El asesinato de Baroja, 6. El asesino

borraja
Por José Martínez Ferreira.

Desde que en julio de 1936 fuera asesinado Pío Baroja hasta que se supo el nombre del culpable pasaron más de veinticinco años, durante todo ese tiempo la historia oficial ocultó lo que verdaderamente había sucedido mostrando el crimen como un accidente fortuito en un control de carretera, tal y como decía la nota de prensa emitida por el General Mola en Burgos transcrita en el segundo episodio de este trabajo. En 1962 la historia se reescribe con la entrevista que concede el requeté Julio Anguita, presente, según él, en los hechos, a César González-Ruano, en la que identifica a su compañero Juan Mendizábal como autor material del crimen. Hasta dónde es real lo que contó Anguita al ABC nunca se sabrá pero su relato se ha tomado como cierto desde su publicación. ¿Quién fue Juan Mendizábal? Su nombre aparecía en varios lugares pero no fue hasta que José-Carlos Mainer publica su reportaje “Baroja y su asesino” (El País Semanal, 17 de julio, 2005), donde se recogen y ordenan todos los datos conocidos hasta ese momento de la vida de Mendizábal, cuando empezamos a conocerle de verdad. Todavía queda mucho por saber de su biografía ya que varios años de su vida siguen en total oscuridad. En este episodio de “El asesinato de Baroja” intentaremos resumir, añadiendo descubrimientos posteriores al artículo de Mainer, lo que se sabe de aquel joven navarro que acabó con la vida de Pío Baroja de un disparo en la cabeza.

Juan Mendizábal Muruzábal nace en Pamplona el 31 de enero de 1915. Su padre, Juan Mendizábal, es médico en Pamplona, su ciudad natal, mientras que su madre, Estrella Muruzábal, nacida en Leiza, es pianista aficionada, siendo una de las fundadoras en 1918 de la agrupación “Los Amigos del Arte” y durante varios años colaboradora de la Orquesta Santa Cecilia. Juan comienza sus estudios en el elitista Colegio de los Capuchinos de Lecároz junto a sus dos hermanos, Pedro y José María, y en 1934, siguiendo la tradición familiar, se matricula en la Universidad de Zaragoza para estudiar medicina. Al acabar el curso de 1936 Juan regresa a Pamplona. Sus padres y hermanos están de vacaciones en Biarritz y allí se quedarán durante toda la Guerra, según la documentación aportada por Mainer en su artículo.

Nada más producirse la sublevación militar del 18 de julio comienzan a organizarse y armarse en Pamplona los requetés y Mendizábal se alista el día 22 en la columna mixta de requetés y militares al mando del coronel Joaquín Ortiz de Zárate. La columna tiene como principal misión ocupar los montes cercanos a Oyarzun tras unirse a los requetés al mando de Alfonso Beorlegui, que ocupan Vera de Bidasoa. La columna sale de Pamplona a las 4 de la tarde del mismo día 22 en cuarenta camiones requisados, pasan por Almandoz donde Mendizábal ve a Baroja asomado a un balcón y siguen hasta Narvarte, lugar en el que se produce la muerte de Baroja, tal y como se relata en el primer capítulo de la serie.

Su paso por la Guerra Civil se puede seguir a través de distintos relatos. Tras abandonar Navarra por la orden de Mola de desviar varios vehículos de la Columna Ortiz de Zárate a Zaragoza para que él y sus compañeros desaparezcan del escenario del crimen que han cometido, el requeté se instala en la capital aragonesa, ciudad que conoce perfectamente por sus estudios y en la que campa a sus anchas, al decir de Anguita. Por el esclarecedor “Fusilados en Zaragoza, 1936-1939: tres años de asistencia espiritual a los reos” (Mira Editores, Zaragoza, 2003), diarios del capuchino navarro Gumersindo de Estella recopilados por Tarsicio Azcona y José Ángel Echevarría, podemos situar a Mendizábal en primera línea de la represión contra los republicanos. Cuenta Estella que “entre los fogonazos he distinguido al hijo de Estrella, a quien tantas veces vi jugar en casa cuando venía con su madre a tocar con Emiliana, nos hemos mirado y reconocido pero no nos hemos hablado. Qué dolor ver a aquel niño que tuve en mi regazo convertido en un ejecutor, Dios le perdone”. La madre de Mendizábal había sido compañera de conservatorio de la pianista Emiliana de Zubeldía, hermana de Gumersindo de Estella, y ambas se veían cada vez que la concertista volvía a Pamplona de sus giras por el extranjero. La anotación transcrita del capuchino pertenece al día 7 de octubre de 1936, día en el que, entre otros, son asesinados en la tapia del cementerio zaragozano de Torrero los hermanos Augusto y José María Muniesa Belenguer, profesores ambos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza. El primero de ellos, Augusto, que años antes había sido concejal del Ayuntamiento de Zaragoza en representación del Partido Republicano Radical Socialista, en enero de ese mismo año había expedientado a Mendizábal tras una violenta discusión entre ambos en la clase de Histología y Anatomía Patológica, en la que, según la documentación que se conserva en los archivos de la Universidad, Mendizábal amenazó de muerte al profesor, debido a lo cual fue apartado de las clases durante dos semanas, según cuenta Luis G. Martínez del Campo en “Depurar y ahorrar. La purga del profesorado universitario en Zaragoza (1936-1945)” (ROLDE – Revista de Cultura Aragonesa, núm. 132, pág. 4-15, Zaragoza, 2010) –PDF-, quien adjudica a Mendizábal personalmente el asesinato de los profesores. Gumersindo de Estella cita dos veces más a Mendizábal en sus diarios como participante activo en sacas de presos republicanos.

