No digas ni pío

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Por Perroantonio.

Para relajarnos, mi entrenador de baloncesto nos hacía tumbar en el suelo y utilizaba la técnica hipnótica de la habitación negra: «pensad en una habitación negra… con todos los muebles pintados de negro… con luz negra… y, en el centro, un punto negro… ahora, mirad a ese punto negro… concentraros en ese punto negro». En teoría, si durante el intermedio del partido centrábamos toda nuestra actividad mental en aquel punto durante unos siete minutos, salíamos más descansados y alerta que nuestros rivales. No sé yo. Me resulta dificil creer que Pepe o Diego consiguieran concentrarse en el punto negro. Yo, desde luego, no lo lograba; ni siquiera fui capaz de imaginar una habitación negra hasta que vi la película Alien. Cada vez que lo intentaba, en lugar de relajarme bombeaba adrenalina, porque es evidente para cualquiera con dos dedos de imaginación que una habitación negra sólo puede estar llena de serpientes negras. Serpientes negras reptando unas sobre otras por el suelo negro, sobre el sofá negro, sobre los muebles negros, retorciéndose y colgando de la lámpara negra que proyectaba luz negra. A ver quién se fijaba en el maldito punto negro, quién se atrevía a meter la mano entre aquel amasijo de serpientes negras para encontrar el punto negro, que quizá fuera el huevo negro de una gran serpiente negra. O sea que yo, relajado de la relajación, no salía nunca. Tampoco ahora, que cada vez que alguien me pide que me relaje, pienso en la habitación negra y entro en ebullición.

Me pasa lo mismo con el gorrión de 120 kilos. Desde que oí por primera vez el chiste, hace ya muchísimos años, no puedo dejar de ver el gorrión de 120 kilos. Dice George Lakoff en No pienses en un elefante, libro que tampoco he leído, que una vez que el pérfido manipulador te ha activado una estructura mental inconsciente quedas encerrado dentro de su marco mental y ya no eres capaz de abandonarlo: imposible dejar de pensar en el elefante. En mi marco mental no hay encerrado un elefante, hay un gorrión de 120 kilos. Del país. Da igual lo que haga o adónde vaya, cuánto me aleje o cuánto intente pensar en otra cosa: siempre aparece el maldito gorrión de 120 kilos. Aburrido, pesado, agotador, cansino, repitiendo el mismo piar como una carraca, el puto gorrión de 120 kilos. Pienso en una habitación negra, con los muebles negros y la luz negra y, en el centro, el punto negro resulta ser el gorrión de 120 kilos. Si al menos se comiera a las serpientes…

¡Pío, pío!

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