La línea del agua

Por Álvaro Quintana.

De pie al borde de la piscina, me pregunto si el agua llegará realmente hasta abajo. La superficie parece cubierta por una lámina azul que colorea ese cráter cortado en calles como un cuaderno en líneas. Me lanzo de cabeza para salir de dudas.

Hay una atractiva tradición de suicidio en los barcos. El pasajero clava la mirada en el agua, serio, atento a la minuciosa identidad de sus detalles, y observa casi ajeno cómo su cuerpo se encarama a la barandilla y se repliega para recibir el frío que corta el hilo entre el salto imaginado y el salto real. El barco se aleja con indiferencia y el breve náufrago traga agua en la lisa cartografía del océano. Fantaseo con hacer lo mismo en la piscina y temo que un dios cabrón, para reírse un rato, me ponga un cristal cuando quiera subir a la superficie.

Rimbaud escribió que veía «un salón en el fondo de un lago». En el fondo de la piscina veo una ascendente línea azul que termina en un Parador donde una señora se atraganta con un sobao rancio y un viejo llama a gritos desde el baño porque se ha quedado sin papel. Un muble duerme sobre una tortilla vegetal.

Un gordo se tira a la piscina y se disuelve lentamente, como una aspirina. Queda un último resto, como un hueso de jibia, que hay que revolver con un recogedor a modo de cucharilla.

Una criatura hambrienta y viscosa recorre el fondo de la piscina y se dirige a la parte en que se encuentran un viejo y un niño. El viejo lanza al niño como quien le tira una chuleta al perro guardián. La criatura devora al niño y el viejo es ayudado por los demás viejos, fijos a primera hora, a salir de la piscina. Todos le comentan que ha hecho bien. Uno afirma que antes, cuando él era un chiquillo, era incluso peor. Los demás le dan la razón.

Cuando atravieso la línea de la superficie, me sorprende debajo del agua la música de los autos de choque. Nado hacia el borde de la piscina como los perros, con la cabeza afuera.

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