La procesión

Por Ximeno de Atalaya.

Visitar a la familia es una de las escasas razones por las que está justificada esa extravagancia que algunos denominan pomposamente turismo. El turismo, no creo que haya nadie que sea capaz de convencerme de lo contrario, no es mas que una pamplina consistente en abandonar las comodidades del hogar y sustituirlas por las molestias y engorros consecuentes al viaje y esto supone un trastorno capaz de fastidiar cualquier otra circunstancia por apetecible que pudiera parecer a primera vista. No voy a hacer distingos entre el turisteo y el viajerismo pues por más que busco diferencias no las encuentro.

Bien, pues a pesar de mis firmes convicciones respecto a lo absurdo de los viajes, hace unos días decidí desplazarme desde la metrópolis a la cercana Emérita Augusta. El hombre justo ha de moverse por sus principios; que luego éstos se ajusten a sus acciones, no es asunto suyo. Las acciones tienen vida propia pues muchas veces nacen de las necesidades. Como he dicho, emprendí viaje con el objetivo de experimentar uno de los protocolos sociales más arriesgados que existen: la visita familiar. Un turismo de alto riesgo al que nos sometemos quienes cultivamos unas relaciones sustentadas en dudosos lazos de sangre (si nos atenemos a ciertos rumores presentes siempre en cualquier familia que se precie).

Coincidiendo con mi visita se celebraba en la villa la festividad de la Mártir Santa Eulalia, algo que ocurre con asombrosa regularidad cada diez de diciembre. La Mártir es patrona de la ciudad y en su homenaje organizan una serie de actos conmemorativos que tienen gran predicamento entre los lugareños. Santa Eulalia, que fue sometida a la edad de trece años a trece tormentos a cual más imaginativo es, por si no lo saben, alcaldesa perpetua de Mérida, lo que obliga a los alcaldes ocasionales a un respeto y todo eso.

Desde mi condición de rústico patán, como turista accidental estaba poco interesado en las peculiaridades de los ritos vernáculos y no me sentía demasiado atraído por asistir a tales festejos. Uno prefiere —como Wilde— asistir únicamente a fiestas a las que sólo acuden hombres con futuro y mujeres con pasado, pero, por no parecer desconsiderado, me abrigué bien y me dispuse a disfrutar del momento. El evento principal consistía en una extravagante amalgama entre romería, desfile de monstruos y carnaval. No piensen que exagero, esperen a conocer algunos detalles y quizás luego sea el momento.

Hacía frío. Es lo que tiene diciembre. Por si fuera poco, Mérida se encuentra en un valle atravesado por el río Guadiana y la humedad y las bajas temperaturas hacen que —por estas fechas— se levanten nieblas muy espesas. Tanto que en ocasiones no llegan a despejarse en toda la jornada. Dice la tradición que esas nieblas ocultaron las partes pudendas de la joven mártir cuando prendieron fuego a sus ropas con el sórdido propósito de torturarla. Otras voces relatan que fue la nieve quien ocultó su cuerpo. Si fue así tuvo lugar un suceso aún más excepcional, pues no es frecuente que nieve en la localidad. Niebla o nieve tanto da, lo esencial es que anuncian frío.

A lo que iba, para conmemorar el acontecimiento se organiza una procesión que lleva a los peregrinos hasta la sierra de Arroyo, que dista varios kilómetros y a la vuelta son recibidos por las autoridades civiles y otros fieles cuyas condiciones les impiden el peregrinaje. Sin embargo cualquiera podía apreciar que las autoridades estaban a regañadientes. Se las notaba incómodas por el hecho en sí —homenajear a la niña alcaldesa y mártir— y deseosas de acabar cuanto antes por las circunstancias: un frío que invitaba a no permanecer en las calles más tiempo que el estrictamente necesario. Quizás haya que aclarar que la presencia de las autoridades civiles se debía al interés más que a la devoción, pues su ausencia hubiera ofendido a una buena parte de los votantes más respetuosos con las tradiciones locales. El tiempo —insisto— no invitaba precisamente a pasar toda la tarde al relente. En cambio las autoridades eclesiásticas, que se repartían entre los que acompañaban a los romeros y los que los esperaban a las puertas de la ciudad, no disimulaban su entusiasmo y hacían valer su posición ostentosamente en una de las pocas ocasiones que les quedan para mostrarse en plenitud de su boato.

Cuando llegaron a la ciudad los peregrinos fueron recibidos con vítores y otras muestras de alegría y a continuación el comité de bienvenida se incorporó a la procesión. Detrás de autoridades civiles y eclesiásticas desfilaba una banda de clarines, trompetas y tambores, muchos tambores, que —ruido ensordecedor mediante— hacía imposible el intercambio de improperios entre ellos. Sin embargo, el ruido nada pudo contra las miradas de reprobación con que anduvieron trapicheando ambos bandos con más o menos desahogo.

