Calles de piedra dorada

Apareció una mañana de verano preguntando por una visita guiada a la Casona. Era un hombre alto y grueso, de barba canosa y cuidada, cordial y con esa sonrisa bonachona de la que surge pronta la conversación para disfrutar de la gente. Se llamaba Santiago y era funcionario en Pamplona.