Estrella errante (El regreso de Dirty Gómez)

PALO
Por Gómez.

Este relato se presenta como una obra de ficción.

Pues comoquiera que disponía de una licencia de armas, un revólver y un carné profesional, decidí aprovecharlos y probar unos meses aquel trabajo. Recuerdo lo que sucedió cuando le enseñé mi flamante arma del calibre 38 a uno de mis amigos de entonces.

–¡Joder, qué suerte, vamos a dar un palo!

–¡Qué coño dices de un palo, idiota! Soy un representante de la ley.

Era verdad. Hasta había prestado un solemne juramento del cargo en comisaría, la misma comisaría donde unos años antes había estado detenido durante más de doce horas.

Trabajaba como servidor de la ley y el orden de lunes a viernes, y los fines de semana continuaba, por mi cuenta, como Jefe de Seguridad en una discoteca de moda. Me destinaron a la estación de mercancías de la Renfe. Turno de noche. Era un territorio vasto de vías, muelles y andenes donde limpiaban y reparaban los trenes. También salían y llegaban allí los trenes de mercancías que recorrían el país. Todo el mundo –empleados de Renfe, gitanos de los alrededores y personal de seguridad– robaba en los vagones como si no hubiera un mañana. También el cobre y el vagón-restaurante de los trenes de largo recorrido. A mis veintiún años recién cumplidos, no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar.

Y me encontré con una panda de cabrones enloquecidos de la peor especie.

El día de mi llegada me enseñó las instalaciones un compañero, ya de cierta edad y con pinta de darle duro al alpiste, llamado Galiano, al que apodaban Cantinflas. La verdad es que vigilábamos diez o quince kilómetros cuadrados de terreno: vías, trenes, casetas y tierra de nadie. Cada turno se componía solamente de ocho o diez personas que habíamos de controlar tan extenso territorio. Además, íbamos a pie. Resultaba hasta ridículo.

–Esos son el Petao, Caraculo, el Camisas, Pichote, JR… –me iba señalando Galiano.

Yo iba memorizando motes y apellidos. Llegamos hasta el lugar donde estaba de puesto el que vigilaba la caja fuerte donde guardábamos las armas y los equipos.

–A éste le llaman Mataperros –me presentó.

Era un hombre de casi cincuenta años, sordo como una tapia y clavado al profesor Franz de Copenhague de los tebeos. Le habían bautizado con ese mote porque unos meses atrás le habían atacado unos perros asilvestrados que rondaban por la zona y mandó al otro barrio a dos animales, de sendos disparos, antes de que el resto de la jauría comprendiera que se habían equivocado de víctima y optaran por tomar las de Villadiego.

–Mataperros lo será tu puta madre –le dijo, furioso, colocando la mano en las cachas del revólver.
–¿Me vas a pegar un tiro, Mataperros? –respondió Cantinflas, también con la mano en el revólver–. ¿Me vas a pegar un tiro?
–¡Pruébame, payaso! –le retó su oponente.
–Tranquilos, señores –dije–. Tranquilos.

Logré calmarlos. Diez minutos en el oficio y ya había asistido a una especie de duelo del Oeste por parte de dos tipos que podían ser mi padre. La cosa pintaba fea.

***

Mientras me enseñaba la zona, nos metimos en un coche-cama. Abrió un compartimento y me dijo: “¡Aquí!”

–¿Aquí qué?
–Te habrán dado el pijama reglamentario en la empresa, ¿no?
–¿Pijama? ¿Dan un pijama también?
–No, joder. Qué pardillo eres, coño. Espera, que me tomo mi aspirina. –Sacó de su bolsa una botella de Soberano y le dio un buen trago. Me la ofreció.
–No, gracias –dije.
Dio otro trago.
–No hay mejor somnífero –dijo.
–Seguro que es así.

Y nos pusimos a dormir como bebés.

***

Cada noche llegaba, elegía un tren y dormía en él hasta la mañana. Era un invierno especialmente gélido, y por lo general rondábamos los cero grados. Resultaba imposible aguantar al raso. Por lo visto todos hacíamos igual; incluso algunos se iban a su casa, pasaban allí la noche y regresaban al trabajo poco antes de la hora de irse. Nadie nos controlaba. Era un trabajo relajado. El secreto estribaba en esconderte donde nadie te pudiera encontrar y tú no pudieras encontrar a nadie. Yo era bueno en eso. Una noche en la que estaba profundamente dormido en un tren, escuché una voz junto a mi cabeza:

–¡Te voy a chupar la sangre…!
–¡Me cago en Dios! –grité aterrorizado mientras saltaba del camastro y sacaba el arma.

Estaba completamente a oscuras. Monté el arma y apunté a la oscuridad. El corazón me latía a mil por hora.

–¿Quién anda ahí? –dije.
–¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! –aulló otra voz.

Entonces me di cuenta de lo que pasaba: llevaba el walkie-talkie en el bolsillo del dos cuartos; se trataba de un gracioso haciéndose pasar por Drácula; le había respondido el Hombre-Lobo.

Volví a enfundar el revólver.

