Todos lo hacen

llamesinpasar
Por Mortimer Gaussage.

Entró apresurada en mi oficina y probablemente no tuvo tiempo de leer el cartel de llame sin pasar. Las frases ingeniosas sólo tienen éxito, moderado, en las novelas. Se vino directa a mi escritorio y mientras rebuscaba un cigarrillo en su bolso me dedicó una mueca que quería ser una sonrisa. Esperó hasta que se lo encendí para empezar a hablar. Habrá que buscar a alguien, dijo, en caculado impersonal. Midió el efecto de sus palabras en mi rostro y valoró lo que podía decir de mi negocio el cenicero robado de un motel de citas. No me pregunta a quién hay que buscar, dijo, levemente desafiante. Dejé pasar unos segundos largos en los que a mi vez valoré su largo pelo negro, sus grandes ojos castaños, el rojo de los labios y esa barbilla decidida. No me importa que las mujeres atractivas se tomen confianzas siempre que quede claro que el gallo de mi gallinero soy yo. Dígame a quién hay que buscar, ¿Señora..? ¿Señorita…? Los tópicos funcionan, por eso son tópicos, así que me contestó preguntándome si eso significaba que aceptaba el trabajo. Son cincuenta la hora más gastos, dije despacio, duplicando la tarifa, con una mirada que quise fuera de acero pero posiblemente no lo fue. La mayoría de las mujeres no perciben mis miradas altaneras, aunque bien pudiera ser que sepan resistirse a ellas. Mi intuición me decía que ésta era de las segundas. Tiene ese dinero, pregunté en tono cortante, como si mi interés fuera dar por terminada la conversación. A cuánto ascienden los gastos, dijo ella displicente dejando caer la ceniza en la alfombra aparentando un descuido mientras tomaba asiento. Los gastos son gastos, dije, así que los que hagan falta, y yo decido cuáles hacen falta, aclaré. No me puede dar ni siquiera una estimación, repuso dejando escapar una bocanada de humo. Imposible, dije acodándome en la mesa para darle énfasis a mi negativa, si le dijera una cantidad le mentiría. Pues miéntame, dijo con una voz de pronto ronca y sensual, todos lo hacen, yo lo hago constantemente. Estaba claro que aquella desconocida quería salirse con la suya. Siempre estoy dejando de fumar a la espera de esos momentos en los que vale la pena volver a hacerlo y aquel era uno de ellos. Alargué la mano hacia su tabaco mientras la miraba a los ojos, rechacé su encendedor Ronson Varaflame y prendí el cigarrillo con una cerilla que rasqué en la suela de mi zapato que advertí desatado. Cinco mil, cien arriba, cien abajo. Me parece perfecto, dijo con esa decisión y desinterés por el dinero de quien piensa no pagar, y cuándo empieza. Dejó caer algo más de ceniza en el raído tapizado de la silla que no se molestó en limpiar y clavó en mí la mirada de sus grandes ojos castaños. Las frases ingeniosas y sarcásticas siempre se me ocurren en cama, al final de día, fumando, pero tonterías que dan el pego si no piensas mucho en ellas fluyen de mi cabeza con pasmosa facilidad. Aún no sé su nombre señora o señorita, y aún no he aceptado su caso, pero le voy a dar un consejo por el que no le cobraré: la primera oportunidad siempre llega por sorpresa y gratis, las siguientes hay que pedirlas y a menudo pagarlas caras. Chupé satisfecho de mi cigarrillo mientras me recostaba en mi silla y ella dijo lentamente, eso es una estupidez, juega Vd. con las palabras para no decir nada. Piénselo cuando esté sólo en cama esta noche, fumando. Se hizo un largo silencio incómodo sólo para mi que se alargó hasta que ella decidió volver a hablar. El mundo es un lugar frío y peligroso para una mujer sola, Mr. Gaussage. Siempre ha sido así y así seguirá siendo. Asentí con la cabeza porque dentro sólo bullían juegos de palabras tan malos como el que acababa de soltar. La morena de los grandes ojos castaños se estaba tomando demasiadas confianzas y aunque me resistía a reconocerlo me estaban pareciendo pocas. Y a quién tengo que buscar para Vd. en ese lugar frío y peligroso del que viene, pregunté intentando sonar como un profesional curtido. Otra voluta de humo escapó de entre sus labios que lenta y perezosa se fue elevando hacia el ventilador y me preparé para otro largo silencio, así que abrí el cajón donde guardo el whisky pensando en atarme luego el zapato, para no tropezar si la acompañaba a la puerta, pero contestó de inmediato. A mí. Pronto faltaré. Lo sé. Son cosas que una mujer sabe cuándo van a ocurrir. Pero por ahora no puedo decirle más. Sabrá entenderlo. Aquello se estaba volviendo ridículo. Llené los vasos y alcé el mío para brindar, por Vd., que está aquí, dije. Vació el suyo de un trago y dejó sobre la mesa una tarjeta de visita boca abajo y un sobre color manila que sacó del bolso y sin despedirse se levantó y se dirigió despacio a la salida. Con la mano en el pomo de la puerta se volvió levemente y dijo, júreme que no faltará a su palabra, Mr. Gaussage, júreme que me buscará, júreme que me encontrará. Me pareció que el brillo de una lágrima corría por su mejilla. Como no le estaba mirando a la cara sino a las largas piernas y el bonito trasero pudo ser un reflejo del neón del hotelucho al otro lado de la calle. Descuide, volveremos a vernos, dije con el aplomo de quien se despide para siempre, y recuerde, la segunda oportunidad hay que pagarla, todos la pagamos, constantemente. Cuando salió suspiré y me recosté en mi silla, puse los pies sobre la mesa, di un sorbo al whisky mirando el cordón desatado y pensé, cincuenta a la hora más gastos.

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