Tras ellos, cortejando a la joven mártir se agrupaba una muchedumbre de devotos, gran parte de los cuales había caminado desde una ermita situada en la Sierra de San Serván, distante varios kilómetros. Dicen los entendidos que los peregrinos se entregan a tal devoción en cumplimiento de unos votos o promesas. Por ello y por no estar el campo para paseos muchos de ellos presentaban evidentes muestras de desaliento.

Situados inmediatamente detrás del paso procesional, acompañaban al cortejo un grupo de peculiares contubernios romanos. Ya saben, contubernia —los que duermen en la misma tienda— la unidad mínima de combate en las invencibles legiones romanas. Estaban dirigidos por un aquilífer —el que porta el águila—, un par de signíferes que son los que llevan estandartes y otros emblemas y un centurión. Cerraba la variopinta comitiva una banda de música. Nunca mejor escogido el término banda, pues se trataba de un grupo de individuos poco dotados, tal vez poco inspirados, o una singular mezcla de ambas circunstancias, cuya torpeza interpretativa había quedado sobradamente acreditada en diversas plazas.

Sin embargo los supuestos músicos no podían competir con las auténticas estrellas del acontecimiento, los ya mencionados legionarios romanos. Describir el aspecto de estos últimos es asunto delicado. Allí, ante mis ojos y los de cualquiera, estaban unas pocas decenas de individuos de condición física manifiestamente mejorable, enfundados en resplandecientes petos de un latón refulgente hasta hacer daño a los ojos, con grandes muñequeras igualmente rutilantes y un extraordinario casco, de brillo no menos cegador, rematado con un soberbio penacho blanco.

Las circunstancias climatológicas de frío y humedad castigaban a estos individuos que fueron reclutados a cambio de una soldada sin más criterio que su necesidad en todos los sentidos. Quiero decir que los romanos se sometieron a su cometido estimulados por las condiciones económicas que conllevaba su incorporación y la organización necesitaba romanos de cualquier tipo que diera prestancia al asunto. El atavío de los legionarios con piernas y brazos al raso, no proporcionaba unas condiciones especialmente confortables y por esta razón los soldados portaban sus pesadas lanzas, las temibles pila, entre tiritonas, moquillo y ojos brillantes. Alguno lucía inopinadas gafas -no podía faltar un legionario con gafas- y la mayoría disfrutaba, o quizás fuera mejor decir que sufría, unas condiciones físicas que ni remotamente coincidían con las estimadas por el fabricante de aquellas armaduras. Armaduras que parecían construidas para resaltar la privilegiada anatomía de un Hércules y que en su desafortunado destino eran portadas por especímenes humanos que lucían hechuras especialmente poco adecuadas para su exhibición. En realidad sólo un Adonis hipermusculado o el mismísimo dios Marte atiborrado de esteroides podrían haber rellenado sin desmerecimiento tal profusión de pectorales y abdominales en una vestimenta que parecía diseñada por el centurión con más plumas de todo el ejercito y fabricada por el artesano más entusiásticamente afeminado de todo el imperio.

Desde la calle pude ver como mi ahijado J. con la frente pegada a la ventana escuchaba los tambores que hacían retumbar los cristales. Atabales y tambores enfervorizan a mi sobrino y yo paso por ser su tío favorito, así que subí, abrigué convenientemente al pequeño y lo bajé a la calle para que pudiera contemplar el acontecimiento desde la grada.

Bajamos justo en unos de esos momentos en los que descansan las procesiones. Callados los presuntos músicos, un respetuoso silencio se apoderó del ambiente helado. Las nieblas no habían dejado pasar el sol durante todo el día y ya estaba oscurecido. Hacía mucho frío. No tuve dificultad en ponerme en primera fila, en un lugar privilegiado, justo al lado de un puesto de castañas. La asistencia, aunque abundante, no era tan numerosa como para impedir el acceso y además los fieles suelen mostrarse amables y considerados con las nuevas generaciones pues confían en que lleguen a ser el relevo que de continuidad a sus tradiciones. Agradecí que nos hicieran un hueco y logramos encontrar sitio al calor del fuego. La procesión se había detenido y los penitentes se alentaban los dedos exhalando densas nubes de vaho. Justo en ese instante algunos romanos iniciaron veloz carrera hacia nosotros con la intención de acercarse al calorcito del brasero de las castañas. Para un observador externo podría parecer que una patrulla insólitamente armada estaba atacando al castañero y a los que escoltábamos su preciado quiosco. Cogí en brazos a mi sobrino para protegerlo del embate y cuando lo alcé tuve el atino de ponerlo a poco más de un palmo de un lancero más que fuerte, amplio; más que musculoso, espeso, protuberante y dilatado, quiero decir que era gordo y achaparrado como un escuerzo. Además adornaba su faz con un poblado bigote en el que se condensaba la niebla y su respiración en pequeñas gotitas. Tenía las piernas, torcidas, desconozco si vencidas por el considerable peso de la anatomía que aguantaban o, porque la naturaleza —en su infinita sabiduría— consideró oportuno no dotarle de ningún atributo que pudiera desentonar en un mamarracho de tal calibre. Ya que hablamos de calibres, era de cabeza más que hermosa, formidable, insigne, es decir, sobresalientemente grande o al menos demasiado grande para tan poco casco.

