El árbol partido, 13. Odón

por Claudio Sífilis.

Odón vestía siempre traje oscuro y corbata, era alto, delgado, calvo, de cara abyecta y un empresario corrupto. Era la clase de tipo que jamás tuvo paciencia para leer un libro, si bien tenía un libro favorito, la Biblia. Iba a la iglesia todos los días porque si no le rezaba a San Pedro y San Pablo perdía la confianza. Presumía que nunca había probado un cigarro ni había bebido una gota de alcohol. Su estado civil era de casado con una mujer. Tenía dos hijos y dos perros, que eran lo que más quería en este mundo. Poseía cuatro empresas en las que no contrataba mujeres, porque decía que distraían a los trabajadores, así que ya no sorprenderá leer que la mujer que más admiraba fuera la Virgen de Lourdes. Él era de los que daba para ayudar a las monjitas, que dormían sin colchón y eso le producía gran sentimiento. Solía decir que hay más pobreza donde no hay ricos que ayuden a los pobres.

En lo negocios empezó a los 18 años con dinero de un prestamista peligroso. Compró 10.500 televisores ligeramente defectuosos a 4.000 pesetas la unidad al gestor de un almacén de un fabricante de prestigio. Vendió los televisores en una nave industrial en la que los compradores hacían cola, a 34.000 pesetas cada uno. Con los beneficios y tal vez otro préstamo compró un club de alterne. Fue sencillo, se enteró que el dueño tenía deudas de juego así que compró barato con la promesa de dejarle de encargado, pagándole todos los meses un gran salario. Una promesa es una promesa, pero si no está en un contrato no hay que cumplirla. Odón se vestía por lo pies y de su palabra nadie dudaba hasta que ya era tarde. Dinero que ganaba, dinero que invertía, y así llegó a tener cinco clubs y las cuatro empresas.

Como las putas de sus clubs eran personas humanas, las puso médico, que obligadamente pagaban ellas. Todos los meses tenían un día de revisión médica que era un cachondeo, algunas desaparecían del club, otras llenaban el bote de orina con agua. Los análisis de sangre eran voluntarios, se dio el caso de una chica que murió de sida y en el club no se dieron cuenta hasta que apareció muerta. Hubo algunos casos de chicas que estuvieron trabajando con hepatitis sin que las pillaran. De los clientes que tienen alguna enfermedad venérea se diría que están deseando transmitirla, las putas dicen que se les nota. Hay enfermedades muy extrañas, una chica, nadie supo qué cogió, perdió todos los dientes de un día para otro. Odón hacía negocio a costa de las putas por todo, si alguna quería pasar un día fuera o tenía la regla y no podía trabajar, le cobraba la casa igualmente. En sus clubs de carretera tenía restaurante para ellas, la comida era una porquería y cobraba el menú como en cualquier restaurante, así que la mayoría comían muy poco, una buena idea para que se mantuvieran delgadas.

Pero Odón no visitaba sus clubs, su tarea era el control de los beneficios y pensar alguna norma nueva para sacar más dinero de clientes y putas, tarea que realizaba principalmente por teléfono desde el despacho de su casa. Se reunía mensualmente en algún restaurante con personalidades relacionadas con el municipio o distrito en el que se encontraba alguno de sus burdeles.

Dejando atrás los antecedentes de esta persona, en un frío atardecer eran dos los acompañantes de Odón a la mesa. Ferviente admirador de los platos de cuchara, a Odón nadie le discutía que en su mesa no hubiera vino. Le escuchaban pontificar las virtudes de aquel cocido que esperaban, que le recordaba al que hacía su madre.

