suelo, le seguí arreando en la espalda, en las piernas y en donde caía la barra, hasta que ya me dolía el costillar de reírme como un maníaco y le dejé arrastrarse fuera de mi vista.

En otro parpadeo me encontré de nuevo en el aeropuerto delante del genio, que me miraba raro, che. Notaba una sensación extraña en el estómago, no sé si de remordimientos o de que el viaje en el tiempo me daba flojera. Me puse a pensar en el tercer deseo. ¿Tal vez la erradicación de algo infinitamente cansino, como los Vettels, los runners o la triquinosis? ¿La transformación de las autopistas en carriles bici? ¿Sustituir todos los deportes emitidos en televisión por un canal de kantxa 24 horas? Al final, pensé en todas las horas de aeropuerto que tenía por delante y opté por la relajación: quería un jacuzzi con Catherine Fulop y Jacqueline de la Vega en actitud dispuesta y con un surtido de aceites que ni un viajante del ramo.

— Concedido, bwana. Antes de irme, me gustaría decirte algo. Menuda mierda de deseos. Sos un gilipollas y un amargado y ojalá te quedases para siempre en este aeropuerto y tuvieses que hacerte el jacuzzi con agua con gas en un bidé, mongólico. Me voy ya porque no te puedo ni ver. Pero antes…
— Qué.
— ¿Me podés rellenar la encuesta de satisfacción?
— Te vas a cagar. Y te ha faltado el bwana.

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