Acto seguido se escuchó el vozarrón de Galiano cantando. Se notaba que estaba ya completamente ebrio:

Yoooooo nací bajo su luuuuz fugaz…
Yoooooo naciiiiiiiii bajo su luuuuz fugaz…
Fue una estrella errante
en una noche azul
que vino a señalarme
el triste destino de mi amor…

Tenía voz de barítono, el muy cabrón. Las tres de la mañana y el personal de seguridad al completo estaba dormido, borracho, en su casa o haciendo el imbécil. Seguí durmiendo.

Todo estaba en orden a este lado de la ley.

***

Unas noches más tarde, cuando llegó Galiano me dijo, muy eufórico:

–¡Me caso!
–Joder, tío, felicidades.

Le estreché calurosamente la mano.

–Mi chica y yo llevamos diez años juntos –dijo–, y al final nos hemos decidido a pasar por la iglesia.

Horas después –y varias aspirinas más tarde– dábamos una vuelta por las vías. Contrariamente a lo que era habitual en él, llevaba un rato sin hablar. La euforia se había disipado. Yo también andaba en silencio. De pronto, se sentó en una valla y comenzó a llorar. Todo su cuerpo se estremecía como si estuviera convulsionando. Parecía desecho. Yo no sabía qué hacer: no estaba acostumbrado a ver llorar de esa manera a un tipo que me doblaba la edad. Le pregunté:

–¿Qué te pasa?

Por toda respuesta, colocó sus dedos índice y meñique en un universal gesto de cuernos y situó la mano en la parte posterior de su cabeza… En ese momento, muy a lo lejos, alguien cruzó las vías. Galiano le alumbró o con la linterna, pero con total certeza el sujeto no lo vio y siguió su camino.
Galiano dejó de llorar, sacó el arma y me ordenó:

–Vamos.
–Adónde –pregunté.
–¿No lo has visto? Le he dado el alto a ese tipo y ha huido.
–¿Huido? Si no te ha podido ver. Además, iba vestido de amarillo.

Lo empleados de Renfe llevaban un mono amarillo.

–No me envían más que mariconas –dijo, en voz alta, refiriéndose a mí–. Y echó a correr.
Seguí caminando, despacio, en aquella dirección. Al cabo de unos minutos distinguí un pequeño tumulto: un empleado de Renfe yacía esposado en el suelo y a mi compañero lo habían rodeado varios compañeros del detenido y le estaban zarandeando. Logré que no le dieran una paliza, pero al día siguiente los sindicatos de Renfe colocaron pasquines en varias líneas de cercanías denunciando el atropello.

Y Galiano fue castigado a prestar servicio en una obra junto al mar, en el mismísimo Quinto Pino. A la intemperie y sin trenes cerca para acostarse.

***

Estábamos cuatro o cinco en el andén principal, haciendo el indio por el walkie. Todos nos insultábamos. Hasta un par de radioaficionados se metían en nuestra frecuencia a fastidiar también. De pronto, se escuchó la inconfundible voz de Galiano. Un guardavía caritativo le permitía resguardarse del frío en su caseta.

–A ver si paramos de hacer el idiota –tronó–. Que la emisora está para casos de emergencia y no para hacer el capullo.

Aquello me molestó: por regla general era él, con diferencia, quien más hacía el idiota de la plantilla. Además, todavía me escocía que me hubiera llamado maricona la noche que esposó a aquel tipo. Así que, poniendo voz de falsete para disfrazar la mía, comencé a recitar por la emisora:

–Cornudo, cornudo, cornudo, cornudo…
–¡A ver si tienes cojones de decirme eso a la cara, hijo de perra! –gritó.

Posteriormente, el guardavía nos contó que Galiano había desenfundado el arma, fuera de sí, y apuntaba con ella al techo mientras me gritaba.

–Cornudo, cornudo, cornudo –seguí.

Todos se aguantaban la risa para que no supiera que éramos nosotros.

–SOY JOSÉ ANTONIO GALIANO GARCÍA Y TENGO SEIS CARTUCHOS CON TU NOMBRE ESCRITO. Y ME FOLLO A TU ABUELA, A TU MADRE, A TU MUJER Y A TU HIJA.

Cambié la voz otra vez.

–Compañero, compañero –dije–. No les sigas el juego. Son los radioaficionados de siempre, que no tienen nada que hacer y quieren provocarnos. No les hagas caso y se cansarán.
–Sí, son unos mierdas y unas putas mariconas –bramó.
–Cornudo, cornudo, cornudo, cornudo…

Así pasábamos aquellas mortecinas horas de uno de los inviernos más fríos que recuerdo. No había mucho más que hacer por esos pagos. Poco después, le levantaron el castigo a Galiano y volvió a tomar sus aspirinas reglamentarias y dormir como un bendito en los trenes. Pero una funesta noche se debió de acostar demasiado cargado y el tren se marchó por la mañana con él en su interior. Despertó a setenta kilómetros de distancia y, claro, se descubrió el pastel y fue despedido de la empresa aquel mismo día. No sé si terminó casándose o no. He pensado bastantes veces en este personaje a lo largo de los años. Espero que al final la estrella errante de la canción le señalara su camino y que éste le condujera a alguna parte. Quién sabe…

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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