Jaque a la Reina

Jaque Matepor Brat Çäshø

Estudié el salón donde el embajador ofrecía su ambigú. Antes de que aparecieran por la puerta que daba a la cocina, ya había averiguado cuál sería el camino más transitado por los camareros, sirvientes, fámulos y sotayudas que servían las copas y los canapés. Dejé que un grupo de viejas tomara plaza en el primer tramo. Más que con polvos y cremas, parecían haberse embadurnado con pintura acrílica extendida a brochazos y su aspecto era el de unas cornejas disfrazadas de fantoches. Al socaire de un chifonier, yo sería el siguiente en atacar las viandas, quizá también el último de ese primer turno. Tras la rapiña de las viejas, mi abordaje sería más discreto y podría pasar desapercibido entre la cháchara de los invitados.

Después de trasegar varios quilos de salmón ahumado, tres quintales de foie y un volquete de tartaletas de caviar, me di a la bebida. Sin conocimiento. Le había echado el ojo a una hembra y eso siempre me perturba. Ella vestía de negro, le brillaba el pelo azabache y reía chabacana dejando ver sus dientes, que parecían una rehala de dálmatas, salpicados con los restos de huevas de caviar. Su piel era lustrosa. Imaginé: como si fuera del mismo cuero de la fusta con la que su amante le agradecería las noches de locura. Allí estaba él, a su lado. Traje exclusivo de buen paño, camisa con las iniciales bordadas en el bolsillo, maneras sobrias y elegantes. Una pareja singular. Me acerqué discretamente para observarlos mejor. Me la comí con los ojos cuando ella se fue al baño. Cintura exquisita, de una finura rota por su caminar. Parecía una verdulera cargando cajas de nabos. Aquella amalgama de belleza y vulgaridad me tenía suspenso. Me miró con atención, con un punto paradójico de interés y desconfianza. La condenada bebida me impidió reaccionar con donosura. Giré la cabeza, tarde, como pillado en falta. Al regresar del baño no se dignó a fijarse en mí.

Alguien se puso a mi lado y se presentó. Era un tipo alto, bien cuidado. Horas de peluquería, sin duda. Sauna, masajes faciales, algún que otro potingue, corbata de seda, traje a medida, un bigotín recortado pelo a pelo. Me tendió la mano con firmeza. Era el embajador. ¿Qué hacía a mi lado? ¿Nadie se ocupaba de él? Era un maestro hilando lugares comunes, pero todo un zorro. Con una pregunta supo sonsacarme toda la información que necesitaba de mí. Nombre, profesión, qué diablos hacía allí. Se aseguró bien de que yo era un don nadie. Miró hacia la pareja que me obsesionaba. Habló de él. Un gran hombre, por lo que parecía. Citó el nombre de ella, y añadió: “Está pa’ darle con la mortadela”. Casi me atraganto. Sin apartar la vista de ella, insistió: “Está pa’ meterle los pelos pa’dentro, ¿no le parece?”. Me repuse de mi estupor como pude. No sabía si lo diplomático en ese momento sería imitar su lenguaje y barbotar alguna grosería, o si por el contrario convendría atemperar el tono por si me estaba poniendo a prueba. Salí por peteneras y cité a don Pedro Calderón de la Barca:

Fuego, luz, aire y sol niego
que pintarse puedan: luego
retratarse no podrá
beldad que compuesta está
de sol, aire, luz y fuego.

Trocó el embajador mi sorpresa por la suya. Me hizo repetir los versos y me escuchó con atención. Sonrió, me dio una palmadita en la espalda y se fue hacia la pareja. Aún no se había deshecho su sombra en el éter cuando ya tenía delante de mí a otro que parecía ser, también, diplomático. Canijo, pálido, estirado, pelo crespo, nariz larga, ojos hundidos. Me estrechó la mano. Blanda. Se presentó: Consejero de Agricultura. Me presenté: uno que había caído en esa fiesta de rebote. Allí estaba él, tieso ante mí, mirándome con una sonrisa que parecía franca. No decía nada y nada dije yo. Nos sonreíamos como imbéciles, con una simpatía impostada. Sosteníamos aquel absurdo conticinio con tácticas dispares. Yo estaba lo suficientemente emponzoñado como para que aquello me importara un cuerno; él parecía cumplir una misión con una profesionalidad exquisita. Me giré para ver de nuevo a la chica de negro. Había desaparecido, pero su maromo seguía en el mismo sitio y estaba en situación comprometida, como yo, si bien por un motivo opuesto, pues escuchaba con indisimulada impaciencia el discurso de un petimetre. Le pregunté por éste a mi interlocutor y me explicó que se trataba del Consejero de Cultura. Eché un vistazo al salón. Al fondo, en una esquina, el embajador, descompuesto el hieratismo propio del cargo, parecía asediar a alguien a quien yo no podía ver.

Comprendí la situación. El embajador había dispuesto el salón como un tablero de ajedrez. El atildado acompañante de la chica de negro y yo estábamos fijados por dos peones. Mientras, él había arrinconado a su codiciada pieza. Volví de nuevo la cabeza al atildado. Parecía dispuesto a zafarse de su contrincante. Se le veía nervioso y quizá estaba borracho, algo que yo no había notado hasta entonces. Hizo ademán de echar mano de las solapas de su consejero y comprendí que la situación podía derivar en diversión salvaje. Yo seguía a medios pelos y era incapaz de adivinar el siguiente movimiento, así que opté por una retirada fugaz. Driblé al canijo mascullando una disculpa y huí hacia una de las puertas laterales que daban al pasillo de la principal, asegurándome así la salida. Pasé cerca del embajador. Efectivamente, estaba casi encima de la muchacha de negro, que reía halagada.

“…Beldad que compuesta está de sol, aire, luz y fuego…”, le gritaba él con afectación.

El atildado había empujado a su guardián y se dirigía hacia ellos con bélica predisposición. Las viejas cornejas olieron la sangre y comenzaron a graznar despavoridas antes de que diera comienzo la tragicomedia.

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