La narración pasa ahora a Manuel Sánchez Forcada, quien nombra en varias ocasiones a Mendizábal en su “Diario de campaña de un requeté pamplonés (1936-1939)” (Príncipe de Viana, núm. 230, pág. 641-681, Pamplona, 2003) –PDF-. Por ese diario sabemos, entre otras cosas, que Mendizábal torea unas vaquillas en Benavent el día de San Fermín de 1938, “el Comandante da orden de que la valla de la plaza esté acordonada por los requetés, pero sin fusil. Juan se lleva las mayores ovaciones, el toro le hace rodar por el suelo varias veces; pasamos un gran día”. Un mes más tarde, el 12 de agosto, tras una fugaz visita a Zaragoza, Mendizábal está de nuevo en la provincia de Lérida y a cinco kilómetros de donde había toreado, en La Portell, a orillas del Noguera Ribagorzana, se produce un “ataque con más intensidad debido a lo cerca que estamos de ellos, la artillería y la aviación no pueden actuar; nuevamente muchas bajas, muere Martín”. Días después, el 18 de agosto, aparece en El Pensamiento Navarro la esquela de Martín Aldaya Zabalza, requeté del Tercio del Rey, muerto a los 26 años, quien casi con toda seguridad es el Martín presente en la muerte de Baroja.

Según Anguita al final de la Guerra Mendizábal y él están en Barcelona. Aquí terminan los datos de primera mano de Anguita sobre Mendizábal, diciendo que se queda en la capital catalana mientras él se vuelve a su casa en Puente de la Reina. No se han encontrado todavía datos seguros sobre esos años de la vida en Cataluña de Mendizábal, seguramente participó en distintas operaciones represivas a la vez que se movió en terrenos cercanos al contrabando y a la extorsión. Así al menos se apunta en la sección El estraperlo de “El primer franquismo en Manresa en un clic (1939-1959)” de la página memoria.cat de la Associació Memòria i Història de Manresa, en la que se le identifica como Juan Navarro, personaje citado en varias ocasiones por la Guardia Civil y del que hay constancia de su breve paso por prisión.

Tras esos años oscuros en la Barcelona de la posguerra Mendizábal vuelve a aparecer en 1945 acompañando al SS-Hauptsturmführer Miguel Ezquerra como uno más de los españoles reclutados por éste para defender a Alemania ante la inminente caída de Berlín en manos de los Aliados. Ezquerra y Mendizábal se conocían del Frente de Aragón, donde ambos habían luchado en la Guerra Civil, tal y como cuenta el oscense en “Berlín, a vida o muerte” (Acervo, Barcelona, 1975), “salido de no sé dónde apareció una mañana un viejo compañero de trinchera y frascas, el navarro loco Mendizábal. Combatimos codo con codo hasta que todo terminó”. Sin saberse ni cuándo pasa la frontera hacia Francia ni cómo llega a la Alemania nazi, o si participa en alguna batalla anterior dentro de la División Charlemagne, Mendizábal se acopla desde el primer momento en la Einheit Ezquerra junto a restos de la División Azul y otros voluntarios españoles de la Waffen-SS. Hitler se suicida el 30 de abril en su búnker pero Ezquerra y los suyos siguen peleando hasta que, brazos en alto, al amanecer del 2 de mayo de 1945, se rinden a los soldados soviéticos. “Aunque había amanecido, todo estaba todavía muy oscuro por el humo de la batalla. Salimos con las manos en alto y a Juan casi lo matan allí mismo porque las bajó un momento para encenderse su último cigarro. ‘Rusos, hijos de puta’, murmuraba sin parar con el pitillo entre los dientes mientras nos llevaban no sabíamos dónde”.