A la derecha de Odón, estaba sentado Ildefonso, un tipo alto y atractivo, no sé cómo se describe a los tipos altos y atractivos que algunas mujeres dicen que no les gustan. Para Ildefonso el mes había sido duro porque hubo un asesinato sangriento en el Love Inn, y Odón se había empeñado en deshacerse del cadáver para que no se estropeara la reputación del club. Ildefonso era un ex alto cargo de la policía que figuraba como director de la empresa Tretatón Sistemas, propiedad de Odón, ésta era una empresa autorizada por el Ministerio del Interior para realizar trabajos de seguridad privada, incluyendo vigilancia y protección de bienes, alarmas, cámaras y controles de acceso. Más allá del puesto de director, la función real de Ildefonso era el control de la seguridad en todos los clubs que tenía Odón. Tenía a su cargo a un número discreto de inspectores de policía que, pidiendo todos ellos la excedencia para poder trabajar en la empresa y con unos sueldos partiendo de los 15.000 euros al mes, como jefes de seguridad, para controlar su amplio territorio. A su vez, controlaban a los encargados y los porteros de los clubs.

El otro invitado era el comisario Patricio que, retrepado en su silla, era un cuarentón corpulento, de perfil romano, la cara con arrugas carnosas, jefe de la comisaría del municipio en cuestión. No les diré el nombre del municipio ya que no quiero desprestigiar a uno concreto, un municipio cualquiera con la única condición de haber tenido en su territorio esta complicación: dos clubs de alterne. Patricio había cerrado uno de los dos clubs dos años atrás, tras cometerse en él un asesinato. Y Patricio era el contacto de Odón con el jefe de la Ucrif, su función habitual era facilitar información de cuándo estaban previstas las visitas de inspección, encargarse temas relacionados con trabajadores y trabajadoras del club. Era una persona bajo total influencia de Odón, incluso empleó a su hija en una de sus empresas. A esta chica le pagaban un sueldo y faltaba al trabajo en las temporadas que estaba de exámenes, la única mujer en plantilla en una fábrica dedicada a la producción de hormigón.

Para Patricio, Odón sacó dos sobres. Normalmente solo recibía un sobre que Patricio contaba descaradamente delante de todo el mundo, 10.000 euros. En esta ocasión se los guardó en el bolsillo como aquel que no está haciendo nada.

Dejemos atrás, ahora sí, los antecedentes. Los tres amigos tomaron la sopa de fideos rápidamente y en silencio, a pesar de estar muy caliente, todos traían hambre y frío a esta comida tardía, solo esta reflexión de Odón se oyó en la mesa durante la sopa, reflexión que no fue rebatida:

– El dinero es como el agua, se te escapa entre las manos, hay que saber ponerse en medio del río, en medio del caudal, y tener habilidad para que no te arrastre, tienes que saber coger los que necesitas y dejar pasar el resto. Escuchad esto que os enseño, no intentéis retener el dinero en vuestro poder como si fuerais una presa, porque os derribará. Hay que dejarse mover por el dinero, como un molino.

Al servirse los garbanzos, acompañados de sus verduras y patatas, Patricio pidió ese moje tan madrileño hecho de tomate y comino, con el fin de viniera la cocinera a la mesa, una tradición en aquel restaurante. Una mujer de mediana edad, de mucha carne en círculos dibujados con compás, con el escote por el que se asomaron todos menos Odón, trajo un cuenco con el aliño y al ponerlo en la mesa pegó su cuerpo al de Odón que reaccionó sujetando y mirando fijamente el vaso de agua. Ella le preguntó en tono malicioso:

– ¿Está sucio el vaso de agua?

A lo que Odón no contestó, ella se quedó a su lado con el plato de aliño todavía en la mano, apoyando su cuerpo en el de él, rozándole al explicar otra vez la técnica de cocina de un buen cocido, en olla de barro, nada de olla exprés. Le acercó el aliño a la cara, y él lo apartó con la muñeca. Así que la cocinera dejó el plato encima de la mesa, y con gesto de asco, se dio la vuelta y se fue. Patricio e Ildefonso sintieron calores como el cocido, pero la cocinera, mujer casada y harta de hombre, solo tenía zalamerías para quien muestra total indiferencia e imperturbabilidad.

