Mi tío Benigno

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Por Fernando García.

Hay modistos y modistas, sastres y sastras, todo esto mucho antes de que se impusiera la absurda corrección política actual. Mi tío-abuelo Benigno era sastre, mi madre modista y yo quería ser modisto pero en casa no me dejaron. “Son todos mariquitas”, decía mi madre que a pesar de todo les admiraba (Elio Berhanyer y Cristobal Balenciaga eran sus ídolos). Crecí entre figurines, patrones y muestras, pero no pude ser lo que quise.

Mi madre (Chelo modas) vistió a las “ministras” de la UCD, viajaba a París y Milán a ver los desfiles, pero su origen fue muy humilde. Su padre, mi abuelo Venancio, hermano del tío Benigno, tenía una mercería en Torrijos (Toledo). Era, además, socialista. No quise nunca saber qué pasó, pero al entrar los Nacionales lo enviaron a prisión junto a Benigno. En realidad los encerraron en una finca que permitía las visitas los domingos solo a los hijos menores de 10 años; hasta que cumplió esa edad pudo visitarlo, pero al acabar la guerra lo trasladaron a Madrid a la cárcel de Porlier. Fue juzgado de nuevo y condenado a muerte. La familia se trasladó a Madrid esperando que se cumpliera la sentencia. El tío Benigno, que había sido excarcelado, se instaló como sastre en la barriada de los Cuatro Caminos y mi abuela con sus dos hijos se refugió en una portería de la calle de la Estrella.

Aquellos fueron años de plomo. A mi abuelo el Caudillo le dejó salir de la cárcel para morir, pues estaba gravemente enfermo. Cuando yo nací hacía años que había fallecido y en mi casa no se hablaba de aquello. Cuando visitábamos al tío Benigno tampoco se hacía referencia alguna y el tema de conversación era siempre la obra literaria de él, que en su día había escrito algunas novelas pero que después de la Guerra Civil había caído en un profundo silencio. Nos contaba que escribía poemas íntimos que solo compartía con el dramaturgo Alejandro Casona, hoy casi olvidado, pero que en los años 60 tuvo gran éxito en los teatros madrileños. Por fin un día nos anunció la publicación de su poemario largamente esperado, lo tituló “Arco sin flecha” y pasó más que desapercibido. En su momento lo leí y me pareció algo infumable, pero 50 años después ha despertado mi curiosidad; les dejo algunos versos para que juzguen ustedes mismos*.

Le pido a mi madre que me cuente cosas de entonces pero se echa a llorar, pues no entiende mi crueldad. Sí que me cuenta que llevaba al teatro al tío Benigno a ver las obras de Casona pero que ya senil entonaba una llantina que llegaba a molestar al público cercano.

He renunciado a entrar en la Causa General (mis grandes amigos Sergio Campos y Carlos García-Alix se mueven en ella como pez en el agua y me lo podrían facilitar) para saber lo que pasó, de qué acusaban a mi abuelo y a mi tío. Quiero respetar el deseo de mi madre de olvidar aquello y recrearse en sus hijos, sus nietos y sus recuerdos del mundo de la moda, pues con 88 años vive feliz, solo levemente preocupada porque el tarambana de su hijo viva en Barcelona.

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ALEJANDRO CASONA

Auténtico Doctor Ariel de sus maravillosas comedias de ilusión “Prohibido suicidarse en Primavera” y “Los árboles mueren de pie”.

Es no sólo un poeta, es un maestro
que tiene su ideal Pedagogía
realizada con noble Poesía,
paradigama que nace de su estro.

“Sanatorio de almas” nunca nuestro
Hospital, funda, rige y lo confía
a quien sabe de un mal: melancolía,
apartando fantasma tan siniestro.

Espíritus de extraña sutileza,
con ilusión de un bien nunca logrado,
en un dulce abandono de tristeza…

¡Pobres almas, en humilde tornado,
que sufren sin saber que el mal empieza
antes de que el dolor haya llegado!

 

¡GRACIAS, SEÑORA!…

Al gran poeta Alfonso Camín.

Llegó el dolor, ineducado y mudo,
con esa grosería del más fuerte,
y pronto se entabló el combate rudo
de mi quebrada vida con la muerte.

Cerré mi guardia abierta, mas no pudo
mi corazón, en tan adversa suerte,
resistir más, y con postrer saludo
humilde se rindió, quedando inerte.

Ya puedes patronar en mi barquilla,
pasándome, Señora, a la otra orilla,
mientras ante mi Dios me reverencio…

Que por mi senda, llena de amargura,
encontré mi destino y mi ventura
en la gloriosa Altura del Silencio.

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