Los prisioneros son enviados a distintos campos de prisioneros en la URSS, aunque Ezquerra logra escapar en Polonia y volver a España. En un primer momento Mendizábal va al campo de prisioneros de Makarino, donde trabaja bajo cero pasando grandes penurias. José Ruano Ferrer, divisionario caído prisionero en Krasny Bor, lo cita en “José Ruano Ferrer, 11 años en el gulag” (Revista Aportes, vol. 29, núm. 84, pp. 7-78, Madrid, 2014) –PDF-, extenso artículo de Héctor Alonso en el que recoge entrevistas y fragmentos del diario de Ruano, como el compañero con el que le roba la comida a un perro: “No lo pensamos ni un momento; enarbolando los picos nos fuimos derechos al perro, dispuestos, pasase lo que pasase, a arrebatarle la lata de condumio. El animal, al vernos llegar en actitud amenazadora, defensivo alzó la cabeza enseñando los afilados dientes; pero Mendizábal le pegó rápido un fuerte golpe con el pico”. Tiempo después Mendizábal es trasladado al campo de Cherepovets, lugar donde pasa el resto de sus años en prisión y donde al parecer hace valer sus estudios de medicina, ya que Julián Fuster Ribó, médico en el campo de prisioneros de Kengir, lo nombra en una de las cartas a su hermana transcritas por Luiza Iordache en “En el gulag. Españoles republicanos en los campos de concentración de Stalin” (RBA, Barcelona, 2014), “me dijeron que había un médico navarro llamado Mendizábal en Cherepovets y a través de la Cruz Roja pude escribirle, hace poco recibí su respuesta”. No se conservan esas cartas entre ambos médicos. Desde principios de los años cincuenta se empiezan a hacer gestiones en España para repatriar a sus presos en la Unión Soviética, pero no es hasta después de la muerte de Stalin cuando comienza esta liberación, llegando el primer barco con presos españoles el día 2 de abril de 1954 al puerto de Barcelona.

Mendizábal continúa preso en Rusia todavía unos años más y llega en mayo de 1959 al puerto de Almería en el buque Sergei Ordzhonikidze, último barco que llega a España con repatriados de la URSS. Unos días después de arribar está en Córdoba, en casa de Lorenzo Ocañas Serrano, compañero suyo en la Batalla de Berlín y en las cárceles soviéticas, quien había llegado al puerto de Barcelona repatriado en el Semíramis cinco años antes que Mendizábal. Su estancia en Córdoba está únicamente documentada porque en el accidente de tráfico que le cuesta la vida Mendizábal conduce una motocicleta Lube propiedad de Ocañas. Tras veinte años sin estar en su casa, Mendizábal se dirige a Pamplona cuando al anochecer del 23 de julio de 1959 un coche se le cruza en la carretera a la altura de la localidad burgalesa de Cubo de Bureba, no puede evitar el choque y sale despedido hasta dar contra el muro de un palomar cercano. Fallece en el acto.

Dos días antes del accidente de Mendizábal cenan en San Sebastián Pío Caro Baroja, Manuel Altolaguirre y María Luisa Gómez Mena, donde los dos últimos han ido a presentar en el Festival Internacional de Cine una primera versión del “Cantar de los cantares”, la última película del poeta malagueño. Caro Baroja se había acercado desde Itzea a ver a sus amigos, con quienes había colaborado en México en varias de sus películas. Tal y como recuerda en su libro de recuerdos sobre sus años mexicanos, “El Gachupín: En busca de la juventud perdida” (Pamiela, Pamplona, 1995), Altolaguirre siempre había tenido palabras generosas para su tío Pío, le había horrorizado sobremanera la muerte absurda del novelista porque le hacía revivir las de sus hermanos Luis y Federico a manos de milicianos, el primero de ellos asesinado por un grupo de anarquistas junto al poeta surrealista José María Hinojosa ante la tapia del cementerio de San Rafael de Málaga. Gómez Mena, mecenas artística cubana y segunda esposa de Altolaguirre, había vivido entre Segovia y Madrid en los años veinte y había asistido a alguna representación de El Mirlo Blanco en casa de los Baroja, según anota Carmen Baroja en “Recuerdos de una mujer de la Generación del 98”.

Altolaguirre, quien según Caro Baroja conducía muy mal, vuelve con Gómez Mena a Madrid. Pasado Aranda de Duero se queda dormido al volante, el coche invade el carril contrario y choca con una moto que viene de frente. El Renault Dauphine matriculado en México que conduce da varias vuelta de campana y acaba bocabajo en un trigal. Gómez Mena muere en el acto y su cuerpo es llevado al Ayuntamiento del pueblo mientras que Altolaguirre, herido grave, es trasladado con urgencia a Burgos, donde ingresa en el Hospital de San Juan de Dios, falleciendo a los tres días. Ambos están enterrados juntos en la Sacramental de San Justo de Madrid.

Al igual que sucede con María Luisa Gómez Mena, el cuerpo de Juan Mendizábal es trasladado al Ayuntamiento de Cubo de Bureba. Se hace cargo de él el único familiar directo que queda vivo en su familia, su hermano José María, notario en Pamplona, que lo entierra en el panteón familiar del Cementerio de San José pamplonica, donde desde hace años reposan ya sus padres. El cuerpo de su otro hermano, Pedro, voluntario en la División Azul, descansa en algún lugar de Rusia, donde murió combatiendo. En mayo del año siguiente Juan Mendizábal es homenajeado junto al resto de requetés fallecidos ese año en la reunión anual de carlistas que se celebra en Montejurra. Anguita, que asiste al acto, se entera ahí de la muerte de su compañero. Poco después, ya enfermo, decide contar el secreto que ya únicamente él conoce y a través amigos comunes contacta con César González-Ruano, al que le relata la verdad de lo sucedido aquel 22 de julio de 1936 en el que murió Pío Baroja.

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