A Ildefonso le llamó la atención que Patricio no le hubiera dicho ningún piropo a la cocinera. Arrancó con unos garbanzos que le costaba tragar y se daría por vencido dejando una buena cantidad. Patricio, normalmente vivaracho y contador de chistes tampoco dio cuenta de un plato que Odón terminó con rapidez. Comenzaron con las viandas del cocido, de las que Odón celebró el tocino que afirmó echar en falta a menudo. Tal vez por romper el silencio, Odón recordó aquella anécdota suya de crío, aquella vez que su madre le llevó de la oreja devolver las monedas que había recogido metiéndose en una fuente. Pero nadie contestó ni hizo gesto de sonreír. Disgustado, susurró apretando los dientes un pequeño discurso cargado de reproche, que no de remordimiento:

– No se podía hacer nada por ese Marius. Si se hubiera podido, sabéis que yo soy el primero que hubiera hecho lo que fuera. Le partieron la cabeza a hachazos, ¿qué voy a hacer yo? La gente se cree que porque eres rico y diriges empresas puedes hacer algo. Ese chico se ganaba la vida violentamente, igual que el que le mató. Son gente que tiene el corazón congelado, tienen hielo en la mirada y en las manos. Pueden conocerse durante años, y de un día para otro, cuando da la espalda, le matan. Yo no tengo el corazón frío, creéis que no he sufrido por esto, pero ellos son así, no les cuesta matar, yo soy incapaz de matar una hormiga.

Ildefonso recordaba las discusiones telefónicas con Odón, no hubo manera de hacer razonar a Odón y tuvo que avenirse a sus instrucciones, que por otro lado, estaban ya en marcha por el encargado del club y otros compañeros. Ildefonso llevaba siete años trabajando para Odón y había cometido muchísimos delitos por él, pero nunca nada tan grave como ser hacer desaparecer un cadáver. De una manera u otra, pensaba Ildefonso, esto se va a pique: “Odón cree que por tener una empresa de seguridad sus teléfonos son seguros. Y todo lo dice por teléfono y el día que se le pinchen, como él dice, todos vamos a la cárcel. La gente se cree que por ser jefe sabes lo que hacen tus subordinados, para nosotros las cosas pasan de un modo más incoherente, eso es lo que me da miedo”.

Sin embargo, Ildefonso decidió dar un pequeño discurso pretendiendo despreocupación:

– Hemos hecho lo mejor que se podía hacer por él. Imagina que sale los periódicos el tema de su muerte, y a qué se dedicaba. Para su familia es mejor pensar que estará en alguna parte, y algunos, los que saben a qué se dedicaba, harán bien en olvidar el tema, y si no lo hacen, no nos importa que busquen venganza contra los ejecutores. Las empresas de seguridad y la policía debemos ejercer nuestra labor de una manera discreta, no siempre es necesaria la intervención de la justicia, y mucho menos la intervención de la prensa.

– Habláis de ese cabrón como si hubiera sido buena persona. Él se lo buscó, él lo quiso, como en la biblia -Finalmente Patricio abría la boca para hablar-. Vamos a cambiar de tema. El martes hice de testigo en las segundas nupcias de mi hermano, por lo civil. Es igual que por la iglesia, cuando el juez dijo eso de “si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre” estuve a punto de saltar: “Sí, yo tengo algo que decir, no pudo callarme esto, ella fuma Ducados”

– Todavía quedan mujeres de esas – respondió Ildefonso.

Ildefonso y Patricio tomaron cafés solos e hicieron algunos comentarios sobre los tiempos en que se permitía fumar en restaurantes que no vienen al caso. Odón mientras tanto daba grandes cucharetazos a un arroz con leche.

No se nos olvide comentarles que Odón tiene numerosos socios, tanto dentro del mundo de los prestamistas ilegales como la banca más legal y algunos abogados de renombre. La red de contactos es enorme, aunque muchos no saben o no quieren saber de sus actividades delictivas. Siguiendo una cuerda llegamos a uno de los protagonistas de nuestra historia, Alberto, sobrino de Ildefonso y trabajador de Tretatón Sistemas. Alberto es técnico comercial que vende sistemas de seguridad CCTV en empresas, principalmente industrias o naves industriales, y nada sabe de estos turbios asuntos.

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