El aterido romano cruzó los brazos alrededor del pilum y puso las manos subbrachia, o lo que es lo mismo en el sobaco, mientras bufaba y pateaba el suelo como un toro manseando. Mientras, castañeteaba los dientes y tiritaba medio congelado. Todo ello a pesar de que la organización había sido indulgente con la soldadesca y les permitió sustituir las caligae —sandalias de combate— por unas anacrónicas pero mucho más calentitas botas con polainas. El resultado, que no era precisamente afortunado desde el punto de vista estético, era manifiestamente escaso desde el térmico. En consecuencia, nuestro soldado excretaba mocos, tiritaba aterido, patitieso por el frío, entumecido y amoratado. El casco permanecía en su sitio a duras penas, a pesar de estar convenientemente atado.

Mi ahijado al contemplar semejante esperpento abrió los ojos desmesuradamente me miró y después, señalando con su manita al legionario, pronunció con cierta solemnidad las siguientes palabras:

— Egto Qué Éh.

Como habrán supuesto el crío a su edad no domina ni el latín, ni el castellano arcaico, sin embargo están ustedes de suerte pues tengo una extraordinaria habilidad para comprender sus peroratas y por ello me permito traducir el significado de su breve, aunque certera locución. El niño había dicho algo parecido a: ¿Pero qué es esto?

La voz del pequeño en medio del silencio provocó que varias docenas de cabezas se volvieran de inmediato repartiendo sus miradas entre el niño y el… ¿”egto”? El “egto” abrumado por la presión de las miradas me miraba tratando de averiguar si había en mí alguna responsabilidad por acción u omisión en el incidente, mientras sopesaba las consecuencias de desencadenar un ataque —esta vez ya en toda regla— contra mi persona. Entre tanto, el chiquillo que es duro a la hora de mostrar sus recientemente adquiridas dotes para la oratoria, resistió como un héroe la invitación a explicarse que le hizo el legionario. El pobre mercenario desconocía que es imposible hacer emitir sonido alguno a mi sobrino sin que haya decidido “motu proprio” regalar nuestros oídos con alguna de sus magníficas y elocuentes peroratas.

“Egto” con sus miradas reprobatorias y su actitud desafiante pasó a ser el centro de atención de la muchedumbre razón por la que se vio obligado a mantener ciertas dosis de compostura. Pero el niño, animado por la favorable reacción de la audiencia prosiguió con su ácido y a la vez certero discurso:

— Tío Timeno: ¿Egto Qué Éh?

En ese momento la situación del “Egto” era ya extremadamente delicada. Al fin y al cabo tanto el niño como yo íbamos discretamente ataviados, quien estaba semidesnudo en pleno diciembre y vestido de “Egto” era él, y a él miraba ya todo el mundo. Un rictus casi imperceptible me hizo temer que nuestro ya amigo “Egto” se olvidara de la acreditada disciplina de las legiones y optara por huir despavorido a plazas en las que el enfrentamiento hombre a hombre no alcanzara cotas tan angustiosas. Afortunadamente para él, un clarín rompió oportunamente el silencio y los integrantes de la comitiva corrieron a ocupar sus lugares.

Instantes después la banda de despiadados músicos arrancaba inmisericorde horripilantes sonidos a sus desgraciados instrumentos presuntamente musicales. Tal espanto captó la atención de la concurrencia, algo que resultó ser la salvación de nuestro amigo “Egto” quien, roto el hechizo y confundido entre sus cofrades, reanudó con imposible altivez su marcial y espero que jugosamente remunerada marcha.

La procesión continuaba su parsimonioso deambular. El estruendo escasamente acompasado de los tambores y el pausado ritmo de algunos penitentes que portaban ofrendas florales precedía a una talla de discutible factura llevada en andas —en una especie paso— por decenas de costaleros vestidos con hábitos rojos y blancos. Encima, en un catafalco dorado, portaban la imagen de una niña entre cientos de ramos de flores. Además varias filas de cirios encendidos amenazaban con quemar a la joven santa, la cual fue martirizada con antorchas.

J. me miraba frecuentemente entre atónito y confundido por lo insólito del espectáculo, cuando de repente, al ver titilando las velitas puso cara de haberlo comprendido todo y batiendo palmas con sus tiernas manos entonó con entusiasmo:

— «Tumpleeaaaañosss feeeeeeliiiiigggg… »

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