Recuerda que no queda nada en el congelador · [Las aventuras de un escalón · 1]

Silvino I, por Clairette SemisecPor Clairette Semisec

– Buenas tardes.

Aquel singular sujeto no pareció sentirse aludido por el saludo. Con su cuerpo de oruga recostado indolentemente contra el pasamanos, limpiaba con parsimonia sus ridículos anteojos, mientras mantenía en un inquietante equilibrio sobre su cabeza esferoidal, un sombrero con forma de tapón de tubo de dentífrico, de los de antes.

–¿No le han enseñado nunca que se debe responder con urbanidad al saludo?

Formuló la pregunta con aquel singular acento que denotaba la indiscutible autoridad de la que se hallaba revestido. La de “Stairway Manager”, en el uso de sus funciones.

El interpelado, dejó caer sus fláccidos brazos de gelatina, tras ajustarse las gafas, y alzó su vista hacia él con una indisimulada indiferencia.

–¿Se puede saber con quién hablo?

-Pues sí. Habla usted con el “Stairway Manager” de la escalera.

Dejó pasar unos segundos, a fin de subrayar la jerarquía de su cargo, y matizó,

–Algo así como su dueño. Para entendernos.

–¡Vaya! ¿Así que el dueño, eh?– en su abotargado rostro se esbozó algo parecido a una sonrisa.

–Y…¡ejém!… podría aclararme con quién tengo el gusto…?

–Con sumo placer. Servidor es un escalón. Ya sabe, una de las superficies horizontales que constituyen su escalera –acentuó el posesivo arqueando ostensiblemente sus despobladas cejas.

El “Stairway Manager” trató de disimular la sorpresa que aquel insólito descubrimiento le producía.

–Mucho gusto…lo cierto es que nunca había tenido la oportunidad de entrar en contacto con ninguno de sus congéneres.

–Pues ya ve; para todo hay una primera vez- dijo el escalón, con aire satisfecho.

–Y… dígame, ¿hace mucho tiempo que ejerce usted ese cometido?

–¿Cometido, ha dicho usted? Perdone, pero yo no ejerzo ningún cometido. Yo soy un escalón.

El “Stairway Manager”, hizo como que no advertía el tono arrogante de la aclaración.

-Ya, y… ¿cómo le va en mí escalera?
–Pues, ya que me lo pregunta le diré que unas veces bien, y otras no tan bien. Todo depende de quien suba o baje. Y, además, no es lo mismo cuando bajan que cuando suben. Por ejemplo, y sin más lejos, cuando baja ese mequetrefe del tercero, ese niño que no puede hacer nada sin su dichosa bicicleta, no puedo decir que sea un placer. En cambio, la anciana del primero, me produce un auténtica satisfacción con su paso lento y apacible, reposando sus dos pies a cada paso.

–¡Caramba! Nunca había reflexionado sobre estos aspectos…

–Bueno, en términos generales, no puedo quejarme. Hay cosas peores. Mí primo Baudilio, que estaba colocado en unos grandes almacenes desde hacía años, fue incluido en un expediente de pre-jubilación, cuando instalaron uno de esos diabólicos artefactos mecánicos.

–¡Ah! o sea que lo suyo viene de una tradición familiar, según veo…

–Hombre sí… Un bisabuelo materno fue escalón en la escalinata del Congreso de Diputados, en tiempos de Pí y Margall. ¡Ah! Y un hermano de mí tío Chinchinato, que emigró a América hace mucho tiempo, es, hoy en día, ¡nada menos que bola de pasamanos en la Casa Blanca! ¡Imagínese el honor…!

–¡Me deja usted asombrado! Y… ¿no se aburre un poco, cuando no suben o bajan los vecinos?

–¡Qué va…! A ciertas horas tranquilas, aprovecho para ensayar los coros de algunas canciones.

–¿Ah, sí? Y… ¿qué clase de canciones suele usted interpretar?

–Ahora estoy con una versión de “Mí carro”, de los Beach Boys, de una gran riqueza de armonías vocales. ¿Quiere usted escuchar un fragmento?

–Me encantaría, aunque le advierto que yo soy más de Belmonte que de Joselito…

–¡Ah, no! Entrar en ese debate está fuera lugar, en este momento. Aunque, tal vez le aclare un poco mí posición el hecho de que servidor, es decididamente más partidario de la epistemología que de la fenomenología, dicho sea con todos mis respetos…

–Bien, dejemos pues la cuestión por ahora, porque, efectivamente, podría llevarnos muy lejos y tengo un revuelto de ajetes con endivias sobre el fuego.

–¡Cuidado! Ahí viene el representante de fundas para candelabros del cuarto izquierda…

El escalón, con una inopinada agilidad, poco acorde aparentemente con sus raquíticos apéndices locomotores, se extendió a lo ancho del hueco de la escalera, con gran rapidez.

Una figura alta y desgarbada, enfundada en un gabán todas luces de un par de tallas más pequeño de lo debido, y tocado con una lustrosa chistera color pistacho, se recortó en el umbral de la puerta y, tras detenerse en él unos instantes, penetró rumbo a la escalera dando unos graciosos saltitos con los dos pies, mientras sostenía en su mano derecha un enorme maletín.

Justo en el momento en el que el vecino del cuarto izquierda aterrizaba sobre el escalón, este encogió súbitamente su panza creando un vacío que el representante vislumbró fugazmente, justo antes de que él, el gabán, la chistera y el maletín desapareciesen por aquel insondable abismo mientras emitían un estridente silbido parecido al de la válvula de una olla exprés a punto de explotar.

–¡Ya está! –dijo el escalón mientras se incorporaba con lentitud y gesto de satisfacción– Hacía tiempo que esperaba esta oportunidad.

–Pero…

–Nada, nada… se la tenía jurada. Que no, hombre, que no… No se puede incomodar impunemente a un digno escalón dejando folletos de promoción, cada vez que se sale de juerga con esa calamidad de lagartija con la que convive, vaya usted a saber en régimen de qué…

–En fin, no sabría que decir…

– Nada, nada. No se aflija. Y ahora, tengo que dejarle. Seguramente el mocoso del que le hablé, estará apunto de ir a sus clases de domador de pulgas y, a lo mejor, mira por dónde, hoy me marco un doblete y lo descalabro definitivamente. Hale, que tenga usted un buen día.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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