Donde todos saben cómo te llamas

seso
Por Álvaro Quintana.

Hace años un colega y yo estábamos en un sex shop eligiendo un consolador que, aclaro, no era para consumo propio sino para hacerle un regalo de cumpleaños a una amiga. El dependiente era un tipo calvo y serio, no obstante amable, que nos explicó con diligencia el género: más grandes o más pequeños, con distintas velocidades, de color carne o brillo plateado que daba frío en la ingle solo verlo… Este tipo humano de antiguo vendedor de enciclopedias puerta por puerta, o de corredor de seguros que distrajo pequeñas cantidades de las pólizas y se fue a la calle, es habitual en los mostradores de los sex shops, según mis modestas observaciones cada vez que he entrado a escampar en uno cuando me pescaba la lluvia, que yo no es que frecuente esos sitios, ¿eh?. Mientras dirimíamos qué aparato llevarnos (no pun intended), entró otro cliente, un cincuentón también calvo que subía silbando con paso rumboso.

—Hola, buenas tardes.

—Jose, qué.

Este pequeño diálogo cortés y familiar hizo que me recorriera todo el cuerpo un bienestar generoso e íntimo, una sensación de amparo y civilización como la que debían de encontrar los caminantes que hallaban una ermita en los territorios de frontera. You wanna go where everybody knows your name, tiritiri tin tin, sonaba en la canción de Cheers, y yo miré la tienda con afecto: su ámbito de plásticos multicolores como un Leroy Merlin del placer, sus hileras de películas ordenadas por géneros y razas sin que ello supusiese discriminación alguna, sus cabinas en las que Jose pasaría las tardes entre espasmos que se coreografiaban con las sacudidas de una negra excesiva. El sex shop se me apareció como otra parada en el trayecto cotidiano, de la misma manera que la panadería en la que saben que te gusta la barra gallega, la carnicería en la que te cortan las alitas de pollo por la mitad sin necesidad de pedirlo o el quiosco en el que intuyen qué promoción es probable que te vayan a colar.

Al fin, compramos el consolador, satisficimos a la cumpleañera (aunque más bien se satisfizo sola) y quedamos tan contentos que al año siguiente volvimos a por unas bolas chinas para la misma efeméride.

En una ocasión me acerqué a otro sex shop que había visto de pasada. Acababa de empezar con una chica y quería comprar utillaje para que no nos estancásemos en la rutina, previsor que es uno. Antes del mostrador había una muchacha sonriente y lozana con un short que dejaba al aire unos muslos con su lozanía correlativa. Me atendió una señora de cierta edad, bien arreglada y simpaticona. Cuando le dije que buscaba lubricante, la buena mujer me sacó el muestrario.

—Tienes de varios tipos. Estos son los de base acuosa. Este de aquí no te lo recomiendo, deja muchos restos. Esos están muy bien y los tienes de diferentes sabores. Los del bote más fino son indicados para penetración anal, por si es lo que buscas con tu chica. O con tu chico.—La señora llamó entonces a la muchacha de la entrada—. ¿A ti cuál te gusta más?

—A mí me encanta este. Da calor con la fricción y a los clientes les encanta. El otro día subí con uno—con esto entendí que el local tenía varias plantas para usos diversos, como El Corte Inglés—y me encantó el de sabor a coco. Yo te recomiendo ese. ¿A tu novia le gusta el coco?

Confesé que no tenía ni idea. No llevábamos tanto tiempo saliendo como para conocer ese detalle, aunque sí para saber que le gustarían unas esposas, que era el otro artilugio para el que había ido a la tienda. La señora me mostró lo que parecía el almacén de suministros de la policía: había esposas metálicas, de cuero… La muchacha intervino.

—Las de piel están muy bien, no te hacen rozadura en las muñecas. A mí son las que más me gustan, son muy suaves.

Al hablar me miraba a los ojos y sonreía. Me estaba poniendo un poco nervioso .

—Tal vez te interese esto— terció la señora—. Es un kit con esposas, ataduras, mordaza, antifaz… Todo en cuero, da gloria tocarlo. Los que empezáis por las esposas al final acabáis en esto, y de precio os sale mucho más económico.

—Ah, sí, las ataduras me gustan mucho—comentó la otra.

Yo sopesaba la reacción de mi (flamante) chica si aparecía con toda esa parafernalia a cuestas. Al final, me quedé con el lubricante de sabor a coco y con las esposas de cuero y pelo que daban calor en las muñecas. Dejé un billete encima del mostrador.

—Jo, no veas la cantidad de cocaína que cae de los billetes con los que pagan los clientes—comentó la muchacha con un mohín de tristeza—.

Me despedí de ellas con calidez y con la impresión de que me habían asesorado en la compra como nunca en mi vida. Salí a la calle con una alegría vibrante y optimista. Pensé que, a las malas, el lubricante y las esposas podrían servirme de equipo de principiante en el tristemente desusado mundo del escapismo. Cogí el teléfono y llamé a la parienta.

—Hola, amor. Una pregunta rápida: ¿te gusta el coco?

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